En la cocina, la persiana filtra la tenue luz de la mañana. Es una cocina moderna, plateada, de acabados de granito oscuro y en el techo una hilera de pequeñas lámparas metálicas, de luz alógena, dispuestas en espiral. Ricardo abre la nevera y saca la leche. Revisa de vez en cuando la hornilla donde se está haciendo el café. Se acerca al grifo y se escucha el agua que corre, por un par de segundos, con fuerza. Armando llega a la cocina, con el cabello desordenado, y comienza a abrir gavetas y estantes, buscando algo. El reloj digital del microondas avisa que son las ocho y trece.

Ricardo: Madrugando, ¿ah?
Armando: Más o menos…

Silencio. Armando sigue buscando, ahora en la despensa.

Ricardo: ¿Recuerdas que esta tarde es la invitación a casa de Brenda?
Armando: Se me había olvidado… ¿A qué hora es?
Ricardo: A la una y media están sirviendo la comida, me dijo. Podemos llegar cuando sea, antes de esa hora.
Armando: Está bien. ¿Y qué vamos a llevar? No estaría bien llegar con las manos vacías.
Ricardo: ¡Por supuesto que no! Estaba pensado llevar una botella de vino y turrón. Turrón no es una mala idea, ¿qué te parece?

Armando, que se estaba sirviendo el cereal, hizo una pausa, callado. Señaló con la boca la cafetera, que ya estaba silbando, y terminó lo que quedaba de leche en el cartón, vaciándola en el plato hondo donde había servido el cereal. Seguía callado. Ricardo se apresuró a retirar el café del fuego.

Ricardo: ¿Qué, no quieres llevar vino y turrón?

Armando se voltea de inmediato hacia Ricardo y frunce el ceño, molesto.

Armando: Si sabes que es el último que me queda de cuando fui a Venezuela, ¿por qué tenemos que llevar mi ron? El vino está bien, pero el ron no lo voy a llevar.

Ricardo rompe en carcajadas. Armando le sigue observando, contrariado, sosteniendo una cucharada de cereal en el aire, entre el plato y la boca entreabierta.

Ricardo: Dije que vamos a llevar turrón, no tu ron. ¿Entiendes? Turrón, no tu-ron… ¿Son las ocho y media de la mañana y ya estás pensando en curda? Estás pasado, brother. Pero en algo tienes razón, esa botella de ron Aniversario no sale de la casa sino vacía.

Armando, con el semblante aliviado, ríe mientras, por fin, mastica su desayuno. Ricardo dilata el primer sorbo de café, todavía con una carcajada atravesada. Afuera el día ya se ha puesto gris.