San Francisco, la buena vida reciclada
Con sus subidas y bajadas, San Francisco es una telaraña de paisajes, donde la bahía alterna con verdes lomas y con delgadas casas caprichosas, cada una con personalidad, con carácter propio. El encanto de la ciudad reside en el juego con la naturaleza, a la que tienta con su arquitectura característica pero que al final respeta y hasta promueve, inclusive cuando se trata de los grandes puentes, edificios y monumentos. En el aire puro también se respira la dejadez de la armonía. (¿Será porque la ciudad fue bautizada con el nombre del Santo de Asís, el Francisco que hablaba con los animales y las plantas?) Por supuesto, no todo es color rosa, ni siquiera en San Francisco. También la pobreza tiene un espacio en sus calles, sobre todo en las áreas del Downtown (Union Square, Commercial District, y partes de Chinatown). La mayoría de los homeless, como en otras ciudades de los Estados Unidos, son afro-americanos, aunque también están algunos blancos, veteranos de guerra, y los enfermos, con sus tristes carteles ilegibles. Ellos son el contraste más fuerte que tiene San Francisco, la ciudad que una vez fue cuna de la paz y del amor, de la rebeldía sin ropas, de una mentalidad de la que sólo quedan – por lo que percibí - unos contados esnobs.
Ahora esta ciudad lidera un individualismo flagrante, cosmopolita, culto, educado y tolerante, aunque sin un mayor sentido de la tradición. ¿Positivo? Probablemente sí, ya que no creo que pueda salir nada mejor de esto que está tan de moda y que parece que ha traído sus maletas para quedarse: la globalización.
Sin embargo, en San Francisco existe una cierta presión por saber vivir, por vivir bien. Es una ciudad donde no hay cabida para los deprimidos, para la tristeza patológica. Es algo que ellos mismos saben, por eso es que tantos desesperados deciden suicidarse lanzándose desde el puente Golden Gate, del que se calcula que unos dos mil han saltado, por las razones que sean. Supongo que esa ha sido la suerte de muchos hippies, esa generación que pudo haber cambiado el mundo y… ¡en fin! ¿Qué queda de aquella revolución? ¿La música? De la canción de Scott McKenzie (“If you’re going to San Francisco, be sure to wear some flowers in your hair…”) sólo un alucinante remix hecho por Benny Benassi. Como dirían en San Francisco: que cada quien que lidie como mejor pueda y quiera con sus ganas de bailar…

Es una ciudad que no conozco, pero que siempre me ha dado miedo. No sé muy bien por qué. O no, de pronto sí se: siento que puedo comprender de qué va la cosa en un lugar como Reykjavik, o Antananarivo, por mencinar a dos ciudades que sólo existen en la fe, pero San Francisco me parece de una irrealidad feliz, de una alienación pragmática desconcertante.
Me quedo con esta frase del post: “En el aire puro también se respira la dejadez de la armonía”. Es escalofriante imaginar que, oscuramente, eso pueda relacionarse con los saltos desesperados desde el Golden Gates.
Saludos por allá.
Comment by rodrigo coll — March 18, 2007 @ 2:31 pm
Ahora que lo pienso, es cierto: hay ciudad que dan miedo, que tan solo pensar en ellas producen un cosquilleo incomodo en la boca del estomago. Con respecto a la asociacion de la armonia de la paz y el suicidio, no los descartaria. Inclusive de la paz y de la felicidad se puede esperar una sobredosis…
Saludos, Rodrigo! Gracias por pasar.
Comment by robertos — March 21, 2007 @ 10:59 pm