HistoriandoMay 22, 2006 12:17 am

Ro en Paseig de Gracia 

Barcelona es una ciudad amable, si se quiere, una ciudad donde se toma en cuenta la vida de ciudadano en todas sus facetas: el peatón, el conductor, el ciclista, el anciano, el minusválido y hasta el turista. Caminarla es inevitable, porque es una ciudad influyente que sabe dialogar con quien la pisa, habita y visita.

 Me parece que es esta la primera foto mía que publico en Entre el lenguaje y la anécdota. Me encuentro en una pequeña fuente, de bronce ya verde, a una cuadra de Diagonal y Paseo de Gracia. Por el sombrero de paja, por la ranita verde que el niño sujeta en sus manos, porque el agua es siempre agua y el agua de esa fuente me recuerda al Mississippi, me gusta creer que me encuentro al lado de Huckleberry Finn o de Tom Sawyer. No hay placa que me respalde o contradiga, y eso, en una patria y en una ciudad que ya no siento extranjeras, ya es bastante.

 Nota especial: Han sido muchas cosas. El matrimonio de mi hermana, por ejemplo, mi cumpleaños el pasado trece de mayo, la victoria del F.C. Barcelona en la final de la Champions League en París… y, además, el seguir conociendo, el seguir adentrándome en esta ciudad tan provocativa que es Barcelona. Prometo más fotos, así como alguna que otra anécdota o acercamiento. Gracias.

HistoriandoMay 4, 2006 2:13 pm

Kafka? Kafka dijo alguna vez - es decir, escribió - que es imposible poder recordarlo todo. Por supuesto, no parece de ningún modo un gran descubrimiento, ya que no conozco a la primera persona que me diga cómo eran las manos del doctor que atendió su nacimiento, por ejemplo, o qué color y qué forma tenía la primera flor que dibujó. Entiendo que es siempre fácil usar la infancia como ejemplo del olvido, pero olvidar es que algo que hacemos constantemente y – es obvio – sin darnos cuenta. Viniendo de la pluma de este Franz escritor - específicamente de sus ‘Cuadernos en octavo’, como el misterio editorial ha decidido titular esos pasajes introspectivos - la frase cobra un tono de suma observación, de rompimiento crucial de la misma monotonía que, justamente, implica el ir olvidando cada vez más instantes de la vida. He querido entender que no lo exclama, que no se trata de un reclamo. Todo lo contrario. En sus palabras se encuentran la lentitud del tiempo y la vergüenza – producto de la terrible humildad - de haber sido parte de él sin llegar a afectarlo, como sí ocurre con las dimensiones donde podemos exhibir nuestra tendencia por la pasión.  
            Sin embargo Kafka – como ya perpetué líneas antes - era un escritor, alguien que pescaba palabras para salvarlas del caudal del tiempo. Y sólo lo que está fuera del alcance del tiempo puede despreocuparse de la diligencia del olvido y de la tímida victoria que significa el recordar. Visto de este modo, arribamos al cul de sac de toda paradoja, donde dar marcha atrás no es necesariamente lo sensato, pero tampoco es actuar con cobardía. La paradoja es la siguiente: es una quimera tratar de justificar el olvido a través de la escritura, siendo ésta – como cualquier otra manifestación artística - una entidad incompatible con la facultad de olvidar por ser impermeable al tiempo. Aceptar esto sería conformarse de la misma manera que nos conformamos al idolatrar imágenes, como videos y fotografías, cuyo único valor es su capacidad invocadora, y nada más. Entiendo que al escribir esto caen mis palabras – también - en esta lúdica envoltura que es la palabra escrita, pero la historia ha sabido mostrar que al tiempo se le ha de combatir nunca desde adentro. Es importante entender que la moda es esclava del tiempo y no al revés.

            Espero que no me malinterpreten. He querido decir con esto que olvidar lleva consigo innumerables beneficios. Por ejemplo, qué catástrofe sería que recordáramos todos los días nuestra microscópica mortalidad y que todo lo que pensamos de nosotros mismos no es mucho más que la suma y la resta de lo que nuestras acciones reflejan en la sociedad. Pero, ¿qué dijo Kafka exactamente? Escribió: “5 de febrero. Mañana buena, imposible recordar todo”. No puedo pensar en una mejor manera de describir el olvido. (En la literatura, buena y bueno son los adjetivos preferidos en el menú de ese buitre que gira y gira – en espiral – sobre ésta y sobre tu muñeca).

Nostalgias y otros harakirisMay 2, 2006 12:33 pm

 Graduation cartoon  Hoy, martes dos de mayo del 2006, finalmente me gradúo… de ingeniero eléctrico. ¿Cuántos fueron? ¿Cinco años, más o menos? Cinco años de clases, de conocer, amistar y olvidar tantas de personas, de caminar por el campus de FIU, libro y cuaderno en mano, leyendo y escribiendo versos. Tiempo más que suficiente para decir que no soy la misma persona que era cuando todo comenzó, aquel otoño de hojas siempre verdes. Hay recuerdos que planeo conservar para siempre, o sea, hasta que la vida me deje o hasta que ya más nadie lea estas palabras. Por ejemplo, el taller de poesía con la profesora Florence Yudin, donde conocí, por primera vez, poetas de carne y hueso, y cuya amistad aun me alegro de conservar. Están también aquella clase de matemáticas donde, puerilmente, le regalé una manzana a la profesora, que luego me miró con sus ojos rusos y me dio las gracias más bruscas que he escuchado, y el curso introductorio a la antropología, donde aprendí dos cosas: que en realidad nadie sabe de dónde hemos venido y que no hay nada más delicioso que retar a un profesor egocéntrico. Sé que, para bien o para mejor, de lo académico recordaré poco y nada. Son las experiencias (las prácticas del razonamiento, del amor, del humor, de la lástima, de los celos, el egoísmo, la rabia y la envidia, más todas las fracciones de reloj que usé para tomar decisiones) las que se han quedado impresas dentro de mi idioma y esculpen conmigo cada palabra, tomando en cuenta que también hablamos – y mucho - con el cuerpo, con el peso del movimiento y el silencio. Por supuesto, hubieron momentos desazonados - unos más que otros - pero ya muchos los he olvidado. Sólo admito que sucedieron porque no puedo evitar, a veces, tomarme la vida con cierto escepticismo y fatalidad.
 ¿Qué extrañaré? Tal vez aquellas ocasiones en que compartía mis ganas de sueño con la música de algún joven pianista en el Graham Center. Tal vez mis deseos secretos de robarme ciertas primeras ediciones de la biblioteca, como ‘La rosa se parada’ de Neruda, y ‘La ciudad y los perros’ de Vargas Llosa. Tal vez aquellas conversaciones en las mesas azules, donde tarde o temprano terminábamos sentados hablando de la gente y compartiendo cigarrillos, despejando las ecuaciones para saber qué íbamos hacer por la noche y dónde. Tal vez mis caminatas solo o acompañado por el mínimo museo de la universidad, donde encontré muñecas dislocadas, fotografías encendidas, pinturas suplicantes y santos con mirada de madera. Tal vez la cruda soledad de caminar buscando caras y pasar horas sin encontrar a nadie conocido. Tal vez las palabras del escritor y profesor Hargitai, asegurándome que yo tenía “mucho talento”. Tal vez la seguridad de que no había por qué temer, por qué ansiar, ya que mañana estaría allí, de nuevo, tomando notas, soñando y compartiendo… En fin, ¡siendo un estudiante!
 
 
 
“qué más quisiera que pasar la vida entera
como estudiante el día de la primavera
siempre viajando en un asiento de primera
el carpintero de tu balsa de madera”
 
                        Andrés Calamaro, La parte de adelante
 
Estudiante: miembro activo de la única etapa del hombre en que admite abiertamente no ser más que un boceto, acechado por mil y una posibilidades.