SeleccionesDesde pequeño he disfrutado leyendo la revista Reader’s Digest. No tanto por la historias de héroes cotidianos o por las escalofriantes andanzas de asesinos con vocación, sino por las ya clásicas páginas dedicadas al humor: “gajes del oficio”, “así es la vida”, “entre niños te veas”, “humor en uniforme” y “la risa, remedio infalible”. Son lecturas livianas que rescatan del día a día momentos agradables, momentos memorables, momentos de comedia.

Yo también tengo mis propias anécdotas. Algunas las he vivido, otras me las han contado, pero a fin de cuentas las he redactado todas como si me hubieran sucedido a mí. Espero puedan encontrarles algo de gracia: sé que mi humor peca a veces de particular…

- Era el bautizo de mi prima, de sólo pocos meses de nacida, y lo estábamos celebrando en familia en casa de mi tía. Como somos una familia numerosa, se decidió comprar platos, vasos y cubiertos desechables para ahorrarse así el maratón de lavar. Pero luego de la cena, mi tía salió de la cocina, y con cara de resignación preguntó, “¿estuvo la abuela en la cocina?.” “¿Cómo lo sabes?, pregunté.” Y sin decir nada, mi tía levantó unos platos de cartón empapados, como si alguien los hubiese lavado.

- Trabajo en una librería que vende también cafés y dulces. Conversando con una compañera de trabajo que recientemente tuvo un hijo, le pregunté si tenía algunas fotos del pequeño. Me dijo que sí, y mientras me las enseñaba le pregunté discretamente cómo le parece la vida de casada. En ese momento, y notablemente indignada, me dice en tono inteligente: “Oh, no… Para casarme tengo que estar cien por ciento segura que él es el hombre de mi vida…” Yo pienso: menos mal que para tener un hijo los requisitos no son tan importantes.

 

- Mi amiga, luego de tantas vueltas por el mundo, decidió mudarse a un pequeño pueblo al norte de la Florida, donde eventualmente conoció al que sería su esposo. El día de la fiesta de matrimonio ella quiso sorprender a todos los invitados, incluyendo a la numerosa familia del novio (quienes llevan varias generaciones viviendo en el mismo lugar, con población de sólo algunos miles de habitantes). Para lograrlo, mi amiga me comentó que iba a bailar flamenco. Yo le comenté que debido a lo pequeño que era el pueblo y por las maneras de los habitantes, tal vez no sabrían lo que es el flamenco. Mi amiga, sin embargo, insistió, y un poco después de la media noche comenzó su sensual representación. Pero para la vergüenza de unos pocos, algunos invitados del pueblo confundieron el corporal baile con algún tipo de striptease, porque tan sólo unos minutos después de empezado el taconeo, fueron varios los que subieron a la tarima de madera para ponerle billetes dentro del vestido blanco a mi sonrojada amiga.

- La señora pagó, y luego de guardar el vuelto y el recibo en el bolsillo, se fue apresuradamente olvidando llevarse los libros pagados. No era la primera vez que un cliente distraído daba media vuelta y se marchaba dejando la mercancía recién comprada, asi que nadie se alteró. La señora regresó minutos más tarde, un poco sonrojada, y, disculpándose, preguntó si por casualidad no había dejado también su cerebro olvidado junto con los libros, a lo cual mi compañero respondió: “ ¿Es uno gris, como de este tamaño, arrugado como una pasa? Tranquila señora, también se lo hemos guardado dentro de la bolsa…”