Desde la butacaFebruary 27, 2006 11:34 pm

 El escritor peruano Santiago Roncagliolo (Lima, 1975) ha sido galardonado con el Premio Alfaguara de Novela 2006, uno de los premios más prestigioso y mejor dotados que se otorga a una obra en castellano, por su libro ‘Abril rojo’. La historia de este premio reúne, entre ganadores y jurados, nombres de la talla de Carlos Fuentes, José Saramago, Tomás Eloy Martínez y Laura Restrepo, entre muchos otros. En esta oportunidad la presidenta del jurado encargado del fallo ha sido la escritora Ángeles Mastretta, quien anunció que ‘Abril rojo’ superaba a los otros 509 manuscritos enviados este año por “la eficacia expresiva, la fuerza dramática y la originalidad en el tratamiento de un tema político con las peripecias de una novela negra que arrastra y conmueve al lector desde la primera página.”

 
 De Roncaglio se puede hablar por largo rato, a pesar de su corta edad y de su escasa obra literaria. Ha escrito dos novelas, más bien cortas: ‘Pudor’ y ‘El príncipe de los caimanes’; y una obra de teatro, ‘Tus amigos nunca te harían daño.’ Al autor lo conocí en la última edición de la Feria Internacional del Libro de Miami, donde presentaba su ‘Pudor’ con humor y buen talante. En mi biblioteca descansa el ejemplar que me firmó, con una dedicación que quisiera interpretarla como una premonición:
 
 “Para Roberto, mi colega de letras y de humor, con un fuerte abrazo. Santiago Roncagliolo.”
 

 Por su puesto, ese día firmó otras tantas decenas de libros más. Y estoy seguro que habrán habido otras dedicaciones mucho más íntimas e interesantes en la Feria de Guadalajara, quizá, o en la de Madrid. Pero igual da gusto no sólo ver sino participar del crecimiento y la evolución de un escritor, que para eso también estamos los lectores.

 No deja de resultar curioso que en un post reciente (Venezia de fachadas) toco un tema propuesto por Roncagliolo en su blog.

Mansas quimerasFebruary 21, 2006 2:03 pm

 remando

  La voz se hacía más liviana sobre el agua. Varias veces tuvo Garcét que gritar, que llevarse las manos arqueadas al borde de sus labios para que las palabras no se desmenuzaran hasta mezclarse con el crepúsculo y la bruma antes de llegar a los oídos trasnochados del señor Kertz, quien a duras penas sostenía un remo con lo que desde lejos hubiera pasado por nada menos que desidia y pereza. Pero eran el cansancio y el sueño, que llevaba días pesándole en los párpados, lo que drenaban su otrora agilidad. O acaso serían los años, que ya comenzaban a cuestionarle su preferencia por los excesos. En todo caso el pequeño bote se alejaba más despacio que rápido de la orilla, pero se alejaba al fin, mientras la noche se retiraba también de todos los rincones y el silencio. Podría decirse que huían, si se sigue hilando la trama desde la misma distancia del hipotético testigo, el que hubiera acusado al viejo Kertz de flojedad, con la diferencia que, en este caso, tendría razón.¿Era la tercera noche? Sólo ellos sabían con certeza cuántos días llevaban así, escapando de la razón y todo su prestigio. No creo que haga falta decir que la policía seguía sus métodos con urgencia y que los primeros agentes ya hacían campamento en la mañana de la otra orilla…

Mansas quimerasFebruary 17, 2006 8:11 pm

          Gondolas

 Recuerdo la primera vez que visité Venezia, en los días del último Jubileo. Llegué con mis dieciocho años a la estación de tren poco después de la medianoche. Afuera llovía una lluvia tranquila, como migas de agua. Estaba solo (viajaba de mochilero) y no tenía reservación de hotel ni plan alguno aparte de conocer la ciudad, escribir y tomar fotos.  Una mujer hermosa, mayor sin dejar de ser joven, se acercó a hablarme. Supongo que se dio cuenta que me disponía a pasar la noche en las heladas escaleras de la estación, a pesar de los carabinieri y las gotas de lluvia que encontraban mi piel y mis ropas con el viento. Me ofreció un espacio bajo su paraguas, y tomados del brazo me invitó a subirnos en el vaporetto hacia la plaza San Marco. Durante los casi veinticinco minutos que dura el trayecto hablamos de todo un poco, en un italiano tan básico que me hacía sonrojar. Para mi sorpresa, se ofreció a hospedarme en su apartamento, porque según ella, ya a esa hora no valía la pena pagar un hotel y en las pensiones simplemente no me iban a abrir la puerta. No aceptó dinero, sólo una invitación a almorzar al día siguiente en un restaurante muy pequeño y agradable que ella misma sugirió, y que los locales - porque era barato y estaba más bien escondido del turismo hardcore - solían frecuentar.

 Ahora, leyendo una de las últimas notas del blog de Santiago Roncagliolo que habla sobre la despoblación de Venezia, me duele pensar que, tal vez, Laura, junto con otras tantas víctimas del turismo cultural, se haya ido para siempre.

El arco y la liraFebruary 15, 2006 4:17 pm

 No conocía la poesía de Enrique Lihn hasta hace muy poco. Llegué a ella por el camino más seguro, como me gusta pensar, que es el que traza la boca de un escritor respetado. En este caso fue Roberto Bolaño, narrador y poeta chileno, el que mencionó con admiración a Lihn en una entrevista que escuché hace poco, luego de bajarla de la internet. No he comprado ningún libro del poeta todavía, pero por lo que he podido encontrar en páginas virtuales puedo asegurar que, a mi opinión, se trata un poeta mayor. Quisiera compratir con ustedes un poema suyo titulado ‘Porque escribí.’ De Chile para el mundo… (Esta frase me suena a déjà vu. Lo digo por Neruda, Parra, Huidrobo, Mistral, Donoso, etcétera.)  

 Para leer un poco más sobre Lihn, les invito a visitar el blog del escritor Juan Pablo Meneses, quien dedica su última entrada al poeta chileno.

PORQUE ESCRIBÍ

                                           A Cristina y Angélica

Ahora que quizás, en un año de calma,
piense: la poesía me sirvió para esto:
no pude ser feliz, ello me fue negado,
pero escribí.

Escribí: fui la víctima
de la mendicidad y el orgullo mezclados
y ajusticié también a unos pocos lectores;
tendí la mano en puertas que nunca, nunca he visto;
una muchacha cayó, en otro mundo, a mis pies.

Pero escribí: tuve esta rara certeza,
la ilusión de tener el mundo entre las manos
—¡qué ilusión más perfecta! como un cristo barroco
con toda su crueldad innecesaria—
Escribí, mi escritura fue como la maleza
de flores ácimas pero flores en fin,
el pan de cada día de las tierras eriazas:
una caparazón de espinas y raíces

De la vida tomé todas estas palabras
como un niño oropel, guijarros junto al río:
las cosas de una magia, perfectamente inútiles
pero que siempre vuelven a renovar su encanto.

La especie de locura con que vuela un anciano
detrás de las palomas imitándolas
me fue dada en lugar de servir para algo.
Me condené escribiendo a que todos dudarán
de mi existencia real,
(días de mi escritura, solar del extranjero).
Todos los que sirvieron y los que fueron servidos
digo que pasarán porque escribí
y hacerlo significa trabajar con la muerte
codo a codo, robarle unos cuantos secretos.
En su origen el río es una veta de agua
—allí, por un momento, siquiera, en esa altura—
luego, al final, un mar que nadie ve
de los que están braceándose la vida.
Porque escribí fui un odio vergonzante,
pero el mar forma parte de mi escritura misma:
línea de la rompiente en que un verso se espuma
yo puedo reiterar la poesía.

Estuve enfermo, sin lugar a dudas
y no sólo de insomnio,
también de ideas fijas que me hicieron leer
con obscena atención a unos cuantos psicólogos,
pero escribí y el crimen fue menor,
lo pagué verso a verso hasta escribirlo,
porque de la palabra que se ajusta al abismo
surge un poco de oscura inteligencia
y a esa luz muchos monstruos no son ajusticiados.

Porque escribí no estuve en casa del verdugo
ni me dejé llevar por el amor a Dios
ni acepté que los hombres fueran dioses
ni me hice desear como escribiente
ni la pobreza me pareció atroz
ni el poder una cosa deseable
ni me lavé ni me ensucié las manos
ni fueron vírgenes mis mejores amigas
ni tuve como amigo a un fariseo
ni a pesar de la cólera
quise desbaratar a mi enemigo.

Pero escribí y me muero por mi cuenta,
porque escribí porque escribí estoy vivo.

 

Enrique Lihn: Nació en Santiago de Chile en 1929. Estudió en el Saint George, en el Colegio Alemán y en la Escuela de Bellas Artes de la Universidad de Chile. Colaboró en la Revista de Arte, Anales de la Universidad de Chile, Pro Arte, Cormorán,Cauce, Apsi, Plan, además de escribir en los diarios El Siglo, Las Ultimas Noticias y La Epoca, entre otros. Fundó la revista literaria Cormorán, que tuvo nueve números, y Manuscritos, que tuvo uno. Fue locutor en radios capitalinas y dibujante en El Diario Ilustrado. Trabajó en la Corporación de Fomento CORFO) y fue Profesor del Departamento Humanístico de la Universidad de Chile. En 1965 viajó a Europa mediante una beca de museología de la UNESCO. Residió un tiempo en París. Luego en Cuba. Obtuvo algunos premios entre los que sobresalen el Premio Municipal de Poesía 1970 por su obra La musiquilla de las pobres esferas. Además el Premio Casa de las Américas de Cuba (1966) y el de Extremo Sur. Fallece en en Santigo de Chile en 1988.

Desde la butacaFebruary 13, 2006 7:38 pm

                                        Vargas Llosa

 Nunca he escondido la sincera admiración que siento por el autor peruano Mario Vargas Llosa (Arequipa, 1936). Lo considero un escritor completísimo que vive la literatura cual fanático, como una obsesión que ronda entre lo religioso y lo patológico. En lo personal, me parece un individuo que ha sabido ser consecuente con la situación mundial, sin entrar en juegos de presiones o conveniencias.

 

 Me hubiera gustado leer su obra con cierto orden cronológico, es cierto. Lo digo en parte para tratar de entender la fuertes críticas que se le hacen y se le han hecho desde ciertos sectores repecto a sus libros: que si con su talento pudo haber escrito cosas de más calidad, que si ninguno de sus libros va a perdurar, que si ha debido ser más autocrítico a la hora de publicar, etcétera. Yo, como he leído sus libros en desorden, siempre he logrado conseguirles razones para exaltar, por ejemplo, el mapa estructural de Conversación en la catedral, la narración exquisita en La ciudad y los perros, el erotismo implacable en Elogio a la madrasta, o los riesgos narrativos que propone en La casa verde y La tía Julia y el escribidor. Destaco también el esfuerzo literario y académico que llevó a cabo en su García Márquez: historia de un deicidio, o la fidelidad de Un pez en el agua, libro que considero indispensable en cualquier biblioteca latinoamericana y, sobre todo, en la colección personal de todo escritor.

 

 Aprovecho esta incorfome introducción para seguir propagando dos noticias recientes que conciernen a este eterno candidato para el Nóbel. La primera se trata del estreno mundial de la película La fiesta del Chivo, basada en la novela histórica homónima escrita por Vargas Llosa, y que trata el tema de la trincada dictadura (1930 – 1961) de Rafael Leonidas Trujillo, apodado “El Chivo,” en la República Dominicana. El film, dirigido por el también peruano Luis Llosa (sí, primo y cuñado del escritor), va a ser presentado durante el Festival Internacional de Cine de Berlín, mejor conocido como Berlinale, que comienzó el jueves nueve y concluirá en ceremonia el próximo domingo diecinueve de febrero. La película, rodada en inglés, cuenta con las actuaciones de la italiana Isabella Rossellini como Urania Cabral, Tomás Milián como El Chivo, Paul Freeman y el argentino Juan Diego Botto. Se espera que el presupuesto de diez millones de dólares contribuya a hacer de esta película un éxito internacional.

Vargas Llosa supervisa rodaje de La fiesta del Chivo

 ‘La fiesta del chivo’ no es la primera obra de Vargas Llosa en ser trasladada al cine. Ya lo han hecho con ‘Los cachorros’, por el director mexicano Jorge Fons; ‘Pantaleón y las visitadoras‘, de la que existe dos versiones, una de ellas dirigida por el propio escritor y la otra donde actúa la hermosa colombiana Angie Cepeda; ‘La ciudad y los perros’, a cargo del director peruano Francisco Lombardi, y ‘La tia Julia y el escribidor’, en una versión libre del director inglés Jon Amiel, con guión del también novelista William Boyd, que llevó el título de ‘Tune in tomorrow…’, protagonizada por Barbara Hershey y Keannu Reeves.

 

 La segunda noticia habla de la novela que acaba de concluir Vargas Llosa entre sus residencias de Lóndres y Lima. La nueva novela se titula ‘Travesuras de la niña mala,’ de la cual comentó que "es una sucesión de cuentos que ocurren en una ciudad y en una época distinta" pero siempre enmarcados dentro de "una historia global". Es una narración de amor que transcurre a lo largo de cuarneta años en distintas ciudades en las que ha vivido el escritor, quien asegura que este es el rasgo más autobiográfico de esta obra.

 

 "Creo que todas las historias que he escrito han nacido siempre como fruto de alguna vivencia que ha quedado en la memoria y que se convierte en una imagen muy fértil para fantasear algo alrededor de ella", explica. Anteriormenta ha señalado que entre sus libros favoritos se encuentran ‘Madame Bovary’, de Gustave Flaubert, ‘Luz de agosto’ y ‘Santuario’, de William Faulkner, y ‘Moby Dick’, de Herman Melville. En poesía, sus peferidos son el nicaragüense Ruben Darío, que es "el maestro mágico de la verdadera poesía en español", Pablo Neruda, que "fue un amor de juventud", y Charles Baudelaire, "el poeta que admiro más entre todos los poetas".

Mansas quimerasFebruary 11, 2006 5:13 pm

                                                  Gardel

 Existe un museo Carlos Gardel en la costa colombiana, avisado con un cartel de madera y letras rojas, entre las ciudades de Barranquilla y Cartagena de Indias. Al parecer el país se sintió en deuda luego de que el afamado cantante falleciera en Medellín, tierra de flores del interior, víctima del delirio de un par de pilotos, uno nativo y otro alemán, que por aquellos años treinta eran los únicos capacitados, entre comillas, para volar aviones comerciales. Su rivalidad inmensa terminó cuando el colombiano quiso intimidar al alemán dirigiendo su aeronave hacia éste, sin sospechar que el otro hacía lo mismo. Así murió Carlitos. Pero su voz tiene ahora paredes y una placa hermosa, labrada en bronce, en los salones de una pequeña casa ocre y pulcras tejas de arcilla. Allí estaban mis veintitrés años una tarde dorada, en los meses de poca lluvia, de tercero en la fila para entrar.

 En mi mochila llevaba una cámara fotográfica de las de antes, manual y aparatosa, y unos papeles amarillentos con la caligrafía cuidada de mi bisabuelo, el nonno Giuseppe, jurando que el cuerpo del cantante había sido reconocido por el saco Zari que, él supone, llevaba puesto el día del deceso. “Y que fue cosido por mis manos tan sólo unos meses antes de la catástrofe,” escribía el abuelo en uno de los párrafos. Así le decía él siempre, “La Catástrofe,” con mayúsculas. La música dentro del recinto, por supuesto, era de Gardel. Los tangos sonaban hermosos y exquisitamente trágicos desde su viaje de décadas y famas, saltando como sólo saltan las grabaciones viejas, como si en el fondo ardiera una fogata de bambúes, explotando a ratos sus cápsulas de oxígeno.

 El ámbito del museo estaba dotado de fotografías grises y recortes de periódicos enmarcados. Me detuve delante de un ventilador y sin pudor desabroché los dos botones superiores de mi camisa. La temperatura era la visitante más seria y consecuente de la veintena de personas que ese día llenaban el museo. Miré el reloj: las dos y cuarto, a tiempo. Con la frente arrugada busqué entre la gente al Señor Onetti, con quien me había citado para esa hora.

 Un “buenas tardes” me hizo voltear bruscamente. Era él. Al verlo supe por qué no lo había reconocido antes: no estaba vestido de la forma que había prometido por  teléfono. La chaqueta era gris y no llevaba ningún sombrero. No creo que haga falta decir lo imaginaba más joven y menos arrugado. Pensé en reclamárselo de forma alegre, pero recordé los consejos de su editora de no alterarle, pues su edad octogenaria llevaba encima varias cruces cardíacas. Nos sentamos en una de las mesas del cafecito que atendía una bella muchacha de pequitas y pelo muy rizado.

- Así que tú eres el nieto de Zari – dijo al fin el Señor Onetti.
- Sí – respondí, entonces ya sabe para qué estoy aquí.
- Por supuesto. También Carlota, mi editora, me había prevenido de tu viaje. Quieres saber si de verdad reconocieron a Carlitos por el paltó que hizo tu nonno sastre. ¿Y de qué te serviría saberlo?
- De nada. En eso estamos de acuerdo. Digamos que la curiosidad no mata al gato, tan sólo no le deja dormir…
 El Señor Onetti intentó una sonrisa. Fue entonces cuando llegaron los cafés y entendí la terquedad del biógrafo. En su conleche nadaba un gorda mosca, y cuando le advertí, me dijo: “Niño, yo fui a la guerra.” Y de golpe bebió completo el contenido de la taza.

 Entonces - dijo al fin - quieres que incluya en la próxima edición de mi biografía de Gardel la romántica versión de tu abuelo. Te repito, yo fui a la guerra…

Mansas quimerasFebruary 10, 2006 4:52 pm

                                               Pasillo 

 Se encontraban de vez en cuando en los pasillos, en la fila torcida de la cafetería, en el ejercicio de las escaleras. Se reconocían los zapatos por debajo de las puertas del excusado. Adivinaban sus voces entre otras voces. Sus pasos se diferenciaban dentro de las estampidas de las once, de la una, de las cinco. Al principio se saludaban (después de todo volvían a ser colegas.) Se detenían, estrechaban manos, intercambiaban un buenos días, un gusto en verte, que pases un buen fin de semana. Eran, por supuesto, meras cordiliadades, sin la menor pizca de sinceridad. Habían pasado varios años. Creo que ninguno prefería saber cuántos. Pero me consta, porque alguna vez, a su manera, ambos me lo confesaron, que su caminar de nuevo bajo las luces lechosas de las lámparas o asomarse por cualquiera de las ventanas ahumadas del ala sur les traían toneladas de recuerdos. Recuerdos que a veces herían, pero que siempre, como me dijo Grover, cansaban, como si recordar fuera un trabajo, saben, fuerza multiplicada por distancia.

HistoriandoFebruary 9, 2006 7:19 pm


Champan ¡Bienvenidos! Les invito a brindar para celebrar la primera entrada de Entre el lenguaje y la anécdota. Según el Diccionario de la Real Academia Española, brindis o brindar significa “manifestar, al ir a beber vino o licor, el bien que se desea a alguien o algo.” Si este es el caso, se los agradezco, y espero que algún día la copa sea real y el vino el mejor. Sin embargo, los orígenes del brindis se remontan a hechos menos joviales. Recuerdo haber leído alguna vez que fue durante la Edad Media que se comenzaron a chocar las copas, pero no por motivos de festejo sino para evitar ser envenedados. En ese entonces era una constumbre que los monarcas casaran a sus hijas con príncipes y herederos de otros reinos. Luego de la ceremonia, el rey de donde se celebraran las fiestas ofrecía al otro rey, ahora su consuegro, a beber una copa de vino mezclada con veneno, para así apoderarse de su reino. Con el tiempo, luego de que varios reyes perecieron de igual forma, la sospecha acostumbró a que ambos reyes chocaran y mezclaran el contenido de sus copas. Si morían, morirían los dos. 


 En otra explicación se maneja la siguiente teoría. Durante los tiempos del dominio griego, digamos, los últimos y los primeros siglos según la llegada de Cristo, en Grecia se tenía como habitual que el anfitrión levantara su copa ante las miradas de sus comensales y bebiera un largo trago. Esa era la forma de garantizar que el vino no estuviera envenenado y que todos podían tomar sin temor de muerte. 

 

 La humanidad es extraña. Pero costumbres como esta de brindar, que ahora es sinónimo de alegría, son motivo de esperanza. Su evolución es testigo de ello.

 


¡Salud!