Up yours, soledad...

 No es modestia, es que genuinamente creo que, al menos en este momento, no tengo absolutamente nada nuevo que añadir que ya no se haya dicho de Gabriel García Márquez. Las anécdotas que se cuentan de él todos las conocen: cómo se devolvió a México D.F. a mitad de viaje a Acapulco porque encontró, por fin, el tono adecuado para contar sus ‘Cien años de soledad’ – contarlo con “cara de palo”, la misma cara de palo “que ponía mi abuela cuando contaba” esas historias fantásticas en la infancia en Aracataca -; cómo casi perece junto al ex dictador Torrijos, de Panamá, cuando el avión de éste, en un viaje al que García Márquez estaba invitado, se estrelló en plena selva panameña; cómo conoció, junto a Carlos Fuentes, al ex presidente Bill Clinton en su casa de Martha’s Vineyard, y éste le preguntó su opinión sobre el recién electo presidente español, Aznar, a lo cual García Márques respondió, “I don’t like him”, aunque se sabía que lo decía por la posición derechista del político ibérico; el carácter mitológico de su amistad con el dictador cubano Fidel Castro, a quien el escritor colombiano ha tildado de “gran lector”; el fin de su amistad con Mario Vargas Llosa, sobre lo cual ya he hablado en este blog. Y como estas, tantas otras anécdotas que le han ganado al Nóbel del ochenta y dos una fama compleja y, de tanto en tanto, contradictoria, como sus amistades con el ex presidente y conocido corrupto venezolano Carlos Andrés Pérez y con el ex presidente socialista de Francia, Francois Mitterand, gran humanista y ferviente seguidor de las artes latinoamericanas. En fin, yo no puedo agregarle nada a esta abrumante biografía de este escritor seductor, único recipiente del Nóbel que asistió a la ceremonia de Estocolmo vistiendo un liqui-liqui, el traje formal caribeño, y no el frac acostumbrado.
 Ayer, seis de marzo, cumplió ochenta años, confirmando la entrada en el otoño de este patriarca de las letras nuestras. También este año se cumplen otros aniversarios suyos: los cuarentas años de la primera publicación de ‘Cien años de soledad’ y los veinticinco de haber recibido el Premio Nóbel de Literatura. Sin duda se merece ese rosario de homenajes que le tienen preparado por todo el mundo.
 Respecto a sus libros, me quedo con estos tres, en el siguiente orden: ‘El coronel no tiene quién le escriba’, ‘El amor en los tiempos del cólera’, y ‘Cien años de soledad’. Imagino que en su lecho de muerte va a suplicar que no incluyan ‘Memorias de mis putas tristes’ en sus obras completas, porque fue un libro terrible.

 A veces me pregunto si le tengo envidia, y la respuesta es ¡por supuesto! ¿Quién no quiere una casa dentro de la ciudad amurallada de Cartagena? Pero no, no es sólo eso. Admiro la manera en que el Caribe se derrama de sus letras… Varias veces he soñado con él. Sueño que lo conozco o que estoy en su casa del D.F., repleta de rosas amarillas. Sueño que no somos amigos y que mi presencia le incomoda. Sueño que ha muerto y que me alegro. Sueño que ha muerto y que guardo luto por tres días. Sueño que me lleva a conocer el hielo. Sueño que se cae de una escalera tratando de alcanzar un mango. Sueño que a él no le gusta su ‘Cien años de soledad’. Sueño que detesta a Chávez. Sueño que he aprendido a tocar el acordeón y el violín. Sueño que compartimos juntos un último cigarrillo, sin hablar de literatura, tan sólo viendo ponerse el terrible sol de Cartagena, mientras el ocaso revela una suave bandada de insectos voladores que se acercan, unas tristísimas mariposas amarillas que vuelan todas juntas, pero que, en realidad, vuelan solas, cada una infinitamente sola.