A MAC, porque PCs ya hay demasiadas.

 Escucho tu voz, que luego del buenos-días habla cordialmente de la lluvia, del frío que esta mañana ha logrado treparte hasta los huesos. Te despides, y el sonido de tus pasos va aumentando, haciéndose cada segundo más firme, hasta detenerse del otro lado de la pared de tela del cubículo. No necesito asomarme para saber que ya has encendido la computadora y que de tu abrigo, colgado del perchero, han caído unas pocas gotas que brillan sobre el suelo beige alfombrado, al final del pasillo. En algún momento te sueltas y vuelves a recogerte el Cabello, mientras sostienes el bolígrafo de tinta azul entre los labios, como cuando te escapas con el pensamiento. Veo el reloj, que indica las siete y trece de la mañana. Sonrío al verificar que llevas cuatro días llegando temprano. Sin duda, antes de las ocho escucharé que tus uñas, siempre sin pintar, imitan el lúdico sonido del galope, de la misma forma que lo hacía mi nonna cuando jugaba a solitario en la mesa de madera. Tú no lo sabes, amiga, pero mi día comienza sólo cuando llegas, mientras mis dedos galopan y sostengo el bolígrafo con la boca, con tu recuerdo y la tinta de esta irrompible amistad.