Infidelidad en la era tecnológica
Yo insisto en que no hay salinas en Colorado, pero el muchacho sentado al lado mío asegura que ese vasto paisaje blanco no es nieve, “no puede ser nieve.” No entiendo su obstinación, mas prefiero dejar que él mismo se entere de su error. Lo hace pocos minutos más tarde, cuando el avión planea sobre una cadena de montañas afiladas, también cubiertas por esa asfixiante cobija blanca, igual de impecable que de abrumadora. Al fin decide darme la razón, aunque insiste en que él ha visto salinas que lucen “exactamente igual” a este paisaje en las cercanías de Denver. Mi compañero de viaje se llama Matt y su destino final no es Seattle sino Pórtland, en el vecino estado de Oregon. Él es de contextura gruesa, sin ser gordo, y lleva unos bermudas de camuflaje entre militar y retro, de colores desgastados. Su reloj es de cuero de lagarto entrelazado, o al menos eso me parece, y da la hora con grandes números digitales que ocupan toda la pantalla. Se ha quitado el gorro marrón que cubre su corto cabello rojo, de una tonalidad parecida a la de las brasas. Por supuesto, las pecas le cubren los brazos y las piernas, y pasan de la cara a la nuca sin mermar. Cae simpático, es cierto, porque habla abriendo mucho la boca y agitando las manos tratando de complementar los verbos, pero es difícil decir “esquiar” y hacer que los brazos imiten los movimientos en ese mínimo espacio que ocupa cada asiento de este Boeing 737-800. Se dedica a los deportes extremos, lo cual me hace pensar que sobrevive como instructor de algo, tal vez kiteboarding, deporte en el que un papagayo te arrastra en patineta por el asfalto de algún estacionamiento. Cuando aterrizamos y ve que enciendo mi celular, me lo pide prestado. Hace una breve llamada a un teléfono en Pórtland, código de área 503. Me explica, sin que yo le preguntara, que su móvil no sirve y que tiene pensado comprarse otro esta semana. Se encoge de hombros y admite, “es que me metí al jacuzzi con el teléfono en el bolsillo”. Esas cosas pasan, le digo, y prefiero no contarle de la vez que el mío se me cayó en el plato mientras me comía un cereal. “Mejor así”, asegura con una sonrisa pícara, “no hubiera querido que mi novia me llamara en ese momento”. Yo me río, y entiendo que la infidelidad y la tecnología, sobretodo en esta era de la informática, no son el mejor complemento.
