Antes de abordar el tema del Haiku, propongo la siguiente pregunta: ¿qué es poesía? Aunque poética y decidida, no me basta la conocidísima respuesta formulada por Bécquer – “poesía eres tú” -. En términos muy generales, y condensando algunas respuestas que he leído en lecturas alusivas*, se podría decir que la poesía es el uso del lenguaje sobre todo con fines estéticos, no informativos. (La verdad, no los culpo si prefieren la respuesta de Bécquer). Dentro de este vasto género literario existen diferentes formas poéticas, clasificables por su construcción métrica y su rima (o falta de ella), por la disposición de sus versos y estrofas, y hasta por los elementos poéticos con que cuenta el poema. Enredado en esta maraña académica está el Haiku, la figura poética más característica del Japón, que se destaca por su geometría y su simpleza, contrastando con la tradición occidental que tiende hacia la poesía egocéntrica y declamatoria.
El origen del Haiku se remonta al siglo XVII, cuando el haijin (poeta) Matsuo Basho le otorgó autonomía al poema introductorio del haikai-no-renga, la construcción poética más popular en ese entonces, que consistía en una seguidilla de poemas que alternaban entre las diecisiete y catorce sílabas métricas. Basho rescató el hokku (poema inicial) y lo cultivó con esmero, conservando sus diecisiete sílabas métricas originales, dispuestas en tres versos de cinco-siete-cinco, y la inclusión de una palabra que describiese la estación (kigo) en la cual se desarrollaba el poema. El término Haiku fue acuñado dos siglos más tarde por Shiki, un importante revitalizador del género considerado uno de los grandes maestros. Desde sus inicios, el Haiku ha sido considerado un instrumento contemplativo ligado a lo espiritual, evitando elementos narrativos y el uso de metáforas o analogías.
El Haiku, a pesar de su esencia tradicionalista paralela a al Budismo y al Zen, ha experimentado algunos cambios y la influencia de varias corrientes a través de los siglos, hasta diversificarse. En Japón hoy en día se practica el “Haiku libre” y otras formas de Haiku experimental, aparte del Haiku tradicional. Estas nuevas corrientes han tratado de mantener en la estructura básica de tres versos la esencia del Haiku, aunque sin la disciplina de la cuenta métrica y la referencia a la estación. Algunos haijis, como Ippekiro Nakatsuta, tuvieron cierto éxito creando haikus libres. Sin embargo, una de las pruebas fundamentales de la fuerza del Haiku reside en su supervivencia al superar las fronteras niponas y llegar a Occidente.
La transición del Haiku al mundo occidental, a pesar de todos los esfuerzos, no pudo evitar el contagio de nuestra percepción del mundo natural. Para el hombre occidental, la naturaleza ha sido muchas veces un enemigo a combatir. (Me regresan, por ejemplo, las palabras de Bolívar luego del terremoto de 1812, “si la naturaleza se opone, lucharemos contra ella y haremos que nos obedezca”). Para el oriental, en cambio, el hombre es parte de la naturaleza, a la cual debe respetar dentro de un pacto de armonía. Esta filosofía se deriva de las religiones budista y Zen, que entienden la contemplación como la manera más sublime de paz y entendimiento. El Haiku japonés se nutre de esta sensibilidad en su intento de producir en el lector un despertar espiritual, dándole así la tarea de completar el cuadro que el haijin propone con su pincelada. El occidental, en cambio, es un fiel adepto de la racionalización y de los procesos, de la causa y la consecuencia, y sus poetas recurren al ego y a la metáfora para darle al lector un poema cerrado, sin mayores interpretaciones que las que el poeta propone. El éxito o el fracaso de un poema occidental dependen de la genialidad del poeta, no tanto de la disposición del lector. Por eso, el choque del Haiku con nuestra cultura (yo insisto, aún en contra de muchos pensadores y académicos, que Iberoamérica es parte de Occidente) produjo una poesía de una espiritualidad transfigurada y supersticiosa, donde cabe también la temática urbana, la erótica y la humorística, la social y la auto referencia. Un importante punto en común es que tanto el Haiku japonés como su paralelo occidental se esfuerzan en decir lo que es, sin demasiadas divagaciones. El resultado occidental sigue siendo una alternativa poética fresca que, aunque distanciada de Basho, conserva esa primera inquietud en pos de la belleza y la simetría, ambas fundamentales protagonistas de esa indomable bestia que a veces batallamos y otras llamamos Madre Naturaleza. Esa es nuestra esencia: contradicción dentro de lo racional. Por eso, me temo, es que en Occidente no existiera la poesía si no existiera también la muerte.
Este camino
ya nadie lo recorre
salvo el crepúsculo
Un viejo estanque;
se zambulle una rana,
ruido de agua (Basho)
la madrugada
pasa tan lentamente
que me apacigua
pasan misiles
ahítos de barbarie
globalizados
hay pocas cosas
tan ensordecedoras
como el silencio (Benedetti)
Muchas maneras
hay para narrar como
arde la llama
Los caracoles
salen de sus castillos:
día de lluvia
Aves pasaban
recogiendo colores
para vestirse
Verde tristeza
del agua en aquel fondo,
y peces miran
El muelle tiembla
con el correr de niños
que quieren pescar
Uno y uno, uno:
el amor conjugado
en los números
En noches negras
salen las luciérnagas
para predicar
La nieve cae
y se junta con la noche
entre silencios (RS)
* ‘El arco y la lira’ y ‘Tres momentos en la literatura japonesa’ de Octavio Paz, ‘Poesía y realidad’ de Roberto Juarroz, ‘Poesía, cuartel de invierno’ de Luís García Montero.
(Esta nota está dedicada a Lidia y Blanca Caraballo, por esa tarde en el Matheson Hammock Park y la tinta china que aún sigue en los bancos)
