Buscando a KlingsorJuly 25, 2006 5:09 pm

                                                             ciencia-teologia-filosofia

“Los mayores fracasos [de la humanidad] han sido por no hablar”

 
 Es un caballero (sir), se llama Stephen Hawking y, contra todo pronóstico, sigue hablando, aunque ahora ayudado por una compleja tecnología que interpreta sus pestañeos y los traduce para que una voz robótica les de aliento. Sufre una terrible enfermedad degenerativa – conocida como la Lou Gehrig (o esclerósis lateral amiotrófica) – que ataca las neuronas encargadas de lo motor, dejándolo cuadrapléjico a una temprana edad. Pero su mente, en cambio, parece haberse fortificado en medio de tantas penurias corporales. Hoy en día es considerado uno de los físicos teóricos más importantes de nuestra historia reciente. Sus descubrimientos abarcan la teoría de los “hoyos negros”, además de sus importantes estudios en lo que se denominan “singularidades” en la dimensión tiempo-espacio. Singularidades porque son excepciones a las otrora universales – y rígidas - reglas de la física y la cosmología. Es difícil no asociar la idea de Hawking de que el universo es “flexible”, como una goma, con algún capítulo oscuro de un libro de ciencia-ficción.

 Sin embargo, muchas de las últimas declaraciones de Hawking parecen situarse en esa línea un tanto ambigua que, sin dejar de ser científicas, tienen tanto o más de filosofía, más una generosa dósis de teología. Inclusive se puede afirmar que, en gran medida, Hawking es el Einstein moderno; no sólo porque serían colegas, sino porque cada frase pronunciada por aquél judío de semblante bonachón y cabellos revueltos era tomada con una seriedad solemne, sin importar que fueran frases sueltas, concernientes a los eventos más comunes y triviales. Algo parecido está sucediendo con Hawking, cuyas palabras son atajadas en el aire por periodistas y creyentes de que la física (la ciencia), la filosofía y la teología son, en realidad, tres paredes de una misma pirámide. Yo mismo, con este sencillo artículo, estoy contribuyendo a cimentar esa desesperada noción de buscar paradigmas en aquellos que llamamos genios. Y aprovecho para recomendar dos de sus libros que disfruté con  impunidad, ‘A brief history of time’ y ‘The universe in a nutshell’, escritos con el mayor cuidado para que su contenido sea entendible por mentes menos agraciadas.  

 Uno de los reclamos constantes que Hawking se ha empeñado en hacer es la falta de interés por parte de la filosofía moderna en los avances científicos y tecnológicos. En siglos pasados, argumenta, la filosofía y la ciencia avanzaban con cierta paridad, cubriendo una lo que la otra no llegaba a contestar con una reciprocidad aceptable. Pero a partir de la segunda mitad del siglo diecinueve, la ciencia parece despegarse de su antigua compañera y rival, la filosofía. Desde entonces, los monumentales avances en el terreno de las ciencias dejaron a la filosofía hablando sola, prcaticamente, ya que los mayores pasos dados en el terreno de la humanística fueron dados en la sociología, la psicología, la linguísitca y la literatura, donde acaso la novela fue la gran protagonista en los siglos diecinueve y veinte. La preocucación de Hawking nace a partir del siguiente dilema: la tecnología ha llevado a la humanidad a terrenos nuevos, innovadores, pero que no cuentan con una base ética y moral que centre estos avances dentro de un marco humano, sin poder responder exactamente lo que eso significa. En otras palabras, a pesar de tantos descubrimientos, la humanidad parece estar, hoy más que nunca, en un estado de suspenso y divagación. Un ejemplo de esto sería la rentable comercialización de los libros de autoayuda, de medicina alternativa, y de otros caminos prefabricados que aseguran un feliz arribo a la verdad, la paz y la serenidad.

 A la posición de Hawking yo agregaría que también la mayoría de los científicos protagonistas de estos adelantos muestran una clara apatía hacia el pensamiento filosófico, en contraste con su marcado interés por el asunto económico y la posibilidad de insertar sus nuevos bienes, productos y servicios en la maquinaria capitalista. Se acabaron los días del científico sacrificado, de la sabiduría como meta genuina, de la verdad antes de los intereses. Sólo unas contadas pero notables excepciones se salvan de esta grotesca aunque realista generalización, incluyendo a sir Stephen Hawking, que ocupa el trono de Cambrigde.

 Esta semana, a raíz de la décima edición del Campus Party, Stephen Hawking declaró en su apertura que nuestro código genético, el humano, es en un 98% idéntico al de nuestros menos brillantes y peludos antepasados. Pero es ese 2% restante, el que nos permite comunicarnos de una manera racional y lógica por medio del habla, el que representa la “diferencia crucial”, asegura. El habla ha de ser siempre “la responsable de los grandes logros de la humanidad”, advirtiendo también que nuestros mayores fracasos como especie “han sido por no hablar”. Estas palabras, que en realidad no dicen nada nuevo, pero que venidas de alguien con tanto talento parecen cobrar peso, se pueden tomar como un voto perpétuo a favor de la diplomacia, del convivir doméstico, de la comunicación familiar y del respeto entre ciudadanos. Las palabras son, como el universo del maestro Hawking, flexibles. Y contrario a lo que sucede en las guerras, todavía no he conocido a la primera persona que muera herido por un adjetivo, o por lo nostálgico en un tiempo verbal, o por un sustantivo equivocado. Es en el habla y en las palabras donde descansan nuestra fe y el poder de nuestra confianza.

PolitikJuly 24, 2006 3:52 am

                                              Politics

 Un poco de política y politiquería

  Aunque no considero que la política sea uno de mis temas preferidos, sí lo es, en cambio, el que ejerzamos, como seres pensantes, el sentido común. Y espero que no se confunda el concepto de común con el del popular, palabra que ha tomado un matiz demasiado – valga la redundancia – político. Estos tres temas que propongo a continuación presentan, en mi opinión, conflictos de razonamiento y parcialidad. Sé que tal vez peque de idealista o de ingenuidad, pero no es el tiempo el que ha de absolver a nadie, sino la razón. Razón a lo Voltaire, por supuesto.   

1)      Sobre Fidel Castro.

No se trata ya de encarcelarlo, aunque lo merece, ni de asegurarle otros métodos de “justicia” que él mismo, a través de su eficaz red represiva, suele practicar contra disidentes en la Isla. Se trata de justicia histórica: que venideras generaciones de latinoamericanos no se confundan y crean que Castro fue, en balance, algo positivo. Esta preocupación nace luego del abrumador espectáculo que – ahora de forma casi rutinaria - nos brindaron nuestros hermanos argentinos, a raíz de la reciente cumbre de Mercosur. Allí Castro fue el constante centro de atención, llegando inclusive a ser aplaudido frenéticamente, casi como un homenaje. Insisto en que la imagen del patriarca político, del mesías, del visionario absoluto, es el peor cáncer que puede padecer esta desesperanzada porción del hemisferio occidental. Castro, como todo dictador que asesina, priva de libertad, controla, corrompe y manipula, debe pagar por sus crímenes y, sobre todo, debe descender de ese descarado pedestal donde tantos y tantos ciegos y resentidos insisten en mantenerlo. Castro ha declarado en varias ocaciones que él, sin pérdida de tiempo, “renunciaría” a su título si eso no significara el fin del régimen que gobierna la Isla. Mi opinión es que es allí, en esas declaraciones, donde se verifica el problema cubano: si todo ese proyecto depende de un solo hombre, de una sola mano dura, es porque el proyecto no le conviene al pueblo, a la pluralidad. No se puede confiar el destino de tanta gente en una única visión, en un capricho que no es otra cosa que una malienterpretación de la vida y de la voluntad.

 Insisto, cuando mucho, lo mínimo que deberíamos sentir es vergüenza, por no decir repulsión. Recuerden: es mentira que todo hombre que vive y muere por sus ideales es un héroe. Nadie puede negar que Hitler era un visionario, que Mussolini tenía ideales, que Stalin seguía un camino propio. Ya sabemos el desenlace de esos censurables – disculpen la hipocresía, jaja – episodios de nuestra historia reciente.

Pregunta: ¿Conoce alguien los nombres del presidente de Suiza, de Dinamarca, de Suecia? ¿Alguien sabe quiénes son los líderes de esas naciones conocidas como los Tigres Asiáticos? (Y no se pogan ahora a buscar en Google, que así cualquiera). Según el periodista Andrés Oppenheimer, existe una vergonzoza coincidencia entre los países con el mejor desempeño y el anonimato de los que allí llevan las riendas del poder. Por regla general: mientras más conocido el jefe de Estado, peor el estado de la nación. Hagan la prueba. “Cuando el río suena…”

Por último: ¿Quién es más sabio, Platón o Aristóteles (el segundo fue el discípulo más destacado del primero)? Seguramente escogerán al segundo. Ahora les invito a averiguar cuáles eran sus respectivas posturas sobre el poder y la política. ¿Dónde estaba Castro cuando habló Aristóteles?

 

2)      Elecciones en Venezuela (diciembre del 2006).

Confieso que mi primera reacción fue reirme, pero ahora siento más bien temor, o algo muy parecido al temor que se llama incertidumbre. Cuando leí que un considerable porcentaje (cerca del 15%) del total del electorado venezolano comparte, según datos oficiales del REP, una misma residencia, en la zona de El Llanito, en el Edo. Miranda, entendí que lo que se vive en Venezuela es una tragicomedia, donde todo parece ser adverso al sentido común. ¡Estamos hablando de casi dos millones ochocientas mil personas viviendo bajo el mismo techo, en una sencilla quinta del suburbio! ¿Cómo pretender, entonces, que alguien que goce de un sano razonamiento salga a votar en las próximas elecciones de diciembre? Eso es como jugar a ser Materazzi sabiendo que Zidane, inevitablemente, va a ser de las suyas en el partido. Y es obvio: cualquiera que promueva el voto en esas circunstancias es masoquista, pendejo o, peor todavía, está vendido; es decir, que obtendría algun beneficio de las elecciones. (Hay que tomar en cuenta que el ejemplo presentado es tan sólo uno entre decenas).

 

3)      El peligro de la reelección.

Worst case scenario: nos gusta, así que votamos por él o por ella en las siguientes elecciones presidenciales para que permanezca gobernando. Grave error. Hemos olvidado la primera ecuación del delito: corrupción es igual a poder multiplicado por tiempo. La reelección, así como las reformas para alargar el período presidencial, son descaradas fórmulas que tienen como íntimo propósito el hacerse del poder, lo que nos remonta a la ecuación antes recordada. La solución es una: la creación de instituciones que sean más fuertes que las personas dentro de ellas. Una vez encaminado el país, la suseción presidencial sería un simple tecnicismo, no una cuestión de vida o muerte, de derecha o izquierda, de arriba o abajo…

 No quiero sonar demasiado anarquista pero ¿no es un poco inquietante que, para que hayan líderes, lo primero que tiene que darse es que existan personas dispuestas a seguir, dejando a un lado todas o parte de sus ideas personales? Un verdader líder no es tan sólo alguien que lidera, sino alguien que represente nuestro modo de pensar y que de alguna manera lo sublime. Y si esos ideales personales concuerdan con el razonamiento y la cordura, no veo por qué es necesaria la reelección, ya que otros podrían representarnos perfectamente, dentro de un marco institucional congruente.  Es hora de que América exista gracias al pueblo y no al revés, como ha vendido sucediendo en Iberoámerica desde la Colonia, donde el pueblo ha pretendido y sigue pretendiendo vivir del país. Me pregunto qué pasaría si todos hacemos las cosas bien por un año, sólo com prueba. Un año sin trampas, sin intrigas, sin falsas esperanzas.

 

 Para concluir este post, voy a pactar la siguiente tregua: todos tenemos retazos de la Verdad. Sólo al unirnos podemos completarla y disfrutarla a plenitud. Ella, una vez cómodamente instalada, seguramente llame a sus compañeras de siempre: a Justicia, a Libertad, a Tolerancia, y, por qué no, a su prima Literatura…

Mansas quimeras, Circo negroJuly 19, 2006 2:59 pm

Good and Evil Ahora, nerviosa, piensa en la posibilidad de resucitarlo. Se pregunta, mientras comprueba lo deplorable de su estado ante un espejo de medio cuerpo, si era así como quería sentirse, si era de esa forma espantosa que pensaba atravesar el arco insalvable de la vejez. Tanto, tanto dinero, afirma en voz alta, y sin embargo… Sin embargo se siente miserable, la invita a que afirme, a que acepte, su terapeuta. Sí, haber asesinado al joven la liberó de lo que creía un condena ad infinitum, pero ahora encuentra que su vida es más vacía y supérflua que nunca. Ni siquiera su hija le brinda el consuelo y la esperanza que antes le daban las aventuras del tímido muchacho del relámpago en la frente. Y por qué no lo resucitas, pregunta, con genuina curiosidad, la doctora; en teoría, en aquel mundo mágico todo podría ser posible… La mujer, que ha regresado su mirada desde el espejo, se muerde el labio inferior sin apretar demasiado los dientes. Piensa. Por supuesto que podría devolverle la vida, objeta con una emoción renovada, pero te recuerdo que el verdader meollo de la saga ha sido siempre la batalla entre el bien y el mal. Y la muerte, del modo en que la planteé, es avalada por el bien. Resucitarlo sería una abominación, medita. Estas últimas palabras las pronunció de pie, a modo de preámbulo de despedida. Luego de salir, la doctora entiende las justificaciones de su paciente como un retroceso en la terapia. Anota en su cuaderno: no hay que descartar el internarla. Luego piensa en qué excusa le dará ella a sus hijas por no haber pedido, de nuevo, que su paciente le regalara - solamente - un par de firmas dedicadas. Suspira.

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 Esto fue una simple ocurrencia que nació luego de haber leído que J.K. Rowling, autora, pensaba matar a dos personajes en la próxima entrega de Harry Potter, y que uno de los muertos podría ser el propio protagonista. No me he leído ninguno de sus libros - lo admito - pero me pareció que, desde el punto de vista del escritor que asesina a su héroe o antihéroe, hay cabida para bastante especulación. Ya sabemos que García Márquez lloró cuando le tocó matar a su viejo Coronel en ‘Cien años de soledad’, y se sabe también que Cervantes no tuvo más remedio que matar a Don Quijote para evitar que otros escritores siguieran copiándolo. Lo interesantes del caso de J.K. Rowling es que ella pretende matar a Potter porque no quiere escribir sobre el joven mago por el resto de su vida, segun sus propias declaraciones. Este fue mi aporte, ficticio, sobre lo que pasaría si ella decide acabar con la vida de su héroe y gallina de huevos de oro…

Desde la butacaJuly 9, 2006 12:41 am

Travesuras de la niña mala Muchas veces, luego de leer un libro, me encuentro rumiando la siguiente resignación: es cierto, no es una obra maestra, pero disfruté su lectura, y eso es lo importante… supongo. Hoy, luego de terminar de leer ‘Travesuras de la niña mala’, la última publicación de Mario Vargas Llosa, me he atrevido a llevar mi conformismo un escalón más arriba, haciéndome la siguiente pregunta: ¿quién y cómo se define lo que es o no es una “obra maestra”? ¿Será el número de ediciones, de ejemplares vendidos? No, no creo. Siempre están a la mano lecturas “de ascensor” o del tipo “light” que lo contradicen. ¿Serán los años, que se empeñan en proteger del olvido ciertos títulos, cierto autores? Puede ser, porque un libro que sobrevive a las exigencias de los años y a los cambios que sufre el lector, de generación en generación, es porque algo importante ha de proponer. ¿O será la crítica, ese mundo de pirañas con anteojos que hacen de una gota de sangre una razón para aniquilar a nóveles y consagrados, tantas veces por resentimiento y capricho, aunque otras con cierto atino? En este caso, mi opinión es que la crítica en general puede ayudar a descartar lecturas deficientes. Pero pocas veces es la responsable de haber catapultado un libro hasta convertirlo en una obra de culto, una obra maestra. Una exquisita excepción sería ‘Los detectives salvajes’, de Roberto Bolaño, que desde su publicación fue recibida con más fervor que la que le llegó a profesar su propio autor. La crítica, en cambio, tiende a acertar y desarrollar, en retórica académica, a la hora de confirmar lo que ya se sabe. Me explico. Esos libros que, como mencioné antes, se libran, en mayor o en menor grado, del quehacer del tiempo, y que calan en el gusto del lector exigente, son los que la crítica, ya con banderas y platillos, declara clásicos. Es el caso de ‘Ulysses’, de James Joyce, que confieso no haber podido terminar… todavía, porque me niego a leer una traducción y en inglés lo encuentro sumamente complicado. No olvidemos tampoco los premio literarios, que, en casos sonados como los de Planeta y Alfaguara, en el ámbito español, suelen conceder su dinero y sus placas a obras leíbles, sin duda, pero de temprana caducación y poco alcance, contrario a lo que la industria publicitaria detrás de los premios nos empuja a pensar. Diría que sólo el Nóbel se salva, porque contados son los casos en que un premiado despierta escepticismo. Lo único notable son los ausentes, que sólo en el ámbito castellano incluye a pesos pesados como Borges y, por qué no, Vargas Llosa y Julio Cortázar, este último un cuentista impecable.

Volviendo a la “niña mala” de Vargas Llosa, conviene decir que el autor no se ha propuesto una obra de envergadura, sino una narración literaria de un amor, entendiendo que “amor” se puede interpretar de maneras distintas, que viaja por varias de las ciudades míticas de la segunda mitad del siglo veinte. Sólo falta Barcelona, que merece que le hagan justicia, (aunque bastante pleitesía se le ha rendido con obras como ‘La sombra del viento’ y ‘La catedral del mar’, ambas bastante recientes). Es un amor complicado, que se apoya tanto en la lástima como en el masoquismo. Como habitante de una ciudad como Miami, melting pot de tantas culturas, sobre todo latinas, agradezco que se trate el tema de las nacionalidades con cierto abandono, asegurándole al lector que la tendencia es hacia lo globalizado. Vargas Llosa no propone un tratamiento del lenguaje experimental, como en otras títulos suyos, sino una narración fluvial, aferrada sólo al poder de la memoria, donde la anécdota cursi cobra a veces un lado oscuro, perverso.

            Los protagonistas son fáciles de odiar, les aseguro. Ella por su frialdad, sus irreversibles ganas de escalar posiciones, su obstinación de que antes que la felicidad está el poder, el dinero. Él, por su falta de ambición, por su debilidad, por su resignación. Sin embargo la humanidad de ambos protagonistas llega a ser entrañable, porque ambos son presas fáciles de esos sentimientos que nos han plagado desde la Caja de Pandora: los celos, el amor, la envidia, la desidia, el rencor… Y es muy difícil no identificarse, hasta cierto punto, con uno y con otro de vez en cuando, la “niña mala” y el “niño bueno”. Aparte, la manera desenvuelta en que Vargas Llosa trata el tema de la sexualidad, así como la insidencia de lo que se plantea como amor, afincan aún más en la historia ese tono de cotidianidad que puede que le reste trascendencia a la vida publicable de la obra. No es algo que critique como lector, personalmente, pero plateándose en la discusión sobre cómo nace una obra maestra, me parece pertinente señalarlo.             El carácter histórico de la novela no es desdeñable. Vargas Llosa plasma cómo el afán cultural de los cincuenta y sesenta parisinos es reemplazado por el nihilismo dervegonzado del Lóndres hippy, por ejemplo. Si bien sólo en los pasajes donde habla del Perú es que el autor tiende a ser más específico en términos de fechas y nombres, el boceto general sobre la situación, más que todo occidental, en términos de actitudes hacia la cultura y hacia la política, es bastante fiel, dentro del contexto correspondiente. Es importante destacar el esfuerzo por parte del autor de querer despertar en el lector la cursiosidad por lo ruso, sobre todo por la literatura de esa emblemática nación.

Para concluir, les advierto que no hay muchas sorpresas, aunque las que hay se reciben con agrado. En realidad, la novela puede llegar a antojarse predecible, pero de la pluma de Vargas Llosa siempre es grato recorrer esa aventura hasta el punto final. Recomiendo el libro sin urgencia, aunque sí con convicción. El amor es algo complicado, donde los buenos y los malos se intercambian los papeles. Esta novela nos ahorra parte de la especulación, porque la “niña mala” es una sola, aunque su nombre cambie de ciudad en ciudad, a pesar de la “miel oscura” de unos ojos que, mucho me temo, he imaginado con curiosidad.

Desde la butaca, Nostalgias y otros harakirisJuly 5, 2006 4:32 pm

 ¿Cómo desempolvar este espacio? Escribiendo, me imagino. Y eso mismo pretendo hacer este mediodía del cinco de julio, todavía con el cambio de horario jalándome los párpados y el hambre del ayuno ronroneando. Ayer llegué de Los Ángeles, CA. Una semana allá fue suficiente para enanomarme. De la ciudad, digo, o de unas partes de la ciudad, que en realidad son, ellas mismas, pequeñas ciudades dentro del área del greater LA. Me refiero a lo de siempre, a Bervely Hills, a Bel-air, a Hollywood, a Westwood… También las playas de Santa Mónica y Malibú me cautivaron. Y no puedo olvidarme de Long Beach, con su pintoresta Pine avenue desembocando en una intensa vida juvenil de Gameworks y centros comerciales. No digo que haya tenido verdaderas decepciones, pero si habría de escoger una sería Venice, tan llena de gente y de desorden. Muchos se empeñan en hacer de ella un área familiar, cuando la verdad es que esta zona no parece querer desprenderse de sus peores adjetivos hippies, hoy en día intoxicados con una sobrepoblación inmigrante que sólo disfruta desentonando con el medio ambiente gracias al estruendo de su música y a los desperdicios que van dejando como afirmación de su desabrida presencia. Si por lo menos pusieran esas canciones de Baywatch, girl I want to make you sweat… Ahora sólo me toca esperar la respuesta de Boeing. Una entrevista con ellos fue lo que originó mi viaje a la costa oeste. Y una vez estando allá no tuve más remedio que dejarme seducir por el sol y el aura de esa ciudad que vive de la industria de la ficción. Por eso me quedé cinco días más de lo previsto, porque quise explorar ese mundo del cine y la televisión, que yo siempre he entendido como un rama más de literatura, apoyada en la imagen y en el efecto que la música tiene en la imagen. Lo del popcorn (palomitas de maíz, cotufas, crispetas, etc.) sigue siendo un misterio, un crujiente y mantequillado misterio milenario.

 El cuatro de julio, una fecha de suma importancia para la industria pirotécnica mundial, cobró aun más protagonismo histórico gracias a la esperada victoria de Italia sobre la selección anfitriona del Mundial, Alemania. Quien critique este acercamiento entre una fecha como el Independence Day y un partido de fútbol no vio el juego de ayer, uno de los mejores que he visto en mucho tiempo. Merecemos la copa. Punto.   

 Aprovecho este collage de letras para recomendar la novela histórica ‘La catedral del mar’ de Ildefonso Falcones. No se dejen intimidar por sus más de seiscientas páginas, su lectura es más bien ligera y siempre sobre la rigurosa senda de la historia catalana. El autor asegura haber leído más de cuarenta libros para educarse antes de emprender la escritura de este bestseller, que, en mi opinión, tiene más mérito que otros que ya parecen discos rayados. Otro día hablo de ‘Travesuras de la niña mala’, de Mario Vargas Llosa. Mi adelanto: las he visto y sí existen. Mujeres como “la niña mala” tienden a asustar y atraer, muchas veces con la misma intensidad. No es que alguien las pueda conquistar, es sólo que ellas, a veces, se detienen a respirar y contar heridos. Su inconformidad tiene siempre ese crudo matiz de batalla y seducción…