Oda envenenada a una lejana y desapercibida amistad entre poetas
A Roberto Bolaño y Andrés Neuman
Te lo digo de corazón,
empinada la rebosante copa
de esta envidia.
No te bastó con tener tu nombre
protagonizando el brillo
y el color de las carátulas,
o en negritas en el índice
de cada bochornosa antología
que sólo se salvaba
por tus versos.
No.
También tuviste que ir
y llevarte a los bares
los euros de los premios,
donde, borracho,
seguramente citabas a Girondo,
a Enrique Lihn, a Octavio Paz,
a ese Parra que tanto queremos.
Alguna vez quisiste molestar
al modesto fantasma de Borges,
que aún encogido de hombros
acudió a la cita
de tu espirituoso conjuro.
(Eran las noches hermosas
de cuando tú también estabas ciego.)
El tiempo se subleva,
sin embargo. Ahora dime
dónde fue, maricón,
mariquito, marica de Bariloche.
En qué cueva de Gerona
le sedujiste con la vergüenza
de una juventud indiscutible.
Acaso fue el lustre
de tu palabra lampiña
lo que le enfermó,
igual que a Cernuda,
igual que la mortal tos
de Gil de Biedma.
Dime,
ahora que para ti
el tiempo tampoco es invisible,
en qué noche le sorprendió
la estrella distante, cuántas velas
se apagaron a la caza del gaucho perfecto,
de una salvaje historia policíaca.
Si alguna vez fuiste
poeta, levántate del trono de mimbre
y confiesa:
fuiste tú quien comenzó
la delirante búsqueda de nadie,
de la resucitada Cesárea Tinajero.
Al menos revela
qué hace tu nombre
perdido entre sus páginas,
esa elegantísima variante del suicidio.
Para él,
que adivinó
las verdaderas dimensiones del olvido
y lo poco que duran los cigarros.
Para ti,
que sigues de este lado de la vida,
la ciudad es testigo
de que sigues escribiendo.


