Siempre es hoyNovember 30, 2006 5:21 pm

Seattle Pensaba que hoy iba a poder quedarme en casa y hacer lo que se llama “telecommute”, o sea, trabajar fuera de la oficina, pero el clima se ha burlado de nuevo de nosotros. Luego de una tarde – la de ayer – llena de advertencias sobre una posible tormenta invernal esta mañana, la realidad es que afuera sólo caen unas gotas desordenadas, perdidas, como cada conductor, entre la espesa neblina. No tengo excusa para no manejar hasta la oficina.
Para despejar algunas dudas, confirmo que Seattle es donde nació la monstruosa idea de los Starbucks. (Un chiste típico de la ciudad es afirmar que, de hecho, es la ciudad más “inteligente” del país, pero no por cuestiones de estadística, sino porque fue capaz de convencer a medio mundo a que pague $5 por un vasito de café y, para colmo, tener que hacer primero una cola, línea o fila). Además de Starbucks, la ciudad se jacta de tener los “headquaters” de Boeing, donde yo trabajo, Microsoft, Nintendo, Nokia, Amazon, y una de las oficinas más importantes de Google. Hay muchas oportunidades de trabajo, sin duda, y el promedio salarial es decente, proporcionado.
En el ámbito cultural, Seattle es una ciudad donde se experimenta, sobre todo en lo musical. Se le conoce como la cuna del “grunge”, por ejemplo, el primer escenario de grupos ahora legendarios como Nirvana, Peral Jam, Stone Temple Pilots, etc. Gastronómicamente es muy rica en comida asiática, y los precios no son exagerados. Mi único reclamo es que aquí cobran por el arroz blanco, algo que en Miami lo daban regalado e ilimitado. En lo literario, se aprecia un claro desdén por las cadenas de librerías nacionales, como Barnes and Noble, y se fomenta el culto por la pequeña librería local, donde no se consigue nunca nada pero al menos te atiende la dueña, su hija adolescente, y el ladrido de sus tres chihuahuas histéricos. Pero también vienen autores conocidos a promover sus cosas, y esta misma noche pienso ir a conocer a Isabel Allende, que aunque no es mi escritora preferida, ni mucho menos, hay que reconocer que se ha hecho de un espacio en los estantes de la literatura, tanto en castellano como en inglés. Su último libro, Inés del alma mía, lo he leído con agrado, aunque no dejo de encontrarlo un poco superficial y contando con varias imprecisiones históricas.
En fin, Seattle tiene para todos, y aunque el clima no sea el ideal, le da el toque de melancolía que necesitaba para, por ejemplo en mi caso, regresar a la poesía.

Nostalgias y otros harakiris, The Robert ReportNovember 27, 2006 6:58 am

Sapce Needle Es encrispante vivir de las noticias, de esos titulares que igual avisan del cumpleaños de una anciana centenaria que de un Varela enloquecido. Y sin embargo a eso me resigno ahora que he salido de Miami, teniendo que adentrarme al mundo de quimeras que es el periodismo fast-food, donde ya no se habla de la cuestión del día, sino del minuto. Se le añade a esta “insoportable levedad” el tener que desempeñarme – de manera casi forzosa – como agregado no sólo político, económico y cultural, sino científico, de esa caprichosa región que abarca el sur de Florida. Mis funciones diplomáticas requieren de una buena dosis de mantequilla consular, ya que no es fácil escabullirse sin perder cierta noción de la honra cuando se me preguntan detalles de la vergonzosa pelea entre FIU y UM durante un partido de football, o, por ejemplo, cómo es posible que el presidente de FIU, Modesto Maidique, se las arregló para tirar por la cañería esos $40 millones ($20 donados y $20 del Estado) para la facultad de medicina.

Para Seattle, la “ciudad más educada” y una de las más civilizadas del país, Miami es demasiado ruidosa y caótica, siempre plagada de escándalos y amenazas de huracanes. Un reino anárquico donde continuamente se irrespetan las leyes de tránsito, donde el ciudadano no integra la ciudad, sino que se aferra a ella como una garrapata. Sólo la playa nos salva, pero yo insisto. Tiene cosas buenas, les aseguro sin tener una respuesta convincente a esa pregunta que se nutre de cierto orgullo: “How do you manage to live in such a crazy city?”. Me resulta complicado explicar las bondades de Miami a alguien que no conoce Caracas, Bogotá, Río de Janeiro, La Habana, el D.F., Quito, Santo Domingo o San Juan. ¿Cómo traducir que, para mí, Miami es una perra mansa y, a veces, hasta cariñosa? Pero cuidado: si la dejas sin comida o le aprietas demasiado la cadena, igual se voltea y te pela los dientes, como el deja-vú de un amargo recuerdo de Lima o Managua.

El arco y la liraNovember 22, 2006 9:26 pm


                               Para La, 23 el 22

Supongamos que la vida es corta,
que no hay borrón y cuenta nueva.
Ha sido imposible
detener el pulso de tu nombre,
que ahora habita
en el ejercicio de la lengua
y sobre la tarima
donde va descansando la garúa.
Para siempre, hasta el punto final
donde se enciende
la infatigable maquinaria del olvido.

Tengo tu vivir bajo mis yemas,
en el relieve de una lectura
nocturna y un vaso tibio de leche
antes del sueño. Con tu recuerdo
la ciudad me resulta siempre mansa.

Afuera la lluvia
me ha ayudado a prescindir
de cada geografía.
Fotos se quedan en el aire,
palpitantes,
igual que la luz violenta
que persiste luego de haber cerrado
los párpados.
Es cierto, las tardes amables terminan
siendo siempre las más lentas.

Ahora invento
ritos, delgadas ceremonias
de ventanas y sonrisas,
de fuego en vela y temperatura
de almohadas al garete,
entre amaneceres y deseos de aeropuerto.
Así me despojo de la armadura
del horario y la comezón
de ceñidas etiquetas.

El invierno es también una isla yerma,
advierto, una playa blanca
donde buscar tu color
y el somnoliento peso de tus huellas.
Palmeras que ahora son pinos,
y el agua que sigue murmurando
en este nuevo idioma desgranado.

El tiempo nos encuentra
en nuestros cuerpos,
enfrentados entre escalones
y sombras habitadas.

Un teléfono que suena,
la caligrafía de una carta fechada,
el humo de un recuerdo anaranjado…
Y estas palabras, por ejemplo,
asegurando que el distanciamiento
nada tiene que ver con la distancia.