Diario secreto de un chocohólico

Creo que nadie es inmune a la nostalgia, pero esa no es la razón por la cual prefiero el cacao venezolano. Aunque este fruto se cultiva en todos los continentes menos en el europeo, sólo el venezolano, el cacao “criollo”, nutre al chocolate con ese complejo sabor que se desnuda en la lengua, que ablanda los labios y desarma a la mente y al corazón, reviviendo los pilares de la sensualidad. La localización geográfica del país (en el oriente, occidente y sur es donde se encuentran los mayores cultivos) es ideal para que esta planta frágil y reticente crezca. No es sólo mi humilde opinión de chocohólico empedernido; catadores especializados de todo el mundo están de acuerdo en que el cacao venezolano tiene la pureza y el equilibrio químico ideal para la confección de los chocolates más finos. Incomparable con cacaos como los de Côte d’Ivoire, Ghana, Indonesia, Nigeria, Brasil o Cambodia, los mayores exportadores del planeta, pero cuyo cacao es de sabor más bien rudo, elusivo. Estadísticamente, el cacao criollo equivale, apenas, al diez por ciento de la producción mundial. Si bien en el ámbito artesanal el venezolano ha sabido utilizar el cacao de forma provechosa, su industrialización dentro del país ha sido más bien escasa, y han debido ser los suizos, los italianos y los franceses, entre otros, los encargados de la manufactura de finos chocolates con el cacao criollo. En el juego de la oferta y la demanda, el este cacao es de elevada cotización, adecuadamente, igual que en los tiempos precolombinos en los que el chocolate azteca era una bebida elitista, exclusiva de los reyes, la nobleza, los guerreros y los mercaderes de largas distancias. Además, el cacao hacía las veces de moneda, con un importante valor adquisitivo. Con esto se aclara que, de hecho, sí una hubo una época en que el dinero crecía “en los árboles”. El cacao formaba parte del rito religioso, del cortejo sexual, de la medicina y de lo económico. Pertenecer a la cultura del cacao era, ante todo, un modo de vida.

Hoy en día al chocolate se le siguen adjudicando poderes mágicos, que poco a poco la ciencia ha ido confirmando. Como antioxidante y como estimulante mental, por ejemplo, su valor ya ha sido comprobado. Sus facultades afrodisíacas y su capacidad de alimentar la parte espiritual son cuestiones que todavía residen en la creencia popular, aunque nadie puede negar que, en el aspecto social, regalar un chocolate es otra manera de alfombrar un acercamiento hacia esa otra persona. Es una de las maneras más clásicas y elegantes de romper el hielo o de derretirlo, si ya está roto. Y hablando de estados físicos: uno de los mayores atributos del chocolate es que, en general, la temperatura mínima que necesita para derretirse es, justamente, sólo un par de grados menos que la temperatura promedio humana, que es 98.6° F.
La reacción neurológica que desata el consumo del chocolate es, como todo lo que concierne al cerebro, muy compleja. Naturalmente, el cacao contiene sustancias sumamente adictivas, como lo son la teobromina – alcaloide estimulante, parecido a la cafeína, y en gran parte culpable del efecto placentero que trae el chocolate -, la anandamida – un cannabinoide endógeno, un mensajero intercelular-, el triptofan – un diligente aminoácido crucial en la neurotransición -, la cafeína – que no necesita carta de presentación -, y la feniletilamina – conocida en el medio como “el químico del amor” -. La manera en que el sistema nervioso transmite que tengo un exquisito trozo de chocolate derritiéndose en mi boca hace que mi cerebro secrete serotonina, un neurotransmisor relacionado con los estados de placer, felicidad, sensualidad y control del apetito. (Bajos niveles de serotonina se asocian con ciertos desórdenes como la depresión y la migraña). Del mismo modo, comer chocolate activa la emisión de dopamina en las áreas del cerebro que controlan los sistemas de refuerzo. Esto hace del chocolate un magnífico estimulante, aunque, sutilmente adictivo. Pero siempre un fiel compañero de los corazones enamorados, además de ser la terapia más barata contra de la depresión casera y el regulador natural de los altibajos del entusiasmo. En mi caso, opino que un buen chocolate es el que te cuenta historias, el que te dispara la imaginación, de forma legal. Otro aspecto curioso del consumo de chocolate es el sentimiento de culpa que ataca a ciertas personas que, obesesionadas con cuestiones de dietas, encuentran que comerlo, con toda esa azúcar añadida, equivale a un pecado de primera categoría, lo que, por cuestiones de la personalidad humana, lo convierte en algo mucho más atractivo.
A mí me gusta que vengan divididos en cuadros, aunque se presta a la confusión de que, por venir subdivididos de antemano, sea preciso repartirlos. Insisto en que el chocolate sigue siendo elitista y exclusivo, porque sólo debe ser compartido con quienes gozan de un alto ranking en la tabla de la estima personal. Un chocolate, ante todo, no se presta para juegos de hipocresías. Tanto tiene de tradición y de leyenda este alimento de los dioses, que comerlo es, sobre todo, rendirle a la Historia un homenaje. Soy emperador, soy guerrero, soy conquistador y soy conquistado, soy ladrón y comerciante, soy rey y soy rebelde, soy otro enamorado. Soy tradición y soy liberal. Soy un chocohólico del siglo XXI.

Comparto contigo ese gusto exquisito y sublime por chocolate, sin duda, un placer que se le escapó a los dioses.
Besos
Comment by Catira — January 25, 2007 @ 4:26 am
Parece que somos muchos, Catira, los que utilizamos nuestra libertad disfrutando de este tipo de placeres… Saludos!
Comment by robertos — January 29, 2007 @ 4:01 pm
Qué buena manera de promocionar el chocolate venezolano. Sí, definitivamente un savoy de leche siempre es delicioso.
Saluditos,
OA
Comment by Ophir — February 5, 2007 @ 5:45 am
Y los chocolates ‘El Rey’… ufff. Gracias por pasar, Ophir. Saludos de cacao.
Comment by robertos — February 7, 2007 @ 8:21 pm
¿Cómo conseguiste esas dos fotografías tan descriptivas? Me parecen geniales.
Hoy he leido todos tus trabajos. Felicitaciones¡¡
Hace años que te conozco de oidas…
Soy “Ma”, la abuela de Alejandra … Un abrazo
Comment by MIREN ZALDUA — March 24, 2007 @ 1:47 pm
Hola, Ma! Tambien te conozco desde hace tiempo! Gracias por la visita y por el comentario. Espero alguna vez conocerte en persona, encuentro que espero Ale alguna vez facilite. Yo tambien tengo raices en Falcon (mi abuelo, Luis Asprino, nacio en Cumarebo).
Un abrazo,
Ro
Comment by robertos — March 27, 2007 @ 10:40 pm
hola, me gustaria saber quien es el nieto de luis asprino, pues mi nombre es igual y quiero conocete pues la familia asprino es una sola. soy de maracaibo. si puedes escribeme mi correo. iguanoaspri@hotmail.com
Comment by luis asprino — April 19, 2007 @ 10:00 pm
buen comentario respecto al exquisito cacao venezolano
Comment by mireya — July 28, 2007 @ 6:53 pm
Gracias por la visita y por el comentario, Mireya! Saludos!
Comment by robertos — July 30, 2007 @ 8:43 pm
Estoy totalmente de acuerdo con tu comentario, el chocolate, es para apasionarte, es sin duda un placer saber disfrutar un chocolate, lástima que a veces se tenga que compartir. Saludos de Guadalajara, Eloísa.
Comment by Eloísa González — June 16, 2008 @ 10:11 pm
Guadalajara! Siempre he querido ir a la FIL de Guadalajara! Por cierto, que chocolate mexicano recomiendas? Saludos!
Comment by robertos — June 19, 2008 @ 4:34 pm
ME PARECE FABULOSO ESTO PERO EN VENEZUELA DEBERIAMOS DE TENER MAYOR APEGO A NUESTRAS TRADICIONES POR ESO TE FELICITO
Comment by MARIELBA BEJARANO — August 4, 2008 @ 2:57 pm