Gaviota y Bay Bridge

 Si no fuera por los edificios, muchos altos y refulgentes, se diría que en San Francisco no hay oficinas, que nadie trabaja. Las calles están llenas de gente, aunque nunca hasta el punto de abarrotarse, y nadie parece tan apurado como en Tokio o en Nueva York, donde cada cambio de semáforo asemeja más bien una estampida. Quien corre por las calles y aceras de San Francisco lo hace por ejercicio (el cuidarse es, más que un pasatiempo, un modo de vida), al igual que los ciclistas, todos con su invariable Ipod entonando una música chilling electrónica. Los cafés (aún más que en Seattle, increíblemente) son bastantes, variados, y siempre frecuentados por una abundante, desenfadada y atractiva clase media. En San Francisco el reloj camina más lento, y siempre hay tiempo para dejar que un peatón cruce la calle o para detenerse a admirar una tienda o una galería. El clima viene de la receta perfecta: sol, mar, brisa y una temperatura de montaña fresca. La comida es cara, eso sí, y sólo en los buenos restaurantes se consigue un almuerzo o una cena de calidad, según mi experiencia.
 Con sus subidas y bajadas, San Francisco es una telaraña de paisajes, donde la bahía alterna con verdes lomas y con delgadas casas caprichosas, cada una con personalidad, con carácter propio. El encanto de la ciudad reside en el juego con la naturaleza, a la que tienta con su arquitectura característica pero que al final respeta y hasta promueve, inclusive cuando se trata de los grandes puentes, edificios y monumentos. En el aire puro también se respira la dejadez de la armonía. (¿Será porque la ciudad fue bautizada con el nombre del Santo de Asís, el Francisco que hablaba con los animales y las plantas?) Por supuesto, no todo es color rosa, ni siquiera en San Francisco. También la pobreza tiene un espacio en sus calles, sobre todo en las áreas del Downtown (Union Square, Commercial District, y partes de Chinatown). La mayoría de los homeless, como en otras ciudades de los Estados Unidos, son afro-americanos, aunque también están algunos blancos, veteranos de guerra, y los enfermos, con sus tristes carteles ilegibles. Ellos son el contraste más fuerte que tiene San Francisco, la ciudad que una vez fue cuna de la paz y del amor, de la rebeldía sin ropas, de una mentalidad de la que sólo quedan – por lo que percibí - unos contados esnobs.
 Ahora esta ciudad lidera un individualismo flagrante, cosmopolita, culto, educado y tolerante, aunque sin un mayor sentido de la tradición. ¿Positivo? Probablemente sí, ya que no creo que pueda salir nada mejor de esto que está tan de moda y que parece que ha traído sus maletas para quedarse: la globalización.
Sin embargo, en San Francisco existe una cierta presión por saber vivir, por vivir bien. Es una ciudad donde no hay cabida para los deprimidos, para la tristeza patológica. Es algo que ellos mismos saben, por eso es que tantos desesperados deciden suicidarse lanzándose desde el puente Golden Gate, del que se calcula que unos dos mil han saltado, por las razones que sean. Supongo que esa ha sido la suerte de muchos hippies, esa generación que pudo haber cambiado el mundo y… ¡en fin! ¿Qué queda de aquella revolución? ¿La música? De la canción de Scott McKenzie (“If you’re going to San Francisco, be sure to wear some flowers in your hair…”) sólo un alucinante remix hecho por Benny Benassi. Como dirían en San Francisco: que cada quien que lidie como mejor pueda y quiera con sus ganas de bailar…