Era mentira que estaba sentado en el balcón para mirar la tarde y escuchar el silencio de carros que pasaban y frenaban al acercarse a la curva de la calle Navajo, al final de la torcida hilera de pinos. Pero eso le había asegurado a Marcel cuando le pedí que me dejara solo. Y no te olvides de cerrar la puerta y correr la cortina, al menos haz eso, le dije, cierra la cortina. Los cigarrillos estaban adentro, sobre la fórmica de la cocina. No quise entrar a buscarlos, así que pasaron dos horas, tres, y yo sólo pensaba en Carla, o sea, en lo que me dijo, y en que tal vez sí debía entrar y volver a salir con la cajetilla para furmarme uno, a ver si tal vez así me temblaban menos las manos, me palpitaba un poco menos fuerte el corazón. Pero no entré. Y para cuando Marcel salió de nuevo y me ofreció una cobija o un suéter, o algo caliente para tomar, lo que sea, me dijo, que yo te lo traigo, yo le dije que no, que no quería o no necesiaba nada, pero que se quedara conmigo, que tal vez no le iba a contar nada, pero que en caso de que sí le contara algo tenía que prometerme que no la juzagaría a Carla, que no se atreviera. Él asinstió y se sentó en silencio, el mismo silencio con el que yo me arrodillaba de pequeño frente a la sacristía. Un silencio casi reverencial, porque no era un secreto que Marcel me admiraba. Aunque yo no hubiera publicado nada más luego de ‘Las horas imperfectas’, en el ochenta y ocho, me admiraba. Y yo lo odiaba por eso, pero le quería porque era un buen amigo. A pesar de todo, era el único amigo que me quedaba en esta vida. A esa hora, recuerdo, las figuras de los pinos se veían borrosas, gastadas sobre las luces rojas de los carros que entraban en la curva y frenaban para bajar la velocidad. A esa hora lloré porque me di cuenta que no existen, que no es verdad que existen las horas imperfectas. Fue entonces cuando escuchamos el chirriar que sólo puede hacer el brusco frenar de un carro, y Carla desapareció. Carla había desaparecido y las luces del Accord se adentraron en la noche, de la misma manera que se pierde de vista una luciérnaga.