Hoy, martes dos de mayo del 2006, finalmente me gradúo… de ingeniero eléctrico. ¿Cuántos fueron? ¿Cinco años, más o menos? Cinco años de clases, de conocer, amistar y olvidar tantas de personas, de caminar por el campus de FIU, libro y cuaderno en mano, leyendo y escribiendo versos. Tiempo más que suficiente para decir que no soy la misma persona que era cuando todo comenzó, aquel otoño de hojas siempre verdes. Hay recuerdos que planeo conservar para siempre, o sea, hasta que la vida me deje o hasta que ya más nadie lea estas palabras. Por ejemplo, el taller de poesía con la profesora Florence Yudin, donde conocí, por primera vez, poetas de carne y hueso, y cuya amistad aun me alegro de conservar. Están también aquella clase de matemáticas donde, puerilmente, le regalé una manzana a la profesora, que luego me miró con sus ojos rusos y me dio las gracias más bruscas que he escuchado, y el curso introductorio a la antropología, donde aprendí dos cosas: que en realidad nadie sabe de dónde hemos venido y que no hay nada más delicioso que retar a un profesor egocéntrico. Sé que, para bien o para mejor, de lo académico recordaré poco y nada. Son las experiencias (las prácticas del razonamiento, del amor, del humor, de la lástima, de los celos, el egoísmo, la rabia y la envidia, más todas las fracciones de reloj que usé para tomar decisiones) las que se han quedado impresas dentro de mi idioma y esculpen conmigo cada palabra, tomando en cuenta que también hablamos – y mucho - con el cuerpo, con el peso del movimiento y el silencio. Por supuesto, hubieron momentos desazonados - unos más que otros - pero ya muchos los he olvidado. Sólo admito que sucedieron porque no puedo evitar, a veces, tomarme la vida con cierto escepticismo y fatalidad.
¿Qué extrañaré? Tal vez aquellas ocasiones en que compartía mis ganas de sueño con la música de algún joven pianista en el Graham Center. Tal vez mis deseos secretos de robarme ciertas primeras ediciones de la biblioteca, como ‘La rosa se parada’ de Neruda, y ‘La ciudad y los perros’ de Vargas Llosa. Tal vez aquellas conversaciones en las mesas azules, donde tarde o temprano terminábamos sentados hablando de la gente y compartiendo cigarrillos, despejando las ecuaciones para saber qué íbamos hacer por la noche y dónde. Tal vez mis caminatas solo o acompañado por el mínimo museo de la universidad, donde encontré muñecas dislocadas, fotografías encendidas, pinturas suplicantes y santos con mirada de madera. Tal vez la cruda soledad de caminar buscando caras y pasar horas sin encontrar a nadie conocido. Tal vez las palabras del escritor y profesor Hargitai, asegurándome que yo tenía “mucho talento”. Tal vez la seguridad de que no había por qué temer, por qué ansiar, ya que mañana estaría allí, de nuevo, tomando notas, soñando y compartiendo… En fin, ¡siendo un estudiante!
“qué más quisiera que pasar la vida entera
como estudiante el día de la primavera
siempre viajando en un asiento de primera
el carpintero de tu balsa de madera”
Andrés Calamaro, La parte de adelante
Estudiante: miembro activo de la única etapa del hombre en que admite abiertamente no ser más que un boceto, acechado por mil y una posibilidades.