El arco y la liraOctober 29, 2009 7:41 am


El fuego de los colores

del otoño

se apaga con la lluvia,

que no merma

en esta noche de golpes atrasados

al teclado donde me ocupa

la tormenta.

Hubo brisa

la tarde del funeral

de las altas flores sin nombre,

con sus pétalos de seda

vieja besándome

el pudor y el tacto,

Iluminados por el rayo,

que se reúne

como un asalto de luz

tan afilado

y parecido a una sonrisa.

 

Se fueron las últimas aves

al encuentro de un sol

irreprochable.

El encabalgamiento de sus alas

en el cielo

habla en verso

de la extraña y nómada

proeza del tiempo

que se alarga

mientras se va repitiendo.

Es una escena que me rodea

aun cuando el atardecer

quedó horas lejos,

meciéndose en la hamaca

de unas mentiras que me plantean

el cansancio y el sueño,

como una pesada serenata

que doblega a otro enamorado

del verano, a pesar de sus defectos.

El arco y la liraOctober 20, 2009 7:45 am


Nos separan palabras imperfectas,

inmensas pieles secas

que el tiempo ha mudado

en el hiato de dos respiraciones

que se encuentran.

 

En una esquina de ciudad,

sobre la taza

de un café que se despierta,

se hilvanan la cordura del bonsai

con la felicidad blindada

detrás de un argumento

de sonrisa o de sospecha.

 

Es fácil pensar que todo tiembla,

porque siempre hay un vaho

equino en el vidrio

de las ventanas cerradas

de la sombremesa;

porque un atisbo de reina

prepara una jugada de jaque

en medio de la siesta

del bemol y la lenta

calefacción eléctrica.

 

En tardes como esta

descubro que hay lugares

que poco me interesan,

donde no caben

ni la circunstancia más perfecta

ni la promesa

de una vida cordial

o apenas eterna.

 

Es la hora del comercio

de  las almas artesanales

hechas a mano

para la venta.

Viene el paréntesis

del teatro, el estupor

de no haberse enterado antes

de esta tendencia

de darle al corazón

un alcafor de soledad

con gotas de decadencia.

 

Vuelve el sabor de la tiza

a la sopa grial de la costumbre;

la cenicienta certeza

de que es difícil

la operación

de suma y resta

del que se dice

que ha aprendido

y escarmienta.

 

Politik, The Robert ReportAugust 19, 2009 9:27 pm

  El juego se decidió en la novena entrada: perdieron 4 a 2 los Seattle Mariners contra los Yankees de Nueva York luego de un home run de Mike Teixeira. Ninguna sorpresa. La noche ya era completa cuando el estadio Safeco comenzó a vaciarse lenta pero fluidamente. La gente avanzaba cabizbaja.

 En una esquina al suroeste del estadio se reunió un grupo de gente. Por el aroma, traído por la brisa, y por el humo que se desvanecía bajo los faroles, supe de inmediato que se trataba de un puesto de perros calientes. En Seattle, la especialidad callejera es una salchicha gourmet dentro de un suave pan blanco untado de queso crema y tapizado con el dulce sabor de la cebolla frita; cualquier otra salsa o aderezo que se le añada es lujo, pero no son muchas las opciones que se ofrecen. Era allí, en esa esquina, donde la gente parecía más feliz, bromeando en voz alta y hablando de cualquier cosa, mientras el asiático y el mexicano que preparaban los perros calientes aceptaban con una sonrisa las propinas que se amontonaban dentro del envase de vidrio. Allí ya nadie recordaba la derrota de los Mariners; reinaba, en esa esquina, un aire de nocturna alegría. La comida y el calor que subía del fuego hermanaban a la gente. Para bien o para mal, la cultura estadounidense no es exclusiva, sino para el que quiera y pueda pagarla.

 Viendo aquella esquina de Seattle, donde hambrientos de diversas procedencias comían con gusto sus perros calientes, recordé los puestos de comida rápida de Caracas. No porque sea una ciudad tan internacional como Seattle, sino porque allá, como aquí, el perro caliente se ha adaptado al gusto local; en el caso de Caracas, el gusto caraqueño por la variedad. Por eso me ha parecido absurda la reciente resolución de la Alcaldía Libertador de prohibir la venta de perros calientes y hamburguesas callejeras, mientras que a los vendedores de comida criolla (arepa, cachapa, etc.) sí se les renovará el permiso. Las razones que ha dado la municipalidad han sido dos, principalmente: de salud, porque al parecer el perro caliente no es tan sano como una empanada frita, y cultural, porque el perro caliente no es tan venezolano como un tequeño o un golfeado. El gobierno asume que es su deber prohibir los productos extranjeros (entiéndase “imperialistas”) que intenten desplazar la cultura local, en vez de crear un plan de educación alimenticia para que el pueblo se informe sobre qué opciones son las más adecuadas en cuanto a su nivel nutritivo. Además, el tinte político de la prohibición niega la trayectoria culinaria del perro caliente, que, aunque hoy se conozca como una comida rápida “gringa” de dudoso valor nutritivo, su nacimiento en Alemania, su perfección en Austria, su viaje a América y su adopción por parte de la nueva cultura de consumo le dan un carácter tan mestizo como el mismo pueblo venezolano. Por ahora, la suerte del asquerosito, jerga juguetona que el caraqueño usa para referirse al perro caliente callejero, parece ser la del exilio, de Las Mercedes y Plaza Venezuela a Miami, a Barcelona o a dónde sea que al venezolano le pille la nostalgia. Así que no juzguen cuando vean a alguien poniéndole a su perro caliente un poco de papitas fritas trituradas, cebolla picadita, tomate, repollo, zanahoria, guasacaca (salsa de aguacate), pimentón, queso rallado, salsa rosada, picante, o hasta perejil. Se trata, probablemente, de un venezolano comiéndose un asquerosito, y en su país se podría ganar una multa o una pedrada por su atrevimiento.

Asquerosito
 

Historiando, Siempre es hoyAugust 16, 2009 8:17 am

 La luz llega con sigilo a Lake Crescent. Va arrastrándose por el verde mojado de las montañas, rasgándose con las espinas de las moras, cubriéndose del pelillo que viste a algunos arbustos, fracturándose en sombras contra el grosor de las ramas desnudas de enormes árboles que han muerto en alguna pasada tormenta y que ahora, en los alrededores del lago, descansan en la dudosa paz de la voracidad de las termitas y del molecular quehacer del agua. Estos obstáculos retrasan a la luz cada mañana, que va llegando por pedazos y angulada, pastosa, cansada, difuminada, casi tangible. Por esta demora se tardan en llegar, a su vez, los colores. La aurora se estrena con un morado sedoso, que pronto es alcanzado por un azul desmenuzado que, optimista, predice acertadamente que pronto llegarán el verde, el marrón, el ocre, el naranja y, finalmente, el amarillo, para terminar de desplazar por completo la noche más negra.

 La manera paulatina de progresar que tiene el día en este remoto lugar del condado de Clallam, en el estado de Washington, lleva a pensar que el lago Crescent tiene vida propia, que respira, que en las mañanas se despierta y en las noches le alcanza un sueño distendido, como el león que se acuesta bajo una sombra de sabana a digerir el antílope. Como nosotros, este lago de más de 8 millas de largo también puede cambiar su humor y su parecencia, bajo la que guarda, en sus más de 200 metros de profundidad, muchos secretos e historias…

 Hace años, por ejemplo, la superstición de las tribus de indios S’Klallam - en honor a quiénes se nombró el condado - llegaba a tal extremo que rehusaban cruzar el lago en canoa por temor a que los “espíritus malvados” que lo habitan se los llevaran a la hondura helada y oscura de las aguas. Se especulaba, inclusive, que el lago no tenía fondo y que el agua orillaba en el centro de la tierra, donde vivían, además de los espíritus, otras criaturas míticas recreadas de boca en boca, año tras año, por los S’Klallam y, poco a poco, por los exploradores blancos que fueron llegando a la zona durante la fiebre maderera de finales del siglo XX o desviados de la ruta del oro de California a British Columbia, en Canadá. Sin duda alguna, la más popular de esas temibles criaturas que habitaban en Lake Crescent era una enorme serpiente acuática, muy al estilo de la del Lago Ness, y de la que existen cientos de declaraciones hechas por testigos que aseguran haber visto su cuerpo escamado ondulando en la superficie de las aguas, siempre al amanecer o al atardecer, con su cabeza triangular alta y hambrienta buscando algún venado sediento o algún pescador despistado. Se dice que varios hombres blancos usaron esta leyenda para alejar a los indios del lago, pero todos, indios y blancos, se asustaron cuando en 1934 encontraron en las arenas de Henry Island, en el estrecho de Juan de Fuca, una criatura delgada, de 30 metros de largo y con una cabeza enorme que se asemejaba a las descripciones que dieron los testigos de la serpiente de Lake Crescent. Esas semanas nadie osó meterse en las hermosas aguas zafiro y esmeralda del lago, aunque luego científicos canadienses hayan confirmado que no se trataba de una serpiente sino de un tiburón peregrino, especie inofensiva que abre su gigantesca boca para alimentarse del plancton cerca de la superficie. En Lake Crescent, pocos le creyeron a los científicos canadienses.

Snake or Basking Shark? 1934 

 Otra leyenda sobre el lago habla de su inquietante profundidad. Cuando a mediados del siglo pasado se quiso saber qué tan profundo era, se introdujeron en las aguas varias pesas con equipo especializado que pretendía medir y explorar el fondo del lago. Pero no dieron con su profundidad porque, al parecer, extrañas corrientes dañaron y rompieron el equipo. Tiempo más tarde se confirmó que el algo tenía una profundidad de unos 660 pies, pero el equipo extraviado nunca apareció. Lo que sí apareció, en el verano de 1940, fue el cuerpo de Hallie Illingsworth, una mujer de la zona que había desaparecido unos años antes. Su paradero era un misterio hasta que dos pescadores encontraron su cuerpo, hundido a muchos pies de profundidad. Lo más desconcertante no fue tanto dar con el cadáver, un hallazgo suficientemente macabro de por sí, sino el hecho de que éste no se había descompuesto; sus facciones, su cabello e inclusive sus ropas estaban muy bien conservadas. Los investigadores que identificaron el cadáver extraditaron a su esposo, que se había escapado a California, para juzgarlo por asesinato. Dr. Larson, el especialista consultado durante el juicio, confirmó que el cuerpo de la mujer se había conservado debido a una composición especial de calcio y alcalinos a partir de cierta profundidad del lago que se mezcló con los ácidos lípidos del cuerpo para crear una reacción conocida como saponificación, en el que la materia se convierte en jabón. Luego del juicio se estimó que puede haber hasta 100 cadáveres de gente desaparecida convertidos en jabón y suspendidos en la profundidad de las aguas del lago Crescent. Hallie Illingsworth, desde entonces, es conocida como the lady of the lake, una leyenda contada en las noches alrededor de las fogatas en los campamentos en la Península Olímpica de Washington. Si no hubiera sido por la saponificación, subrayó el Dr. Larson, es probable que no se haya podido identificar el cadáver y su marido asesino aún seguiría prófugo. En este contexto, el lago fue el testigo que condenó al señor Illingsworth.

 Hoy en día Lake Crescent parece descansar de siglos de especulaciones y supersticiones. Cada verano cientos de personas visitan sus aguas sin siquiera pensar o imaginar la historia que este lago de colores inéditos ha presenciado y protagonizado. Y probablemente sea mejor así, aunque el lago de aguas turquesa se empeñe de vez en cuando en recordárnosla.

Amanecer en Lake Crescent 

El arco y la liraJune 18, 2009 10:39 pm

               A Yaofei Huo y Li Chen

Cae el polvo
y cubre
con su peso invisible
el primer tacto de las cosas.
Un viento amarillo y alto
entibia la ciudad
con su aire del desierto.
En China se respira
un aroma denso
de papiros secuestrados.

 

Beijing se viste
de nuevo esta noche
con zapatos de marca,
motores alocados
y un millón difuso de bicicletas
enfiladas.
En una misma calle
caben mil años
de una historia
que se alarga.

 

Esta primavera pincelada
llega de Mongolia
con retoños verdes
que suben por los muros
e invaden
los nuevos peldaños
olímpicos
hasta tocar el viejo mar
oxidado, desde Tianjin
hasta Taipei y las orillas
intranquilas de Korea.

 

Pekín se desborda
entre hutongs y edificios,
estadios y apretadas autopistas,
templos y palacios
de concubinas, placeres,
leyes y caprichos.
Una ciudad de mercados
y plazas concurridas,
con un metro que avanza
bajo una ciudad
de ruidos y silencios.
En medio de su corazón
de madera, metal, de vidrio y de concreto,
ríen los pekineses
alrededor de una mesa
de comida variada y colorida.
Afuera saltan y suenan
los fuegos,
aún sabiendo que el incendio
puede descender desde cualquier techo,
en alguna esquina cerca de Guomao,
por desgracia, por ejemplo.

 

Old man flying a kite behind the National Theater

Mansas quimerasJune 3, 2009 4:33 pm

 Me trajo las enchiladas en salsa verde, acompañadas de arroz, frijoles, queso blanco rayado y ensalada de tomate y lechuga, en un plato amarillo, largo y ovalado, que - me advirtió – estaba “muy, muy caliente”. Mientras esperaba, yo ya había abierto la servilleta que envolvía los cubiertos y le había exprimido medio limón al vaso de agua sin hielo, como siempre lo ordeno. “¿Hoy no gusta guacamole, amigo?”, me había preguntado. “No, hoy no, igual muchas gracias.” En ese momento todavía suponía que era por eso regresaba una, dos o hasta tres veces a la semana a comer en La Cascada Acapulco, porque Julieta - así se llama la mesera - ya conocía mis preferencias, y ese trato familiar me entibiaba un poco el corazón en un lugar como este, tan lejos de la patria y, como casi siempre, almorzando solo. Julieta me sonrió, se dio la vuelta  y caminó hacia la cocina, al fondo y a la izquierda del restaurante. Desde mi mesa veía el tatuaje en el cuello del cocinero, un hombre alto y grueso con la cabeza afeitada, pero pronto abandoné la idea de imaginar dónde se lo había tatuado y por qué había elegido ese diseño (que ni siquiera podía ver con precisión desde mi silla, pero que parecía ser un árbol en llamas). Me quedé viendo la puerta giratoria de la cocina, que nunca dejó de bambalearse, hasta que Julieta salió, un par de minutos luego. La vi perderse, de nuevo, esta vez detrás de una de las columnas del restaurante. Escuchaba su voz, delgada y fuerte, que repetía en voz alta la elección de los comensales sentados en aquella mesa, “dos taquitos al pastor, una orden de enchiladas en salsa roja, mole con pollo… y la ensalada no más de lechuga y tomate ¿no?, nada de cebolla… ¿Algo más, amigos?”. Para entonces ya me había comido todos los nachos de la cestita que había en la mesa, y hubiera comido más si me los hubieran traído; todavía sobraba un poco de salsa. Me limpié la boca con la servilleta y seguí esperando.
Ya sé que no debo tomar durante el almuerzo, que luego se me hace larga y pesada la tarde, y que, aunque a veces me pongo simpático, la mayoría de las veces me quedo callado, pensando en mis saudades. Pero nadie me detuvo cuando le pedí a Julieta la cuarta, la quinta, la sexta cerveza. Pronto sentí que la sangre se me ponía valiente y decidí llamarla. Julieta se acercó, preguntándome, aún sin haber llegado hasta mi mesa, si se me apetecía “otra”. Su pregunta me desilusionó; supongo que hubiera preferido que me preguntara otra cosa, como “y ¿por qué al amigo está bebiendo hoy tanto?”, algo que me hiciera pensar que ella se interesaba en mí más allá de lo que pudiera añadirle a mi cuenta. Me dije que si alguien tenía que comenzar a hablar de algo aparte del menú, era yo. Le pedí que se sentara un momento pero se negó, y vi en su cara que ya había notado que las seis o siete cervezas habían sido suficientes, quizá demasiadas, para mí. Pero no se escabulló. Pudo haberlo hecho, pero no; se quedó allí, parada, viéndome, al parecer sin saber qué hacer. Le pregunté, “¿Tú sabías que yo también soy de México? Soy de Guanajuato.” Ella me dijo, “sí, claro que lo sé. ¿A poco no te iba a reconocer el cantadito?”. Sonrió, y entonces le pregunté, mirándole a los ojos, uno por uno, detalladamente, “y ¿cuándo llegaste al Norte, muñeca?”. Se sonrojó, o me pareció que se sonrojaba, y me dijo que había llegado en el 2001, justo antes de lo de las torres en Nueva York, y que antes de llegar aquí, a Washington, había pasado unos años en California, donde también trabajó de mesera, “en un fonda pequeñita, mucho más que este restaurante, pintada de naranja y con mesas y sillas de plástico. Yo era la única mesera.” Julieta es una muchacha joven, al menos quince años menor que yo, y aunque siempre le había encontrado atractiva, nunca, hasta ese momento, había reparado tan detenidamente en su belleza, en su piel oscura, sus ojos café, su cabello entornillado y corto, su boca de pastel. En ese momento quise tener su juventud con olor a perejil, comino y jalapeños entre mis brazos, apretándola. Me pregunté si ella se había imaginado alguna vez mi viejo pecho cubriendo su espalda. Tragué saliva antes de hacerle otra pregunta, “y ¿llegaste cómo, muñeca? ¿Eres mojada, como yo?”. Respondió que sí, añadiendo que prefería no seguir hablando del tema. “Lo siento”, me disculpé. “No, si no es culpa suya. La culpa es de Alfonso Santos Torrealba.” Por supuesto, quise saber quién era ese señor, y se lo dije. Me miró por unos segundos y, cambiado su tono alegre por uno que me pareció más bien asustado y distante, me dijo, “está bien, le explico…
Yo soy de un pueblito muy pequeño que se llama La Ventosa, que queda en las costas sureñas de Oaxaca, un lugar muy seco y, como podrá imaginarse, bastante pobre.  Allí nací, por allá en 1980, y allí me crié y viví por muchos años, primero en casa de mis abuelos, que diosito los tenga en su gloria, luego en una casita que mi mamá consiguió en las afueras del pueblo. Antes de que pregunte por mi familia” - me advirtió – “le cuento que, de niña, siempre me dijeron que mi padre fue un gran pescador, y que una madrugada salió en su bote y no regresó nunca más. Mamá me decía que había muerto en el mar, por culpa de una tormenta, y yo le creía hasta el punto de que por muchos años no quise bañarme en la playa porque pensaba que un día iba a regresar flotando, muerto.” Pausó para respirar, y ese par de segundos le alcanzaron para pasear su mirada por el horizonte, sobre el agua gris y las montañas moradas de la costa del Puget Sound. “Muchos años más tarde, mi hermano, Ricardo, me contó que sí, había sido un gran pescador, pero no había muerto pescando sino que murió por culpa de…”. “¿Alfonso Santos Torrealba?”, interrumpí yo, emocionado. “No, no”, dijo ella, filtrando una blanda sonrisa. Yo también sonreí, y contuve las ganas de poner mi mano sobre la tuya, que reposaba sobre el respaldar de madera de la silla al lado de la mía. Julieta continuó contándome su historia. “Mi padre murió en el agua, pero no en una tormenta, como me había dicho mi madre, sino por culpa del trago, del tequila. Esa noche había bebido mucho, y como no había tenido suerte en la pesca ni esa semana, ni al anterior, ni la de más atrás, le dio por salir y sacar su bote en medio de la noche, completamente borracho, gritando que iba a traer pescados enormes, que nunca más nos iba a faltar nada de nada…Nadie lo detuvo y mi padre no regresó nunca más.” Qué historia tan triste, pensé, pero no se lo dije. No quería que ella creyera que le tenía lástima, aunque sí que se la tenía, sin reparar que de la lástima también puede nacer el sentimiento de protección, y de la protección la sensación de adueñamiento… y de allí a los celos y al amor es sólo un saltito, corto pero de difícil retorno. Tragué saliva. “Pero, entonces, Julieta, ¡no me ha dicho quién es Alfonso Santos Torrealba!” Ella respondió, asintiendo, “un momentito, un momentito, a eso vamos.” Ambos nos reímos y me di cuenta que ella estaba un poco más relajada, menos aprensada. “La primera vez que recuerdo haber escuchado su nombre debí de haber tenido unos once o doce años,” continuó, “y desde ese momento no dejé de escucharlo al menos una vez al día, si no más. Alfonso Santos Torrealba era un señor de los más ricos del pueblo, muy influyente, dueño de muchas tierras, de animales y barcos de pesca. Dicen que también estaba involucrado en la política, pero de eso no me enteré bien nunca; era un tema demasiado complicado. Por esa época mi hermano ya se había ido de la casa al norte, a Guadalajara, buscando trabajo en cualquier cosa. A veces nos mandaba algún dinerito pero no alcanzaba para mucho y mamá tenía que coser, limpiar, y cocinar para que pudiéramos vivir y alimentarnos. Fueron tiempos muy duros, recuerdo, pero yo era sólo una niña y pensaba que la vida era así, y punto. Pero entonces Alfonso Santos Torrealba comenzó a pasar por la casa, cada vez con más frecuencia. Cuando se escuchaba su caballo afuera, mamá se lavaba las manos, se las secaba con el delantal, y salía a hablar con él, que nunca se bajaba de su animal y tampoco se quitaba el sombrero. Recuerdo pensar que eso debía significar ser alguien importante, no tener que bajarte del caballo ni quitarte el sombrero cuando hablabas con alguien; todos los demás en el pueblo lo hacían menos él, el gran Alfonso Santos Torrealba, ja…” Descubrí un rastro de rabia en la risa de Julieta pero no quise que desviara su relato así que insistí en que siguiera. “Y ¿para qué iba tanto a la casa Alfonso Santos Torrealba?”, pregunté. Julieta, inmediatamente, me miró a los ojos, que parecían en llamas, y me gritó, “¡porque mamá me estaba vendiendo!”. Su grito hizo que la poca gente que quedaba el restaurante volteara a vernos y, Julieta, sonrojada, se dio cuenta que otra mesa la necesitaba. “Ya regreso”, me dijo. Mi corazón tumbaba con fuerza mientras el eco del grito de Julieta se repetía en mi cabeza… “¡Porque mamá me estaba vendiendo! ¡Porque mamá me estaba vendiendo!” El cuerpo de Julieta caminó con una cadencia dulce y resbalosa a la otra mesa, se inclinó levente, y regaló una sonrisa a los comensales con los que conversaba. De ahí a la cocina, de la que salió unos minutos más tarde con un par de flanes de coco, con su cereza de adorno y dos cucharitas.
 Julieta regresó a mi mesa y, por su voz, supe que se había arrepentido de haber gritado aquella terrible acusación a su madre. Durante esos minutos lejos de mi mesa había recapacitado; su tono era ahora conciliador: “Como le había dicho antes, eran tiempos muy duros, aquellos. Mamá quería para mí una vida mejor, que yo pasara menos trabajo que ella, que fuera más feliz. Ya no la culpo por haber querido entregarme al hombre más rico del pueblo porque sé que, en el fondo, ella quería lo mejor para mí…
 Todo comenzó una tarde, luego de misa. Mamá y yo caminábamos tomadas de la mano de regreso a casa. Alfonso Santos Torrealba, al parecer, nos vio en medio de la calle de polvo, y al día siguiente mandó a llamar a mi madre. Le dijo que me había visto y que, como él sabía de mujeres, sabía que yo iba a crecer y convertirme en una hermosa mujer oaxaqueña, y que, pos, me quería para él, como si los veinticinco años de diferencia entre mi edad y la suya no importaran, y ¡sin siquiera preguntarme a mí primero! Mi madre estaba asustada y aceptó, haciéndole prometer primero que él debía esperar a que yo cumpliera los quince años y que, luego, debía asegurarse de que yo y ella no pasáramos ningún trabajo. Alfonso Santos Torrealba aceptó, desde luego. Él siempre se salía con la suya…” Me di cuenta que el rencor de Julieta tenía también algo de admiración. ¿Cómo era Alfonso Santos Torrealba, no el personaje, el mito, sino el hombre? Le hice esa pregunta y, para mi sorpresa, la respuesta de Julieta fue suave, nostálgica. “Nunca lo conocí bien. Lo recuerdo montado en su caballo, alto y con una mirada de fiera. Sus bigotes eran cortos y afilados, y en su voz había una fuerza distinta que te obligaba, de alguna manera, a obedecer. Siempre cargaba una pistola pero nunca supe si alguna vez tuvo que usarla. Era un hombre respetado pero se decía que no era muy honesto, que tenía negocios extraños por aquí y por allá. Pero sobre todo, era un hombre que sabía lo que quería, y que no descansaba hasta conseguirlo. No se lo ocultaba a nadie, además. Por eso es que, cuando yo cumplí los quince, ya todo el pueblo sabía que iba a venir a buscarme. Creo que yo fui la última en enterarse, pero cuando lo hice tuve mucho miedo, y así fue como el día de mis quince años, antes del anochecer, salí de casa, corriendo… Y, fíjese, hasta aquí he llegado. Pero no le miento… Mi sueño tampoco era ser una mesera en esta esquinita del mundo, no. ¿Sabe? A veces me pregunto qué hubiera pasado si me hubiera montado en el caballo de Alfonso Santos Torrealba… ¿Sería hoy la dueña y señora de La Ventosa?” En sus ojos, igual que como ocurre en el cielo, había un aviso de lluvia, de tormenta. Antes de que llorara puse mi mano sobre la suya y le dije, “todos, alguna vez, hemos salido corriendo. Lo difícil no es escapar sino saber cuándo hay que detenerse…” Julieta no movió su mano y supe que, en ese momento, yo era Alfonso Santos Torrealba.

Siempre es hoyMay 13, 2009 8:52 pm

 Mediados de mayo. Hoy, miércoles 13, cumplo 27, y perdonen el cliché, pero es que me parece que esto del cumpleaños es un tiempo propicio para una pequeña reflexión. Durante las últimas semanas me he sorprendido creyendo, como todos los años, que ver la fecha de mi cumpleaños en los avisos y sellos de expiración de leches, yogures, panes y otros perecederos es un augurio de buenas cosas venideras. No sé por qué no puedo evitar emocionarme, ligeramente, cuando me encuentro con la fecha de mi natalicio escrita en alguna parte, sea en tinta o en digital. No quiero basar ese hálito de esperanza en alguna superstición ligada a la numerología, o en la connotación, digamos, histórica de la fecha (aniversario de apariciones, atentados, aboliciones y guerras). Supongo que para mí, en el fondo, lo que hace especial esta fecha es que, justamente, es el aniversario de mi nacimiento; la oportunidad perfecta para hacerle un examen más o menos riguroso a ese trayecto que llamamos vida, con su pasado, presente y, por supuesto, su futuro. Es un ejercicio personal del que no pretendo demasiado, la verdad… Aplacar la conciencia, quizás, alimentar viejos dragones, tal vez, engrasar la eterna maquinaria de los anhelos, probablemente.
 No creo que lo importante de la reflexión sea sacar conclusiones definitivas. Uno de los errores potenciales en los que se puede caer cuando se embarca en un ejercicio de retrospectiva es desestimar el valor que tuvo el azar a la hora de trazar la secuencia de esos momentos que recordamos como “el pasado”. Y por azar quiero decir lo no planeado, lo fortuito. Pero el pasado sirve sólo como referencia, y un poco como piedra de toque para sentirse uno satisfecho o al menos agradecido con y por la vida. El presente, en cambio, es esa sensación de puntos suspensivos, el impulso inasible que promete que, pase lo que pase, todo continúa. El presente es la prueba de que no existe el fin del mundo, sólo la muerte, que es algo así como el fin del mundo para cada uno de nosotros… En el presente se destila lo que importa, eso que merece de nosotros un pensamiento o una acción, una fracción de nuestro tiempo.
 ¿Qué nos queda, entonces? El futuro, con sus avisos de curva, con toda su escarcha y luces de neón, con su promesa de aguardo, como sinónimo de expectación. Aprovecho que es hoy para esbozar lo que espero de esta nueva edad, que no he pedido pero de la que tampoco me puedo despojar. Quiero llevar mis 27 años a nuevos lugares y recorrer nuevas rutas, conocer con Mariana las playas de Cuba, ir al festival de Holi (colores) en la India, nadar en las costas de Menorca, pisar África y dominar un camello, jugar con un pulpo en las aguas de Maui en Hawaii, acampar en la costa de Washington y despegar de las piedras estrellas de mar. Quiero escribir, regalarle cosas importantes a mi ahijada y conocer a mi nuevo sobrino en Barcelona, ser y tener la mejor compañía, pasar más tardes y veladas con amigos, resolver el dilema de la espontaneidad, minar mi curiosidad, aprender una que otra cosa, recordarme de más chistes (pero saberlos contar ya es otra cosa), ver la aurora boreal, fotografiar un nido con pichones de águila calva, contar una familia de castores trabajando en una represa, leer más libros de Orhan Pamuk, de Roberto Bolaño, y de esos autores que escriben para cortarte el aliento, ir a más conciertos y shows, tenerle más cariño a los museos, cocinar comidas memorables, aprender a preparar un buen roll de sushi, acercarme más al mundo perfumado de los vinos, pescar el primer escurridizo salmón, jugar más tenis y fútbol, hablar del gimnasio sin nostalgia, ser más hábil trabajando con las manos, ganarme un premio en algún concurso o sorteo, aprender a soportar mejor el frío, ir por fin a una montaña nevada en vez de sólo verlas desde lejos, recoger más frutas en los sembradíos de Snohomish, tener más aciertos a la horas de escoger películas, ser más green y ganar más “greens”, seguir bailando casino y rueda, conocer nueva música y cruzar los dedos para que haya otra gira de Drexler, de Sabina, o de Juan Luis Guerra, visitar y que me visite la familia, no conformarme… pero sabiendo adaptarme y encontrando el balance de las cosas.
 Tristemente, la primera adaptación  que tengo que hacer con mis 27 es no esperar la llamada o las palabras de un gran amigo que hace poco dejó de estar físicamente con nosotros y que cada año, sin importar en qué parte del mundo él o yo nos encontráramos, siempre se acordaba de mi cumpleaños, mi “aniversario”, como Joaco le decía. Era una oportunidad para ponernos al tanto y contarnos nuestros planes, un poco como lo que he escrito aquí. Lo que no cambia es que aún pienso pedir dos deseos, como siempre, cuando sople las velitas. El primero nunca cambia: deseo que la torta esté buenísima. El segundo… bueno, ese ya veremos.

Birthday candles

HistoriandoApril 13, 2009 5:45 am

Siempre había pensado que los taxistas eran como wikipedias rodantes, conocedores de lo popular y de lo secreto de las ciudades, sus historias y sus personajes. Buenos Aires, con sus más de 32.000 taxis, es una ciudad que depende en gran medida de esa inmensa red de taxis para que cada día se transporten miles de personas, un lugar ideal para comprobar la sabiduría taxista. No me acuerdo de todos los taxistas que conocí, por supuesto, aunque a todos les agradezco que me hayan llevado a mi destino sin contratiempos. Pronto me dí cuenta que la personalidad de cada taxista daba para temas diferentes, y que a cada uno de ellos había que hablarle, preguntarle, dependiendo de su estilo. Estas son las cortas historias, las casi anécdotas, de los taxistas que más recuerdo de Buenos Aires…

Gastón, el enamorado de la ciudad:
Mirando en su espejo retrovisor, Gastón me encontró secando con la manga derecha de la camisa el sudor que se había acumulado en mi frente. “¿Calor?”, preguntó mientras cerraba trabajosamente su ventana y encendía el rústico aire acondicionado del auto, un desgastado Suzuki Fun. Le respondí contándole que estaba llegando “del norte-norte, casi pegado a Canadá”, donde sólo dos o tres días antes había caído una larga nevada. “Ahh, claaaro, eso ashá es muuy frío”, afirmó con una seguridad que me hizo dudar si tal vez él hubiera llegado conmigo en el mismo vuelo. Estábamos camino al hotel y el cansancio del viaje me había alcanzado de repente, mientras miraba la pampa(¿?) verde que rodeaba el aeropuerto Ezeiza y se extendía hasta los primeros suburbios de Buenos Aires. En la autopista, antes de llegar al primer peaje, Gastón comenzó a hacerme las mismas preguntas que me harían otros taxistas durantes mi estancia en Argentina: de dónde era, cuál era mi profesión, si era mi primera vez en el país, cuántos días pensaba quedarme… Yo, por mi parte, le hice a él las preguntas típicas de un turista recién llegado: qué visitar y cuándo, qué lugares evitar y a qué horas, dónde comerme la mejor parrilla y las mejores empanadas, dónde ir para presenciar el mejor tango, qué plaza y qué parque eran sus favoritos… Fue entonces cuando escuché hablar por primera vez de los diferentes barrios de Buenos Aires: Boca, Recoleta, Palermo, San Telmo, Belgrano, Puerto Madero, Microcentro, Retiro, Almagro, Mataderos, San Nicolás, Montserrat, Constitución, Balvanera, etc. Si al principio Gastón me dio la impresión de ser un tipo callado, cuando comenzó a hablar de su ciudad lo hizo con una elocuencia y un fervor que dieron el tono de toda mi estancia en Buenos Aires. Era, según él, una ciudad maravillosa, llena de historia, de cultura, de la “mejor comida del mundo”, del mate, “oh, el mate”, de Boca (fútbol), de la mujer argentina, “por fuera como la europea pero por dentro con mucha más sazón”. Sus referencias constantes al ámbito culinario me dieron una simple explicación a sus muchos kilos de más, que le daban un aspecto de bonachón de serie televisiva. Cuando le pregunté qué parte debía visitar primero, me dijo: “no te lo creas, nene, que Buenos Aires es Puerto Madero, pero tampoco lo son Recoleta ni Palermo. Caminá a Boca, che, ese el corazón porteño”. Y me señaló que cuando pasara por San Telmo, “el barrio más antiguo de la ciudad”, me fijara en las calles de piedra, en los balcones coloniales, en “la pintura que había bajo de la pintura que se estaba desconchando. Allí, debajo, está el pasado de Buenos Aires, allí empezó todo.” Un detallista, Gastón me habló con esmero del termino perfecto de la carne, “seshada pero bien roja por dentro, jugosa como una fruta”. Tuvieron que pasar un par de días para entender a qué se refería, cuando probé, tarde en la noche del martes, un exquisito bife de chorizo preparado en su punto, jugoso como una granada. En media hora llegamos a mi hotel y, aunque le dije que no hacía falta, Gastón insistió en bajarse del auto para ayudarme a cargar mi equipaje. Su cara, ahora roja y un poco hinchada, me agradeció la propina con una sonrisa, que le duró muy poco porque le estaba costando trabajo recuperar su respiración regular.
Al día siguiente, en mi primera aventura por la ciudad, me fijé en el suelo antiguo de San Telmo. El puñado de cuadras que componen el barrio son, verdaderamente, una ventana al pasado de Buenos Aires. Seguí bajando por la Calle Defensa pero cuando llegué al parque Lezama, de camino a Boca, decidí detenerme. Boca será el “corazón porteño” pero cuando comenzó a escurecer preferí escuchar al mío, que me decía que se hacía oscuro y ya era hora de regresar. Eso sí, había que darle crédito a Gastón: había pasado la prueba de wikipedia rodante.San Telmo

Historiando, Siempre es hoyApril 5, 2009 1:25 am

 Fue un viaje largo: Seattle – Los Angeles – Santiago de Chile – Buenos Aires. El trayecto desde Washington a California fue blanco, mirando desde la ventanilla la nieve que cubría de polvo y hielo las montañas, y luego sobrevolando las nubes, limpias y acolchonadas, llenando de inmensas sombras el verde díficil de Oregon y la costa espumosa de la California de los acantilados.
 El vuelo de Los Ángeles a Santiago iba casi lleno, pero ahora sólo recuerdo a otros dos de los pasajeros. Era una pareja de ingleses, o que hablaban con acento que yo interpreté como inglés, de unos treinta o treinta y cinco años (ella lucía mayor y era un poco más robusta que el muchacho). Sus ropas delataban el gusto de las personas que han salido de sus casas para no volver por muchos meses, quizás años (ella llevaba una amplia falda verde muy hippie, una camiseta blanca con estampado de flores, y un pañuelo naranja escodiéndole los cabellos mal teñidos, y él andaba con unos bermudas de blujean, posiblemente recortados por él mismo, y una desgastada camisa manga corta de lino beige, estilo safari). Ambos cargaban sendos bultos de excursión, y en algún momento me pareció que hablaban de visitar el glaciar Perito Moreno, en la Patagonia, pero no estoy seguro (¡ése acento inglés…!).  Estos detalles no fueron, sin embargo, los que me hicieron que reparara en ellos de esta forma tan detenida. Fue más bien su feliz descaro al sentarse en los asientos de clase ejecutiva de la fila detrás de la mía. Cuando vino una aeromoza y les pidió que le enseñaran sus pases de abordaje, ellos, sin pedir perdón, rompieron a reírse y se limitaron a decir, en inglés, “al menos lo intentamos”. La aeromoza les dijo, en lo que inicialmente me pareció un educado toque de humor, que la próxima vez que intentaran algo parecido se aseguraran de no sentarse en “la silla del piloto”. Horas más tarde me di cuenta que no había sido un chiste sino que esos dos asientos eran, literalmente, los asientos donde los pilotos se alternaban su tiempo de descanso… Para no rebajar la altura a la que había puesto a la aeromoza del lío (cuesta mucho cambiar de parecer sobre la idea que nos hemos hecho de alguien, así se trate de una persona extraña), me dije que no importaba si no había sido una broma; ella había dicho lo del asiento del piloto de buena manera, casi sonriendo, con un trato y un tono mucho menos cargantes que el de otra aeromoza en su posición, me parece.
 No dormí durante el viaje. Vi un par de las películas de las que tenían disponibles, leí, comí, y aprendí un poco de los vinos chilenos, gracias a la amabilidad o al aburrimiento de una de las aeromozas (“Eva, de Copiapó. Mucho gusto, señor”). El avión era un 767 muy cómodo, y en estos momentos no me acuerdo de que nos haya alcanzado alguna perturbadora turbulencia.
 Aterrizamos en Santiago en la madrugada, cuando la noche estaba todavía demasiado negra para saber por dónde iban el norte, el sur, y el resto de las coordenadas (una obesión del autor). Poco a poco la luz fue llegando y entrando por las ventanas. Recuerdo pensar que, por la lentitud con la que aparecía, me pareció que la luz no viajaba tan rápidamente como aseguran los físicos, o al menos no allí, en Santiago, ese ocho de febrero. La mañana me alcanzó mirando las vitrinas de las tiendas aún cerradas del terminal: franelas, llaveros, vinos, dulces, libros y recuerdos, todos a precios que no quise convertir a dólares, un poco por cansancio y otro poco por no quitarles ese aire de misterio monetario, pistas de cómo sería la vida en Chile.
 Cuando despegó el avión rumbo a Buenos Aires advertí al fin en que, de verdad, el hemisferio sur estaba en pleno verano. La cordillera andina brillaba bajo un sol inexorable, y el calor se metía por el espacio de la ventanilla hasta calentar la hebilla de mi cinturón de seguridad, obligándome a pensarlo dos veces antes de desabrocharlo cuando el vino completó su trepidanete viaje dentro de mi cuerpo y requerí usar del mínimo baño de la aeronave.  Mientras el avión ascendía pude ver un país hermoso, de un color que hechizó como lo hizo a las benditas lenguas de Neruda, de Mistral, de Parra, de Bolaño. Me despedí de Chile prometiendo regresar y, entonces sí, salir del aeropuerto, caminar la ciudad, visitar el mar y el campo. Me dio consuelo saber que el viaje sobre Los Andes era corto y que del otro lado de aquella pared barroca de piedra afilada y nieve quedaba Argentina, la aventura de una semana en Buenos Aires.

Andes

 Luego de aterrizar en el aeropuerto Ezeiza me di cuando de que sí, estaba en Suramérica, pero una muy distinta a la Venezuela del Caribe, donde nací y me crié. Pronto iba a darme cuenta que las diferencias eran todas agradables y que Buenos Aires es una ciudad de la que uno puede llevarse sólo los mejores recuerdos, “ché”.

Mansas quimerasMarch 31, 2009 5:36 pm

 La distancia distorsiona. Es una simple conclusión a la que se llega sin ser científico, sin ni siquiera saber exactamente qué significa la palabra distorsión. Andy dio con la idea luego de mirar hacia abajo con los ojos muy abiertos y decir, con un temple en la voz que parecía llegar desde el lugar menos flácido de su rechoncho cuerpo, “estamos tan alto que todo allá abajo parece otra cosa”. Había cierta solemnidad en sus palabras, y tal vez fue por eso que John, que hasta ese momento no había soltado su copia del The Wall Street Journal, volteó y corrió sus espejuelos desde el entrecejo hasta el borde de la nariz, inclinando hacia abajo la cabeza y hacia arriba la mirada, buscando ver a través de la ventanilla lo que su compañero de fila observaba con tanta contemplación. No pudo ver nada, así que, en un arranque de más osadía a la que su edad estaba acostumbrada, desabrochó el cinturón de seguridad y se inclinó, sin pedir permiso, sobre el espacio que ocupaba el joven Andy, asomándose durante varios, largos segundo por la ventanilla del 737. Abajo, un territorio blanco con manchas oscuras se perdía bajo la luz agonizante de un sol que se despedía con colores que a John le parecieron inéditos. Suspiró, y mientras se acomodaba de nuevo en su asiento lo dijo, “la distancia distorsiona, ¿no, muchacho?; desde aquí la nieve parece un desierto blanco lleno de puntiagudos oasis negros”. Andy tragó el último sorbo de su refresco y saboreó el espeso rastro dulce que envolvía su lengua, embelesado. Quiso entonces saber más palabras, y poder decirlas en el momento justo. Como John, pensó, mirándole sus medias negras con rombos ocres en los costados; el serio hombre de negocios que, de repente, a treinta mil pies de altura, podía ser también poeta. Pero Andy no sabía exactamente lo que significaba ser poeta. Resuelto, llamó de nuevo a la azafata; la incógnita bien valía otro refresco y, “si quedaban”, otro paquetico más de esos pretzels salados…

Desde el aire

El arco y la liraJanuary 30, 2009 12:08 am

Lejos de ti
las palabras van perdiendo
su concreto,
son sólo arena y polvo,
sin hacerse fuertes por el agua.

 

Blandas,
como ahora lo son,
van restándole importancia
a las verdades, al ejercicio silencioso
de la reflexión, a la pausa
que precede cada instante.

 

Escritas
conservan su geometría,
un arte que la vista reconoce
y que las yemas recorren
cuando tu playa se presta
a la caligrafía de los dedos.

 

Los pasos alguna vez
se hundieron
en tu azul de cielos mansos,
en tu gris de nubes encrespadas,
en tu negro de noches insondables.

 

El suelo era la sombra
de tu cuerpo, que se alarga
hasta donde los sueños
corren y desgastan.

 

Queda la sed
al mezclar tu nombre
con mi boca,
y la promesa de un sol
irresponsable.
Queda tu sonido
de coco
entre mis muelas,
el eco del caracol
que se despierta,
la medusa que se desangra
entre las piedras,
y la maraña de algas
que viene y se aleja
con la luna
cortejando la marea.

Siempre es hoyDecember 2, 2008 6:20 pm

 Salimos de Milano a Venezia en un tren Eurostar porque el viaje sería más rápido que en uno de los regionales, que, aunque costaban menos, se detenían en demasiadas estaciones. En el tren se respiraba un aire expectante… Esa tarde nos dirigíamos a una de las ciudades más pintorescas e inolvidables del mundo: histórica y pionera, romántica, elegantemente decadente, desafiante, marítima, placentera, culinaria, artística, musical y hasta mágica, pero - hay que reconocerlo - una ciudad que parece destinada a la extinción. Unos aseguran que Venezia se hunde, “por la edad de las construcciones y los daños de las erosiones”, por ejemplo, o “por el peso de los pasos de los millones de turistas que la visitan cada año; una ciudad que no fue diseñada para eso”. Otros acusan que es el nivel del agua el que va en aumento, “por el derretimiento de los polos”, argumentan, debido a ese flagelo de nuestros tiempos que se llama Bushglobal warming”, causante de un lento pero peligroso cambio climático general. Yo opino que ambas posiciones son válidas porque, al fin y al cabo, Venezia se está hundiendo y, a su vez, cada vez hay más agua para cubrirla. Lo cierto es que para Venezia y los venecianos, caminar – o nadar, más bien -  en 1,5 m, y hasta 2 m (como en 1966), de agua, no es algo nuevo. El fenómeno, conocido como l’acqua alta, viene sucediendo desde hace muchos años debido, en la mayoría de los casos, a la combinación de varios factores naturales, como las fuertes lluvias de otoño y el siroco, ese viento del sur que empuja el agua del mar hacia la ciudad. Esta foto de la Pizza San Marco es de ayer, cuando el nivel del agua llegó a 1,56 m. ¿Contribución del calentamiento global?

 Venezia bajo el agua

 Llegamos a Venezia en la tarde. La estación de Santa Lucía no tiene nada de memorable, en comparación con Milano Centrale, pero al salir, a sólo unos metros de las escaleras, fluye el transitado Canal Grande. No hacía frío y del cielo caían pedazos de luz que iluminaban retazos del agua y del suelo. El viaje al hotel en vaporetto duró media hora, recorriendo el aparto digestivo de la ciudad. Nos hospedamos en un Bed & Breakfast de Santa Elena, en Castello Est, al este de la ciudad. Es una zona tranquila, casi completamente residencial, con un largo parque arbolado bordeando el mar, donde las familias llevan a los niños y los mecen en columpios, y los mayores juegan fútbol, básquet, leen o se sientan a conversar. Cada mañana, cuando decidíamos no caminar al centro, compartíamos el trayecto en vaporetto con muchos de los venecianos que salían a trabajar en los vecindarios más concurridos (San Marco, Cannaregio, Dorsoduro, Castello Ovest), en negocios que dependen casi por completo del turismo. Fue refrescante conocer ese lado tan humano de la ciudad, que a veces parece inundada no ya sólo de agua sino de gente. Y palomas.
 Fue muy agradable perdernos por su callecitas estrechas y encontrar canales desiertos, donde el agua parece haberse detenido y, pulida en un verde lechoso, reflejaba las paredes opulentas de balcones y los puentes - ¡tantos puentes! - de arcos altos, pequeños, enormes, por donde fluyen las góndolas oscuras, casi fúnebres, como Caronte por el río Aqueronte al encuentro del Can Cerbero. Los restaurantes de Venezia sirven comida muy variada, no sólo con respecto al menú sino también en términos de precio y calidad. Tuvimos suerte escogiendo lugares pequeños pero bonitos, donde degustamos desde funghi porcini hasta la más sabrosa carbonara. Por eso no nos importó haber perdido nuestro tren a Firenze. Dos horas más en Venezia fueron dos horas más en una ciudad fuera del tiempo. A veces me pregunto si la ciudad de verdad existe o si no es más que un deleznable artificio, como de cristal. Y como el vidrio soplado de Murano, Venezia reposa en una frágil encrucijada donde se encuentran la ciudad y sus pocos residentes con los millones de turistas que la visitan y, económicamente, la sostienen, y con las cuatro estaciones, las de Vivaldi y las otras, las que bañan, secan, refrescan, sofocan, cubren e inundan.
Canal y gondola

Nostalgias y otros harakiris, Siempre es hoyNovember 27, 2008 9:55 am

 En Europa el tren deja de ser una simple metáfora, un mero cómplice poético, y regresa a ser un medio de transporte concreto e indispensable. Nuestra primera dósis de realidad la recibimos temprano en el viaje, literalmante. Tomar el tren desde el aeropuerto Malpensa hasta Milano costaba 11 € por persona y, en ese momento, apenas pasadas la ocho de la mañana, sólo estaban aceptando efectivo, “cambio exacto, signore”. La media hora que dura el viaje la pasé estudiando a los milaneses que viajaban a la ciudad. Iban impecablemente vestidos – los hombres de traje siempre oscuro y corbata, y las mujeres de pantalón o falda, botas, lentes de marca y chaqueta – , y, si no leían el periódico, sus conversaciones, fueran con otro pasajero o por celular, eran siempre sobre trabajo o dinero. Era fácil delatar a los otros turistas en el vagón, mirando sin parpadear los suburbios grafiteados de Milano, perdidos en mapas enormes con calles que aprendían a pronunciar, o enumerando en alemán, español o inglés el itinerario que tenían planeado. Ni hablar de las ropas, que, en realidad, era lo que primero nos diferenciaba de los milaneses. Al llegar, la estación de Milano Centrale, como tantas otras construcciones en Italia, estaba en remodelación. Se respiraba un polvillo de concreto que, mezclado con las nubes de humo de cigarro, conformaban el perfumen perfecto para una ciudad que no defraudaba a su fama de gris y acelerada. Fuera de la estación esperaban los africanos, que a esa hora no vendían carteras y bolsos de imitación sino “pulseras de la amistad” o de la “buena suerte”, y, un poco más allá, un grupo de cinco o seis muchachos que parecían de Bangladesh o de Sri Lanka vendían helicópteros con luces y robots de baterías. Afuera, Milano resultó ser muy interesante, una ciudad a ratos moderna pero sacrificada y a otros grandiosa, con Il Duomo y La Scala, aunque reconozco que no tan especial, visualmente, como otras ciudades del circuito turístico italiano. De regreso a la estación de Milano Centrale, compramos los billetes del próximo tren y recogimos las maletas del servicio de custodio de equipaje. La noción del tren como un espacio idealizado se iba desvaneciendo, dando paso a la vera vita italiana. Próxima estación: Venezia - Santa Lucía…

Mansas quimerasOctober 14, 2008 6:57 am

Descansa. Se ha detenido a recuperar al menos algo del aire que ha perdido subiendo los primeros tres cuartos de escaleras que conducen al castillo. Sabe que justamente allí, apoyado a aquel mismo muro antiguo, se han tomado fotos políticos y actores muy cotizados en su tiempo, jugadores de fútbol y hasta cierto pintor huraño que ya ha fallecido, pero de quien se habla con una familiaridad que, seguramente, él hubiera detestado. Respira. Su cuerpo entero delata que respira a bocanadas. Un pescado, la cola separada de una lagartija, qué más asemeja… Igual que otras veces en que el corazón le ha batido con furia, piensa que, ahora sí, visitaré el gimnasio con frecuencia. O ni siquiera con frecuencia, visitaré el gimnasio y punto. Nunca es demasiado tarde, sentencia. Nunca es demasiado tarde hasta que es demasiado tarde, habría alguien de decirle. Pero nadie lee los pensamientos de nadie, y mucho menos si se trata de un turista americano en plena Barcelona, donde, si por casualidad aparece alguno que lee pensamientos, qué probabilidades hay de que sepa inglés… No, eso ya sería demasiada coincidencia. Y eso es algo que nosotras las estatuas nos lo tenemos muy claro, no hay nada fortuito. Ni siquiera hay azar en los atinos de las palomas en vuelo. Ni siquiera… El turista decide seguir ascendiendo aún cuando no le han dejado de palpitar las venas de los ojos. Por eso yo insisto en que es mucho más adecuado para esta vida tener un corazón de piedra. Un tema discutible, sin duda. Eternamente discutible.

Estatua

Siempre es hoyOctober 1, 2008 6:19 am

Arandanos

Arándano azul, arándano dulce, mora azul, o, simplemente, arándano… Al parecer no existe un consenso respecto al nombre de la baya que en inglés es conocida como blueberry. Algo similar sucede con el cranberry, el cual se puede encontrar en algunos mercados de Latinoamérica y Europa (Chile, Argentina, España…) con el nombre de arándano agrio, arándano rojo, o, de nuevo, simplemente, arándano. El caso del arándano azul, inclusive en inglés – blueberry -, en francés – bluetes – y en otros idiomas europeos, es más especial por ser causa de mayor confusión, ya que es común que se les de ese nombre, por razones de ignorancia o conveniencia, a otras especies de bayas en general menos conocidas o codiciadas – bilberry, huckleberry - que el arándano azul, que, aparte de todo, tiende más bien al color índigo y no al azul como tal.
El arándano azul es nativo de la costa este de América del Norte, de donde la planta, en sus variaciones un arbusto entre los 10 cm y los 4 m de alto, de hojas verdes que en muchas de las subespecies soportan con firmeza los embates del otoño y del invierno, fue poco a poco introducida a otras regiones de los Estados Unidos y Canadá. Así llegó al estado de Washington, donde hoy en día se cultiva modestamente en varias regiones del oeste del estado. Muchos de esos cultivos ofrecen la fruta directamente al consumidor por precios muy por debajo de los que se encuentran en los supermercados, con el añadido de la deliciosa experiencia que puede resultar pasarse un par de horas bajo el entrañable sol del noroeste comiendo y recogiendo arándanos azules. Además, la relativa facilidad con que se cosecha, al menos en comparación con otras bayas como la mora, con sus terribles espinas, hace del arándano azul un cultivo más agradable y relajante, al menos para quienes lo hacen como un pasatiempo de fin de semana.
La mayoría de las plantas de arándano azul que se encuentran en Washington son de la especie highbush o “arbusto alto”. Se reconocen, por supuesto, por la altura de la planta y por el tamaño de la fruta, que puede llegar a tener hasta 16 mm de diámetro. Probablemente este es el tipo de arándano azul que ya conoces, que has probado y visto en esas cajitas de plástico en el supermercado, y que son de un color oscuro más bien opaco. Esta es la especie de arándano azul que más se cultiva porque produce más fruta que la otra subespecie principal de arándano azul, la llamada wild lowbush o “salvaje de arbusto bajo”, también conocida, simplemente, como wild o “salvaje”. Esta subespecie de arándano azul puede llegar a tener apenas unos cuantos centímetros de altura y crece como una enredadera que va asfixiando planicies y colinas, convirtiéndolas, a veces, en inmensas praderas de arándanos salvajes. Su fruto es más pequeño que el de su primo, el arbusto alto, y de un color y un sabor mucho más intensos, podría decirse que concentrados. Estas plantas, además, son inmunes al fuego, lo que contribuye a que aumente aún más su dominio en lugares donde ha ocurrido algún incendio, natural o provocado. Los indígenas de la zona valoraron y aún valoran a esta planta por su propiedad de indestructible, por su inmunidad natural a muchas pestes agrícolas, por su color y sus usos más allá de la alimentación y la gastronomía, y, por supuesto, como medicina, por los numerosísimos beneficios que el arándano azul trae a quienes lo consumen. Beneficios que sólo hasta hace relativamente poco la ciencia ha podido confirmar…
Su altísimo contenido de antioxidantes y micronutrientes, por ejemplo, de los más altos en el reino vegetal, le otorga cualidades anticancerígenas y recomendables en la prevención y tratamiento de otras enfermedades del tipo cognitivas, como el Alzheimer. El arándano también ayuda a controlar los niveles de colesterol y de lípidos en la sangre, reduciendo el riesgo de enfermedades cardíacas y de la presión sanguínea.
El problema del arándano azul es sólo uno: en América del Norte su producción se limita a los meses comprendidos entre mayo y septiembre. Y aunque durante este tiempo se producen en la región miles de toneladas, la demanda por el arándano azul, intensificada por los recientes hallazgos científicos, ha creado una industria global, extendiendo su producción a países de Europa y del hemisferio sur como Nueva Zelanda, Australia, Chile y Argentina. De este modo, aunque a precios muchas veces exorbitantes, es posible conseguir durante prácticamente todo el año que muchos supermercados del mundo tengan en venta arándano azul.
Solo, como acompañante, o preparado en forma de postres, el arándano azul es una fruta que nunca empalaga o repugna… Algo que ya sabían los indígenas americanos desde hace mucho tiempo, cuando empezaron a secar y a ahumar los arándanos azules para consumirlos como pasas cuando llegaba el siempre duro invierno. Arándano azul, arándano dulce, mora azul, o, simplemente, arándano… ¿Qué más da? Mejor llamarle como lo que realmente es, la “súper fruta”.

 

Arandano