“Los mayores fracasos [de la humanidad] han sido por no hablar”

“Los mayores fracasos [de la humanidad] han sido por no hablar”
Es un caballero (sir), se llama Stephen Hawking y, contra todo pronóstico, sigue hablando, aunque ahora ayudado por una compleja tecnología que interpreta sus pestañeos y los traduce para que una voz robótica les de aliento. Sufre una terrible enfermedad degenerativa – conocida como la Lou Gehrig (o esclerósis lateral amiotrófica) – que ataca las neuronas encargadas de lo motor, dejándolo cuadrapléjico a una temprana edad. Pero su mente, en cambio, parece haberse fortificado en medio de tantas penurias corporales. Hoy en día es considerado uno de los físicos teóricos más importantes de nuestra historia reciente. Sus descubrimientos abarcan la teoría de los “hoyos negros”, además de sus importantes estudios en lo que se denominan “singularidades” en la dimensión tiempo-espacio. Singularidades porque son excepciones a las otrora universales – y rígidas - reglas de la física y la cosmología. Es difícil no asociar la idea de Hawking de que el universo es “flexible”, como una goma, con algún capítulo oscuro de un libro de ciencia-ficción.
Sin embargo, muchas de las últimas declaraciones de Hawking parecen situarse en esa línea un tanto ambigua que, sin dejar de ser científicas, tienen tanto o más de filosofía, más una generosa dósis de teología. Inclusive se puede afirmar que, en gran medida, Hawking es el Einstein moderno; no sólo porque serían colegas, sino porque cada frase pronunciada por aquél judío de semblante bonachón y cabellos revueltos era tomada con una seriedad solemne, sin importar que fueran frases sueltas, concernientes a los eventos más comunes y triviales. Algo parecido está sucediendo con Hawking, cuyas palabras son atajadas en el aire por periodistas y creyentes de que la física (la ciencia), la filosofía y la teología son, en realidad, tres paredes de una misma pirámide. Yo mismo, con este sencillo artículo, estoy contribuyendo a cimentar esa desesperada noción de buscar paradigmas en aquellos que llamamos genios. Y aprovecho para recomendar dos de sus libros que disfruté con impunidad, ‘A brief history of time’ y ‘The universe in a nutshell’, escritos con el mayor cuidado para que su contenido sea entendible por mentes menos agraciadas.
Uno de los reclamos constantes que Hawking se ha empeñado en hacer es la falta de interés por parte de la filosofía moderna en los avances científicos y tecnológicos. En siglos pasados, argumenta, la filosofía y la ciencia avanzaban con cierta paridad, cubriendo una lo que la otra no llegaba a contestar con una reciprocidad aceptable. Pero a partir de la segunda mitad del siglo diecinueve, la ciencia parece despegarse de su antigua compañera y rival, la filosofía. Desde entonces, los monumentales avances en el terreno de las ciencias dejaron a la filosofía hablando sola, prcaticamente, ya que los mayores pasos dados en el terreno de la humanística fueron dados en la sociología, la psicología, la linguísitca y la literatura, donde acaso la novela fue la gran protagonista en los siglos diecinueve y veinte. La preocucación de Hawking nace a partir del siguiente dilema: la tecnología ha llevado a la humanidad a terrenos nuevos, innovadores, pero que no cuentan con una base ética y moral que centre estos avances dentro de un marco humano, sin poder responder exactamente lo que eso significa. En otras palabras, a pesar de tantos descubrimientos, la humanidad parece estar, hoy más que nunca, en un estado de suspenso y divagación. Un ejemplo de esto sería la rentable comercialización de los libros de autoayuda, de medicina alternativa, y de otros caminos prefabricados que aseguran un feliz arribo a la verdad, la paz y la serenidad.
A la posición de Hawking yo agregaría que también la mayoría de los científicos protagonistas de estos adelantos muestran una clara apatía hacia el pensamiento filosófico, en contraste con su marcado interés por el asunto económico y la posibilidad de insertar sus nuevos bienes, productos y servicios en la maquinaria capitalista. Se acabaron los días del científico sacrificado, de la sabiduría como meta genuina, de la verdad antes de los intereses. Sólo unas contadas pero notables excepciones se salvan de esta grotesca aunque realista generalización, incluyendo a sir Stephen Hawking, que ocupa el trono de Cambrigde.
Esta semana, a raíz de la décima edición del Campus Party, Stephen Hawking declaró en su apertura que nuestro código genético, el humano, es en un 98% idéntico al de nuestros menos brillantes y peludos antepasados. Pero es ese 2% restante, el que nos permite comunicarnos de una manera racional y lógica por medio del habla, el que representa la “diferencia crucial”, asegura. El habla ha de ser siempre “la responsable de los grandes logros de la humanidad”, advirtiendo también que nuestros mayores fracasos como especie “han sido por no hablar”. Estas palabras, que en realidad no dicen nada nuevo, pero que venidas de alguien con tanto talento parecen cobrar peso, se pueden tomar como un voto perpétuo a favor de la diplomacia, del convivir doméstico, de la comunicación familiar y del respeto entre ciudadanos. Las palabras son, como el universo del maestro Hawking, flexibles. Y contrario a lo que sucede en las guerras, todavía no he conocido a la primera persona que muera herido por un adjetivo, o por lo nostálgico en un tiempo verbal, o por un sustantivo equivocado. Es en el habla y en las palabras donde descansan nuestra fe y el poder de nuestra confianza.

Ahora, nerviosa, piensa en la posibilidad de resucitarlo. Se pregunta, mientras comprueba lo deplorable de su estado ante un espejo de medio cuerpo, si era así como quería sentirse, si era de esa forma espantosa que pensaba atravesar el arco insalvable de la vejez. Tanto, tanto dinero, afirma en voz alta, y sin embargo… Sin embargo se siente miserable, la invita a que afirme, a que acepte, su terapeuta. Sí, haber asesinado al joven la liberó de lo que creía un condena ad infinitum, pero ahora encuentra que su vida es más vacía y supérflua que nunca. Ni siquiera su hija le brinda el consuelo y la esperanza que antes le daban las aventuras del tímido muchacho del relámpago en la frente. Y por qué no lo resucitas, pregunta, con genuina curiosidad, la doctora; en teoría, en aquel mundo mágico todo podría ser posible… La mujer, que ha regresado su mirada desde el espejo, se muerde el labio inferior sin apretar demasiado los dientes. Piensa. Por supuesto que podría devolverle la vida, objeta con una emoción renovada, pero te recuerdo que el verdader meollo de la saga ha sido siempre la batalla entre el bien y el mal. Y la muerte, del modo en que la planteé, es avalada por el bien. Resucitarlo sería una abominación, medita. Estas últimas palabras las pronunció de pie, a modo de preámbulo de despedida. Luego de salir, la doctora entiende las justificaciones de su paciente como un retroceso en la terapia. Anota en su cuaderno: no hay que descartar el internarla. Luego piensa en qué excusa le dará ella a sus hijas por no haber pedido, de nuevo, que su paciente le regalara - solamente - un par de firmas dedicadas. Suspira.
Muchas veces, luego de leer un libro, me encuentro rumiando la siguiente resignación: es cierto, no es una obra maestra, pero disfruté su lectura, y eso es lo importante… supongo. Hoy, luego de terminar de leer ‘Travesuras de la niña mala’, la última publicación de Mario Vargas Llosa, me he atrevido a llevar mi conformismo un escalón más arriba, haciéndome la siguiente pregunta: ¿quién y cómo se define lo que es o no es una “obra maestra”? ¿Será el número de ediciones, de ejemplares vendidos? No, no creo. Siempre están a la mano lecturas “de ascensor” o del tipo “light” que lo contradicen. ¿Serán los años, que se empeñan en proteger del olvido ciertos títulos, cierto autores? Puede ser, porque un libro que sobrevive a las exigencias de los años y a los cambios que sufre el lector, de generación en generación, es porque algo importante ha de proponer. ¿O será la crítica, ese mundo de pirañas con anteojos que hacen de una gota de sangre una razón para aniquilar a nóveles y consagrados, tantas veces por resentimiento y capricho, aunque otras con cierto atino? En este caso, mi opinión es que la crítica en general puede ayudar a descartar lecturas deficientes. Pero pocas veces es la responsable de haber catapultado un libro hasta convertirlo en una obra de culto, una obra maestra. Una exquisita excepción sería ‘Los detectives salvajes’, de Roberto Bolaño, que desde su publicación fue recibida con más fervor que la que le llegó a profesar su propio autor. La crítica, en cambio, tiende a acertar y desarrollar, en retórica académica, a la hora de confirmar lo que ya se sabe. Me explico. Esos libros que, como mencioné antes, se libran, en mayor o en menor grado, del quehacer del tiempo, y que calan en el gusto del lector exigente, son los que la crítica, ya con banderas y platillos, declara clásicos. Es el caso de ‘Ulysses’, de James Joyce, que confieso no haber podido terminar… todavía, porque me niego a leer una traducción y en inglés lo encuentro sumamente complicado. No olvidemos tampoco los premio literarios, que, en casos sonados como los de Planeta y Alfaguara, en el ámbito español, suelen conceder su dinero y sus placas a obras leíbles, sin duda, pero de temprana caducación y poco alcance, contrario a lo que la industria publicitaria detrás de los premios nos empuja a pensar. Diría que sólo el Nóbel se salva, porque contados son los casos en que un premiado despierta escepticismo. Lo único notable son los ausentes, que sólo en el ámbito castellano incluye a pesos pesados como Borges y, por qué no, Vargas Llosa y Julio Cortázar, este último un cuentista impecable.
