Plastilina subway 

 Con nosotros también se sube ella. Pide permiso, muy cortésmente, hasta encontrar un espacio - una silla, hoy tiene suerte - donde apoyar su delgado cuerpo, que esa mañana decidió vestir con un parco vestido sin mangas que apenas alcanza sus rodillas. Algunos pasajeros se interesan y dejan de leer, de hablar, de pensar, para mirarle y decidir si esa cara tan familiar es o no ella. Pronto la reconocen, inclusive quienes nunca la habían visto y sólo le conocían por referencias, por rumores. Ella, como si nada, saca una manzana del bolso gris que lleva sobre el hombro derecho y la mira unos segundos antes de propinarle un primer y largo mordisco. En ese momento los que le estaban mirando vuelven a repirar, como si hubieran dejado de hacerlo por mucho – demasiado - tiempo. No, no puede ser ella, razonan. Todos saben que ella - no esta sino la verdadera - es anoréxica y nunca se alimenta. Sólo entonces me doy cuenta que no soy el único que ha olvidado bajar en Urquinaona.