Mansas quimeras, Circo negroFebruary 23, 2007 6:53 pm

Gin and tonic Comencé a beber el líquido de los hielos que se iban derritiendo, mientras esperaba a que ella terminara su cerveza, una Corona en la que flotaba la fracción de un limón espumante. En su mesa estaba su cartera, negra y pequeña, reposando al lado de otra más grande y blanca, la de su amiga, una muchacha que seguramente rozaba ya los treinta y que hablaba sin dejar de sonreír, con sus redondos ojos claros muy abiertos. Su amiga escuchaba sin prestarle demasiada atención, alternando la mirada entre la cerveza y la pista de baile, que poco a poco se llenaba de una juventud exaltada, no necesariamente atractiva. Cuando bebió el último trago y su lengua jugó por unos segundos con el limón que la gravedad envió hasta el pico de la botella supe que esa noche yo tendría la misma suerte del limón y su lengua también jugaría con la mía. Eso pensé cuando me levanté y caminé despacio hacia su mesa, a pocos pasos de la mía, en la que mi amigo Antonio esperaría mientras yo intentaba una conversación con la de la cartera negra y la botella vacía. Saludé, mirando por un segundo a la amiga y luego concentrando toda mi atención en la muchacha de ojos oscuros, que había acercado su cara a la mía para escuchar mi proposición de traerle otra Corona y algo - lo que ella quisiera - para su amiga. Sonrió y luego le explicó a gritos a la amiga que si quería algo para tomar. Una Coors light, me dijo, todavía con su amplia sonrisa sostenida entre los gruesos cachetes, mucho más carnosos ahora que estábamos tan cerca. Fui al bar y ordené las cervezas, un güisqui tónic para Antonio y un gin tónic para mí. Regresé a su mesa sosteniendo con esmero las bebidas y llamé con un gesto a Antonio para que se acercara. Era una matemática simple, ellas dos y nosotros dos, ella bonita y yo buscando una muchacha bonita. Antonio se portó a la altura, distrayendo con cualquier conversación a una amiga que con cada gesto se descubría más pasada de kilos, aunque efervescente de simpatía y delicadas anécdotas de mujer soltera que quiere dejar de serlo. Mientras tanto yo me presentaba, y al estrechar su mano la sentí fría y suave, por la temperatura de la Corona, en la que otro limón despedía una espuma fina. Su nombre era Angélica, un nombre que fui confirmando a medida que las palabras se iban quedando en el trasfondo, detrás del lenguaje milimétrico de su cuerpo, mucho más atrás del perfume que subía desde su piel y me hacía entender lo que querían decir Wisin y Yandel en el reguetón que sonaba en la pista, “sospecho, de hecho, que a la gata le duele el pecho. Tengo la solución pa` tu despecho, mira pa`l techo y buen provecho”. ¿Bailamos? Por supuesto, le dije, mientras le ofrecía la mano para que se levantara de la silla. Se acomodó el cabello, oscuro y lacio, y luego la falda blanca, que por haber estado sentada se le había subido hasta el medio muslo. Me reí al pensar en esa palabra, “muslo”, porque recordé que no había cenado y que tal vez por eso los gin tónics se me habían subido tan rápido a la cabeza. Bailando me gritó que era enfermera. Yo le dije que estaba contento que fuera enfermera porque así, si me sentía mal, ella podría cuidarme con todo el cariño y con los conocimientos de la ciencia. Ella se rió, y entonces me explicó que era enfermera, pero de un hospital de urología. Yo le dije que eso era perfecto, porque justamente necesitaba un diagnóstico urgente. Resulta, le dije, que cuando te acercas bailando así se me… Pero ella me interrumpió poniendo un dedo sobre mi boca. Ya sé lo que tienes, dijo, es un síntoma de mezclar alcohol con reguetón y luego bailar conmigo. Me sonrojé. Por suerte, continuó, conozco el remedio perfecto. Fue entonces cuando vi a Antonio bailando con la amiga, la gordita, y pensé, “definitivamente, se trata de una epidemia”.

El arco y la liraFebruary 15, 2007 9:04 pm

Milos, Grecia

Qué alegría:
hay insectos
y un ferrocarril desbaratando
también este silencio.

 

Porque estaba el mar
triste, lleno
de peces desnudos
y luz hundida,

 

y yo quería escapar del cigarrillo
para dejarme caer en las orquídeas,

 

encontré oxidadas y rojas las ventanas
hermosas de la cara.

 

Pero qué alegría:
            existe
            una justificación
            para todos los sonidos,

            los de adentro, los de afuera.

MusicaliaFebruary 7, 2007 6:39 pm

12 segundos de oscuridad Tiene esa manera tan suelta, tan natural de decir las cosas. Si no fuera porque en el cancionero del disco, debajo del título de cada canción, ha incluido el lugar – y muchas veces el destino, como cuando se inspira en aviones - y la fecha donde la concibió, diría que cada canción fue compuesta en el estar de su casa, antes de tomar la leche y las galletas de la tarde, o frente al espejo, en una conversación holgada consigo mismo. Así es Jorge Drexler, un domador del lenguaje y de la anécdota que convierte la simplicidad de un faro uruguayo en esa obra de culto en que se ha convertido ‘12 segundos de oscuridad’ (el tiempo que dura cada intermitente ausencia de luz del faro), su última entrega discográfica. La suya es una trova renovada, sumamente poética, de melodías amables, donde se le presta delicada atención a una lírica de cultura globalizada, de hombre de varios continentes, de persona preocupada entre la rima y la ética, entre la filosofía y la incomodidad de una vida apretada de compromisos y dulce intrigas personales. Como músico y compositor no teme apostarle a las vanguardias tecnológicas, como en canciones como ‘Disneylandia’, con las que, lúdico y profesional, crea música nueva, pero que llega como la más íntima y familiar, con un toque desconcertante. De estos ‘12 segundos…’ destacan ‘La vida es más compleja de lo que parece’, ‘Soledad’, ‘Hermana duda’ y ‘Transoceánica’, aunque yo diría que todos los temas tienen su encanto y que el disco se puede escuchar completo sin mayores ansiedades ni remordimientos.
 Bien. Sería torpe de mi parte no hablar de sus otros discos. Si bien ‘12 segundos de oscuridad’ es el más reciente y, probablemente, el mejor logrado, Jorge Drexler tiene una sólida trayectoria que empezó con ‘La luz que sabe robar’ (1992), y que abarca ‘Radar’ (1994), ‘Vaivén’ (1996), ‘Llueve’ (1998), ‘Frontera’ (1999), ‘Sea’ (2001), ‘La edad del cielo’, una antología, (2004), ‘Eco’ (2004) y ‘Eco2’ (2005). De estos discos salieron temas deliciosos como ‘Me haces bien’y ‘Alto el fuego’, así como otros donde Drexler le hace un tributo a los ritmos brasileros, entre temas originales o versiones, como es el caso de ‘Oh que será’. Su música recorre cada sentimiento.
 Lo justo sería que hablara también un poco de su persona. Después de todo, Drexler ha logrado marcar ciertos hitos en lo que respecta a la penetración de la cultura hispanoamericana en el mercado estadounidense. Me refiero al Premio Óscar que obtuvo en el 2005, gracias a su canción original ‘Del otro lado del río’, soundtrack del filme ‘Diarios de motocicleta’, y que ha sido la primera y única banda sonora en español nominada para esa categoría. Su dicha pudo haber sido mayor si se le hubiera permitido interpretar su canción durante la ceremonia, pero la Academia optó por que lo hicieran Antonio Banderas y el guitarrista Carlos Santana, quienes, como figuras ya conocidas, no significarían un desplome del “rating”. Ese es el cochino y envidiable mundo de la televisión, me imagino. Igual Drexler obtuvo una pequeña revancha al subir a recibir su premio, ya que en vez de leer, emocionado, una lista de agradecimientos, se acercó al micrófono y cantó una parte de su canción. Este joven uruguayo, nacido en septiembre de 1964, judío y médico de profesión, que había trabajado como salvavidas, enfermero a domicilio y cantante de sinagoga, que cobró fama internacional al ser telonero de Joaquín Sabina, había conquistado Hollywood, y lo había hecho en español. ¿Cómo no aplaudirle? (El que canta de último canta mejor). Hoy reside en un suburbio de Madrid, pero sigue grabando sus discos en Uruguay. Su vida se ha convertido un una transoceánica.
 Le agradezco a Drexler sus versos frescos y el haberme regalado ese lugar común donde igual me encuentro con amigos de distancia que con pensamientos esquivos. A mi también me asusta la “guerra menos, que el alto el fuego” en el corazón. “Qué raro que seas tú quien me acompañe, soledad, a mí, que nunca supe bien cómo estar solo”. Ahora que la duda y yo somos hermanos,  “dame una tregua”. Ahora que “la tierra parece estar quieta y el sol parece girar”.

Pregunta a J.D.: En los conciertos se nota que eres muy tímido. ¿La música es una terapia para combatir la soledad?
Respuesta de J.D.: La música puede ser tu enfermedad o tu terapia, según cómo la tomes. En mi caso, no es sólo mi terapia sino, a veces también mi enfermedad. De cualquier manera, si no fuera por la música, yo sería una persona infinitamente más infeliz.

Mansas quimerasFebruary 4, 2007 10:15 am

 Era mentira que estaba sentado en el balcón para mirar la tarde y escuchar el silencio de carros que pasaban y frenaban al acercarse a la curva de la calle Navajo, al final de la torcida hilera de pinos. Pero eso le había asegurado a Marcel cuando le pedí que me dejara solo. Y no te olvides de cerrar la puerta y correr la cortina, al menos haz eso, le dije, cierra la cortina. Los cigarrillos estaban adentro, sobre la fórmica de la cocina. No quise entrar a buscarlos, así que pasaron dos horas, tres, y yo sólo pensaba en Carla, o sea, en lo que me dijo, y en que tal vez sí debía entrar y volver a salir con la cajetilla para furmarme uno, a ver si tal vez así me temblaban menos las manos, me palpitaba un poco menos fuerte el corazón. Pero no entré. Y para cuando Marcel salió de nuevo y me ofreció una cobija o un suéter, o algo caliente para tomar, lo que sea, me dijo, que yo te lo traigo, yo le dije que no, que no quería o no necesiaba nada, pero que se quedara conmigo, que tal vez no le iba a contar nada, pero que en caso de que sí le contara algo tenía que prometerme que no la juzagaría a Carla, que no se atreviera. Él asinstió y se sentó en silencio, el mismo silencio con el que yo me arrodillaba de pequeño frente a la sacristía. Un silencio casi reverencial, porque no era un secreto que Marcel me admiraba. Aunque yo no hubiera publicado nada más luego de ‘Las horas imperfectas’, en el ochenta y ocho, me admiraba. Y yo lo odiaba por eso, pero le quería porque era un buen amigo. A pesar de todo, era el único amigo que me quedaba en esta vida. A esa hora, recuerdo, las figuras de los pinos se veían borrosas, gastadas sobre las luces rojas de los carros que entraban en la curva y frenaban para bajar la velocidad. A esa hora lloré porque me di cuenta que no existen, que no es verdad que existen las horas imperfectas. Fue entonces cuando escuchamos el chirriar que sólo puede hacer el brusco frenar de un carro, y Carla desapareció. Carla había desaparecido y las luces del Accord se adentraron en la noche, de la misma manera que se pierde de vista una luciérnaga.