El arco y la liraMarch 27, 2007 8:25 pm

Soy también el otro.
El que espía.
El que tienta.
El que reconoce tu perfume
en otras nucas.
El que juega a cazar
con las palabras.
Soy el que exhala
rondando tu sueño.
El vaso de agua
en la tibia madrugada.

 

En las esquinas
sombras de edificios.
En las esquinas
la ciudad se contradice.
Métrica noción de calle
y avenida. Intersección.
Cita en las vitrinas,
en las variantes italianas
del café. Un croissant
sin mantequilla que aún humea.
El beso seguido
por la delgada servilleta.
Cada día cuenta
con su látigo de protocolos,
su testimonio de agendas
y el arsenal
de todas las fechas digitales.

 

Decir que sólo las almohadas te conocen.
(Somos culpables en cada veredicto).

El arco y la liraMarch 21, 2007 10:44 pm

Bonsai Antes de abordar el tema del Haiku, propongo la siguiente pregunta: ¿qué es poesía? Aunque poética y decidida, no me basta la conocidísima respuesta formulada por Bécquer – “poesía eres tú” -. En términos muy generales, y condensando algunas respuestas que he leído en lecturas alusivas*, se podría decir que la poesía es el uso del lenguaje sobre todo con fines estéticos, no informativos. (La verdad, no los culpo si prefieren la respuesta de Bécquer). Dentro de este vasto género literario existen diferentes formas poéticas, clasificables por su construcción métrica y su rima (o falta de ella), por la disposición de sus versos y estrofas, y hasta por los elementos poéticos con que cuenta el poema. Enredado en esta maraña académica está el Haiku, la figura poética más característica del Japón, que se destaca por su geometría y su simpleza, contrastando con la tradición occidental que tiende hacia la poesía egocéntrica y declamatoria.
 El origen del Haiku se remonta al siglo XVII, cuando el haijin (poeta) Matsuo Basho le otorgó autonomía al poema introductorio del haikai-no-renga, la construcción poética más popular en ese entonces, que consistía en una seguidilla de poemas que alternaban entre las diecisiete y catorce sílabas métricas. Basho rescató el hokku (poema inicial) y lo cultivó con esmero, conservando sus diecisiete sílabas métricas originales, dispuestas en tres versos de cinco-siete-cinco, y la inclusión de una palabra que describiese la estación (kigo) en la cual se desarrollaba el poema. El término Haiku fue acuñado dos siglos más tarde por Shiki, un importante revitalizador del género considerado uno de los grandes maestros. Desde sus inicios, el Haiku ha sido considerado un instrumento contemplativo ligado a lo espiritual, evitando elementos narrativos y el uso de metáforas o analogías.
 El Haiku, a pesar de su esencia tradicionalista paralela a al Budismo y al Zen, ha experimentado algunos cambios y la influencia de varias corrientes a través de los siglos, hasta diversificarse. En Japón hoy en día se practica el “Haiku libre” y otras formas de Haiku experimental, aparte del Haiku tradicional. Estas nuevas corrientes han tratado de mantener en la estructura básica de tres versos la esencia del Haiku, aunque sin la disciplina de la cuenta métrica y la referencia a la estación. Algunos haijis, como Ippekiro Nakatsuta, tuvieron cierto éxito creando haikus libres. Sin embargo, una de las pruebas fundamentales de la fuerza del Haiku reside en su supervivencia al superar las fronteras niponas y llegar a Occidente.
 La transición del Haiku al mundo occidental, a pesar de todos los esfuerzos, no pudo evitar el contagio de nuestra percepción del mundo natural. Para el hombre occidental, la naturaleza ha sido muchas veces un enemigo a combatir. (Me regresan, por ejemplo, las palabras de Bolívar luego del terremoto de 1812, “si la naturaleza se opone, lucharemos contra ella y haremos que nos obedezca”). Para el oriental, en cambio, el hombre es parte de la naturaleza, a la cual debe respetar dentro de un pacto de armonía. Esta filosofía se deriva de las religiones budista y Zen, que entienden la contemplación como la manera más sublime de paz y entendimiento. El Haiku japonés se nutre de esta sensibilidad en su intento de producir en el lector un despertar espiritual, dándole así la tarea de completar el cuadro que el haijin propone con su pincelada. El occidental, en cambio, es un fiel adepto de la racionalización y de los procesos, de la causa y la consecuencia, y sus poetas recurren al ego y a la metáfora para darle al lector un poema cerrado, sin mayores interpretaciones que las que el poeta propone. El éxito o el fracaso de un poema occidental dependen de la genialidad del poeta, no tanto de la disposición del lector. Por eso, el choque del Haiku con nuestra cultura (yo insisto, aún en contra de muchos pensadores y académicos, que Iberoamérica es parte de Occidente) produjo una poesía de una espiritualidad transfigurada y supersticiosa, donde cabe también la temática urbana, la erótica y la humorística, la social y la auto referencia. Un importante punto en común es que tanto el Haiku japonés como su paralelo occidental se esfuerzan en decir lo que es, sin demasiadas divagaciones. El resultado occidental sigue siendo una alternativa poética fresca que, aunque distanciada de Basho, conserva esa primera inquietud en pos de la belleza y la simetría, ambas fundamentales protagonistas de esa indomable bestia que a veces batallamos y otras llamamos Madre Naturaleza. Esa es nuestra esencia: contradicción dentro de lo racional. Por eso, me temo, es que en Occidente no existiera la poesía si no existiera también la muerte.     

Aquí pongo una muestra de Haikus, unos japoneses, otros de Benedetti y otros míos:

Este camino
ya nadie lo recorre
salvo el crepúsculo

Un viejo estanque;
se zambulle una rana,
ruido de agua                (Basho)

la madrugada
pasa tan lentamente
que me apacigua

pasan misiles
ahítos de barbarie
globalizados

hay pocas cosas
tan ensordecedoras
como el silencio                (Benedetti)

Muchas maneras
hay para narrar como
arde la llama

Los caracoles
salen de sus castillos:
día de lluvia

Aves pasaban
recogiendo colores
para vestirse

Verde tristeza                                     
del agua en aquel fondo,                      
y peces miran

El muelle tiembla
con el correr de niños
que quieren pescar

Uno y uno, uno:                         
el amor conjugado  
en los números

En noches negras
salen las luciérnagas
para predicar

La nieve cae
y se junta con la noche
entre silencios                     (RS)

* ‘El arco y la lira’ y ‘Tres momentos en la literatura japonesa’ de Octavio Paz, ‘Poesía y realidad’ de Roberto Juarroz, ‘Poesía, cuartel de invierno’ de Luís García Montero.

(Esta nota está dedicada a Lidia y Blanca Caraballo, por esa tarde en el Matheson Hammock Park y la tinta china que aún sigue en los bancos)

Historiando, Siempre es hoy, The Robert ReportMarch 14, 2007 8:59 pm

 Gaviota y Bay Bridge

 Si no fuera por los edificios, muchos altos y refulgentes, se diría que en San Francisco no hay oficinas, que nadie trabaja. Las calles están llenas de gente, aunque nunca hasta el punto de abarrotarse, y nadie parece tan apurado como en Tokio o en Nueva York, donde cada cambio de semáforo asemeja más bien una estampida. Quien corre por las calles y aceras de San Francisco lo hace por ejercicio (el cuidarse es, más que un pasatiempo, un modo de vida), al igual que los ciclistas, todos con su invariable Ipod entonando una música chilling electrónica. Los cafés (aún más que en Seattle, increíblemente) son bastantes, variados, y siempre frecuentados por una abundante, desenfadada y atractiva clase media. En San Francisco el reloj camina más lento, y siempre hay tiempo para dejar que un peatón cruce la calle o para detenerse a admirar una tienda o una galería. El clima viene de la receta perfecta: sol, mar, brisa y una temperatura de montaña fresca. La comida es cara, eso sí, y sólo en los buenos restaurantes se consigue un almuerzo o una cena de calidad, según mi experiencia.
 Con sus subidas y bajadas, San Francisco es una telaraña de paisajes, donde la bahía alterna con verdes lomas y con delgadas casas caprichosas, cada una con personalidad, con carácter propio. El encanto de la ciudad reside en el juego con la naturaleza, a la que tienta con su arquitectura característica pero que al final respeta y hasta promueve, inclusive cuando se trata de los grandes puentes, edificios y monumentos. En el aire puro también se respira la dejadez de la armonía. (¿Será porque la ciudad fue bautizada con el nombre del Santo de Asís, el Francisco que hablaba con los animales y las plantas?) Por supuesto, no todo es color rosa, ni siquiera en San Francisco. También la pobreza tiene un espacio en sus calles, sobre todo en las áreas del Downtown (Union Square, Commercial District, y partes de Chinatown). La mayoría de los homeless, como en otras ciudades de los Estados Unidos, son afro-americanos, aunque también están algunos blancos, veteranos de guerra, y los enfermos, con sus tristes carteles ilegibles. Ellos son el contraste más fuerte que tiene San Francisco, la ciudad que una vez fue cuna de la paz y del amor, de la rebeldía sin ropas, de una mentalidad de la que sólo quedan – por lo que percibí - unos contados esnobs.
 Ahora esta ciudad lidera un individualismo flagrante, cosmopolita, culto, educado y tolerante, aunque sin un mayor sentido de la tradición. ¿Positivo? Probablemente sí, ya que no creo que pueda salir nada mejor de esto que está tan de moda y que parece que ha traído sus maletas para quedarse: la globalización.
Sin embargo, en San Francisco existe una cierta presión por saber vivir, por vivir bien. Es una ciudad donde no hay cabida para los deprimidos, para la tristeza patológica. Es algo que ellos mismos saben, por eso es que tantos desesperados deciden suicidarse lanzándose desde el puente Golden Gate, del que se calcula que unos dos mil han saltado, por las razones que sean. Supongo que esa ha sido la suerte de muchos hippies, esa generación que pudo haber cambiado el mundo y… ¡en fin! ¿Qué queda de aquella revolución? ¿La música? De la canción de Scott McKenzie (“If you’re going to San Francisco, be sure to wear some flowers in your hair…”) sólo un alucinante remix hecho por Benny Benassi. Como dirían en San Francisco: que cada quien que lidie como mejor pueda y quiera con sus ganas de bailar…

Historiando, Desde la butaca, The Robert ReportMarch 7, 2007 10:43 pm

Up yours, soledad...

 No es modestia, es que genuinamente creo que, al menos en este momento, no tengo absolutamente nada nuevo que añadir que ya no se haya dicho de Gabriel García Márquez. Las anécdotas que se cuentan de él todos las conocen: cómo se devolvió a México D.F. a mitad de viaje a Acapulco porque encontró, por fin, el tono adecuado para contar sus ‘Cien años de soledad’ – contarlo con “cara de palo”, la misma cara de palo “que ponía mi abuela cuando contaba” esas historias fantásticas en la infancia en Aracataca -; cómo casi perece junto al ex dictador Torrijos, de Panamá, cuando el avión de éste, en un viaje al que García Márquez estaba invitado, se estrelló en plena selva panameña; cómo conoció, junto a Carlos Fuentes, al ex presidente Bill Clinton en su casa de Martha’s Vineyard, y éste le preguntó su opinión sobre el recién electo presidente español, Aznar, a lo cual García Márques respondió, “I don’t like him”, aunque se sabía que lo decía por la posición derechista del político ibérico; el carácter mitológico de su amistad con el dictador cubano Fidel Castro, a quien el escritor colombiano ha tildado de “gran lector”; el fin de su amistad con Mario Vargas Llosa, sobre lo cual ya he hablado en este blog. Y como estas, tantas otras anécdotas que le han ganado al Nóbel del ochenta y dos una fama compleja y, de tanto en tanto, contradictoria, como sus amistades con el ex presidente y conocido corrupto venezolano Carlos Andrés Pérez y con el ex presidente socialista de Francia, Francois Mitterand, gran humanista y ferviente seguidor de las artes latinoamericanas. En fin, yo no puedo agregarle nada a esta abrumante biografía de este escritor seductor, único recipiente del Nóbel que asistió a la ceremonia de Estocolmo vistiendo un liqui-liqui, el traje formal caribeño, y no el frac acostumbrado.
 Ayer, seis de marzo, cumplió ochenta años, confirmando la entrada en el otoño de este patriarca de las letras nuestras. También este año se cumplen otros aniversarios suyos: los cuarentas años de la primera publicación de ‘Cien años de soledad’ y los veinticinco de haber recibido el Premio Nóbel de Literatura. Sin duda se merece ese rosario de homenajes que le tienen preparado por todo el mundo.
 Respecto a sus libros, me quedo con estos tres, en el siguiente orden: ‘El coronel no tiene quién le escriba’, ‘El amor en los tiempos del cólera’, y ‘Cien años de soledad’. Imagino que en su lecho de muerte va a suplicar que no incluyan ‘Memorias de mis putas tristes’ en sus obras completas, porque fue un libro terrible.

 A veces me pregunto si le tengo envidia, y la respuesta es ¡por supuesto! ¿Quién no quiere una casa dentro de la ciudad amurallada de Cartagena? Pero no, no es sólo eso. Admiro la manera en que el Caribe se derrama de sus letras… Varias veces he soñado con él. Sueño que lo conozco o que estoy en su casa del D.F., repleta de rosas amarillas. Sueño que no somos amigos y que mi presencia le incomoda. Sueño que ha muerto y que me alegro. Sueño que ha muerto y que guardo luto por tres días. Sueño que me lleva a conocer el hielo. Sueño que se cae de una escalera tratando de alcanzar un mango. Sueño que a él no le gusta su ‘Cien años de soledad’. Sueño que detesta a Chávez. Sueño que he aprendido a tocar el acordeón y el violín. Sueño que compartimos juntos un último cigarrillo, sin hablar de literatura, tan sólo viendo ponerse el terrible sol de Cartagena, mientras el ocaso revela una suave bandada de insectos voladores que se acercan, unas tristísimas mariposas amarillas que vuelan todas juntas, pero que, en realidad, vuelan solas, cada una infinitamente sola.

El arco y la liraMarch 2, 2007 9:21 pm

Si te hirieron en los días
que el agua bajaba de la noche
y hablaron de ti sin disimular
las labores oscuras de los labios,
no te culpo
si prolongas el tren hacia la costa,
si te bajas en cada estación
sólo para mirar el aire
y mear despacio
sobre la áspera pared de tu fracaso.

 

Incrédulo del tiempo y distraído
como el mar
de los susurros,
no te culpo si vienen a buscarte
para coserte en el alma
alguna soledad anestesiada.

 

En tu aciaga condena
habrás de tallar piedras con las uñas
hasta abarrotar la sed de los museos.
El libre albedrío
de los pájaros, su suavidad
que empieza y termina con la vida,
no será para ti
más que una promesa,
la indigestión de otra esperanza
bíblica.

 

Serás tú,
(no te culpo),
quien dará al César
lo que de verdad le corresponde,
y no habrá ciudad donde no pisen
tu nombre cuando seque
el último cemento de la Historia.

 

Serás, al final,
el astronauta
que reparte las banderas.
Serás, al fin,
el irrompible torero de tu infancia,

y la muerte tu único testigo.