El arco y la liraApril 26, 2007 3:44 pm

              A Roberto Bolaño y Andrés Neuman

Hijo de puta.
Te lo digo de corazón,
empinada la rebosante copa
de esta envidia.
No te bastó con tener tu nombre
protagonizando el brillo
y el color de las carátulas,
o en negritas en el índice
de cada bochornosa antología
que sólo se salvaba
por tus versos.

No.
También tuviste que ir
y llevarte a los bares
los euros de los premios,
donde, borracho,
seguramente citabas a Girondo,
a Enrique Lihn, a Octavio Paz,
a ese Parra que tanto queremos.
Alguna vez quisiste molestar
al modesto fantasma de Borges,
que aún encogido de hombros
acudió a la cita
de tu espirituoso conjuro.
(Eran las noches hermosas
de cuando tú también estabas ciego.)

El tiempo se subleva,
sin embargo. Ahora dime
dónde fue, maricón,
mariquito, marica de Bariloche.
En qué cueva de Gerona
le sedujiste con la vergüenza
de una juventud indiscutible.
Acaso fue el lustre
de tu palabra lampiña
lo que le enfermó,
igual que a Cernuda,
igual que la mortal tos
de Gil de Biedma.

Dime,
ahora que para ti
el tiempo tampoco es invisible,
en qué noche le sorprendió
la estrella distante, cuántas velas
se apagaron a la caza del gaucho perfecto,
de una salvaje historia policíaca.

Si alguna vez fuiste
poeta, levántate del trono de mimbre
y confiesa:
fuiste tú quien comenzó
la delirante búsqueda de nadie,
de la resucitada Cesárea Tinajero.
Al menos revela
qué hace tu nombre
perdido entre sus páginas,
esa elegantísima variante del suicidio.

Para él,
que adivinó
las verdaderas dimensiones del olvido
y lo poco que duran los cigarros.
Para ti,
que sigues de este lado de la vida,
la ciudad es testigo
de que sigues escribiendo.

Nostalgias y otros harakirisApril 25, 2007 8:41 pm

1. Nadie escapa de ciertos clichés. 2. La secuencia de cómo se desarrollan algunos momentos. 3. Los encuentros. 4. Una mirada sostenida, atreviéndose a indagar en la mirada del otro. 5. Un cuchillo, el filo de algo inevitable. 6. La temperatura de tus ojos, un ardor que no se atreve a parpadear. 7.  Me miras con una paciencia aterradora. 8. Tiemblo. 9. No sé si es por el retumbar del campanario. 10. Te muerdes los labios. 10. Tiemblo y ya se han detenido las campanas. 12. Habla, te lo ruego. 13. ¿Hay sangre en tus labios? 14. Tu mirada me vence. 15. Ojos de fuego insoportable. 16. Me enseñas tu piel. 17. Más clara que la mía, la piel. 18. ¿Más suave? 19. Pienso en mi piel junto a la tuya. 20. Sobre la tuya. 21. Jirones. 22. Tu piel tiene caminos, aseguras. 23. Mercader, me confieso. 24. Mercader, en el primer trueque torpe de los cuerpos. 25. Al final, una sonrisa. 26. La mirada se destensa. 27. Por fin, el murmullo de unas aves en la sombra. 28. Más suave, recuerdo. 29. El frío de un viento que atraviesa entero el cuerpo de la nave. 30. Dos colores reunidos en la luz de la tarde angosta. 31. Y no sé qué me dirás al despedirnos.

The Robert ReportApril 20, 2007 5:39 pm

“Un disparo de nieve”


¿Cómo no dedicarle unas palabras a la masacre en la universidad Virginia Tech? Cada día crecen no las respuestas, sino las preguntas, la gran incógnita de por qué alguien - otro ser humano - es capaz de semejante despliegue de maldad. Arbitraria, además, aparte de infundada. Viendo ahora toda la evidencia que se ha y se sigue recolectando, muchos han llegado a la conclusión de que este crudo episodio pudo haber sido evitado. En retrospectiva, se trataba de un alma enferma que había sacado conclusiones equivocadas de la vida. Un historial de escritos violentos, el vocabulario minado, su estancia en un hospital psiquiátrico en el 2005 y la consecuente medicina, el delito de perseguir y acosar a dos compañeras de la universidad, su soledad crónica, el total desinterés por desarrollar una conversación sensible, la rabia contenida… Todo esto reunía nuestro muerto asesino. Características que por sí solas no habrían levantado gran sospecha, pero que en conjunto se han convertido en el síntoma perfecto del mal. Ahora temo que se desate una cacería de brujas similar a los tiempos de la Inquisición. ¿Justificada? Si me preguntan a mí diría que no, pero sería otra la respuesta si la pregunta se le hace a la comunidad de Virginia Tech. Y sería lo normal, porque no es sencillo deshacerse de la zozobra y de la picazón de la desconfianza. Por eso es fácil predecir futuras acusaciones erróneas y hasta quizás una que otra acertada, pero las leyes vigentes se encargarán de respetar el albedrío del individuo, tal vez hasta que vuelva a ser demasiado tarde. Es, lamentablemente, una de las paradojas de la libertad.   
Me resisto a decir que la suerte estaba echada para las treinta y dos víctimas (más las casi dos decenas de heridos). En mi religión sólo hay un santo de mi completa devoción: San Sentido Común, patrono de la razón. Y esa mañana, en Virginia Tech, alguien con un corazón cerrado le apagó todas las velas y se hizo con todas las limosnas.
¿Qué nos queda de todo esto? No mucho más de un ojalá. Ojajá no suceda de nuevo. Ojalá que una combustión instantánea acabe con todas las armas. Ojalá nuestro código genético se olvide de una buena de vez de la violencia.

Alá me libre de la justicia

Sí, eso mismo estarán pensando algunos en Irán. Porque en este caso la justicia, personificada en la Corte Suprema iraní, ha revocado la sentencia de seis miembros de una importante milicia religiosa que habían sido hallados culpables por una corte regional de haber asesinado a cinco personas “moralmente corrompidas”, en nombre del Islam. Las últimas dos víctimas eran una pareja de novios que ya tenían fecha para su boda pero que fueron vistos caminando juntos en público, algo que no es costumbre en el islamismo radical. Por eso fueron asesinados. Mi indignación no se trata de diferencias culturales, del liberalismo occidental versus el conservatismo del Medio Oriente; estamos hablando de vidas humanas juzgadas por nociones retrógradas, por un férreo culto al guarde de las apariencias. Sólo basta con convencer al juez de que el asesino creía que la víctima era, repito, “moralmente” corrupta para que los cargos le sean retirados. En el obsceno caso de que el asesino se haya “equivocado”, no importa, ya que su intención fue la mejor, o sea, seguir y guardar las leyes del Islam. En dicho caso al asesino se le obliga a pagar una suma de dinero, conocida como “dinero de sangre”, a la familia de la víctima. La cantidad la establece el alto clérigo, pero hay que tomar en cuenta que si la víctima es mujer o es un hombre que no es islamita la cantidad a pagar se reduce a la mitad.
El caso de estos seis asesinos es sólo uno de los tantos que ocurren mes tras mes en Irán, pero son pocos los que logran escapar el cerco de la censura hasta la atención internacional. En otro caso que ocurrió hace ya un tiempo, una joven de dieciséis años de un pueblo llamado Neka, al norte de Teherán, fue llevada a la horca por haber cometido, según el juez que la condenó, “crímenes de castidad”. Prefiero no escribir lo primero que se me vino a la mente cuando me enteré de esta condena desalmada, pero lo voy a resumir con una frase que le he escuchado varias veces a un amigo: “lo que tiene entre las piernas es de ella, que haga lo que quiera”. Claro que siendo la muchacha una menor, no hay que llegar al nihilismo que propone con tanto entusiasmo mi amigo, pero mucho peor es vejarla, quitarle la vida. Como agnóstico que trato de ser, encuentro que toda vez que se lleva a cabo una acto de justicia en nombre de Dios, sea cual sea su nombre, el remedio es peor que la enfermedad. Hay un dicho en inglés que siempre me ha llamado la atención: “youth is wasted on the young”. De forma paralela, se podría decir que quienes tienen el Poder lo desperdician abusando de él. La historia no absuelve a nadie sino que le desproporciona…

Siempre es hoyApril 18, 2007 8:41 pm

Pacto

 No la conocía. Por supuesto que había escuchado hablar de ella, pero nunca la había visto, nunca había estado frente a sus colores, participando de todo el esplendor de su presencia. Llegó poco a poco, como de puntillas entre los retazos de luz y la lluvia, y ahora la encuentro en todas partes, cómoda y extensa. Se piensa, “ojalá hubiera venido para instalarse para siempre”. Y sin embargo sabemos que las flores han de marchitarse, que las hojas cambiarán de color y caerán hasta vestir de oscuridad el frío del suelo. Pero para entonces las abejas ya habrán terminado sus labores y habremos mostrado de nuevo al aire nuestra piel. Luego de tanta espera, tiempo en el que también se gestan las metáforas, llega la primavera y la vida retoma su impulso milenario, el vivo misterio de los astros y la recompensa a una plegaria hilada en todos los idiomas. “Ya nadie se está comiendo el sol.”

El arco y la liraApril 15, 2007 1:25 am

Porque no se necesita

conocer al tiempo

para entender

que su trazo es imperfecto

y que la espada de un segundo

puede rebanar la ilusión

de una semana o de una vida.

 

 


Ya no se trata

de guardar la memoria

sino de tallarla

y dejarla libre como un eco

que nos sorprenda

en mitad de algún instante.

 

 


Antes no hablaba

de los sueños

ni de los momentos

más largos de la noche

pero ningún sobre

se cierra para siempre

y en el mío estaba la fecha

de ayer y su sentencia.

 

 


Ya puedo decir

que también yo sufro

de recuerdos,

y al fin delatar

esta imposible lucha

de querer cambiarlos

hasta que no sean más

esta insalvable madreselva.

 

 


Por ejemplo,

“sí, también sus labios

me besaron,

y la noche

guardó sus uñas

mientras ella se encendía

un cigarrillo,

 

 


y en se mismo fuego

escuchamos el trepidar

de todo lo adverso,

de cada giro letal

e inoportuno”.

 

 


Adentro,

una música insiste

y advierte,

de ti aprendió

mi corazón.

Mansas quimerasApril 12, 2007 5:37 pm

 No había rastros de sonrisa mientras sus labios se estiraban y el golpe de su aliento apagaba, en cuestión de segundos, aquel batallón de velitas encendidas. Su semblanza, el timbre de su voz, el hondo brillo de su mirada, todo era idéntico al día anterior, al once de abril, el último día de sus cincuenta y nueve años. Pero ahora que el calendario la delataba y que entraba empujada por los años en la sexta década de su existencia, Malva se sentía traicionada. Y entendió, según su propio criterio, aún mientras su tronco se plegaba sobre la mesa y los hoyitos en sus mejillas sugerían, de haberla visto desde lejos, quizás desde la ventana de algún vecino apartamento, que ella soplaba sobre una torta de cumpleaños, que ya nada volvería a ser igual y que ya no habrían artificios franceses ni diligencias del bisturí donde podría esconderse. Tal vez por eso respondió con calma cuando Antonia le preguntó por el espejo de la sala. “Lo decidí esta mañana”, dijo. “Desmonté todos los espejos de la casa. De verdad, no me hace falta darme cuenta de cómo el tiempo se entretiene con mi cuerpo”. Ambas se rieron, tomadas de manos, pero quien las vio supo en seguida que se trataba de risas diferentes.

Siempre es hoyApril 4, 2007 7:03 am

Crucigrama No importa el ruido que hagas en esta vida. La eternidad es inmóvil; no cambia, no envejece, y es callada y majestuosa. Me gusta pensar que también es elegante y exacta, como un poema de Borges. Y en ella cabemos todos, no como números y adiciones, no como fracciones de algo racional, sino como pistas de un crucígrama íntimo y enloquecido, como la vida misma, como un anhelo del Sábato rabioso. Somos eso, estelas de palabras, signos verticales y horizontales de todo lo que sufre y disfruta el corazón.

Circo negro, Siempre es hoyApril 1, 2007 7:06 pm

 Por experiencia propia, desconfío de quien asegure que el hombre contemporáneo no tiene tiempo para pensar. Todo lo contrario. Tenemos demasiado tiempo para divagar, para perdernos en la neblina de sueños diurnos. Por ejemplo yo, regresando de la oficina, con la corbata todavía apretándome el pecado de Eva y jugando a encontrar en los tres espejos del carro las caras mortificadas de los otros conductores que me acompañan en una nueva escena de esta lenta obra de teatro que se llama Tráfico. El folleto promocional asegura que la obra ha tenido un sostenido éxito en todas las ciudades del mundo, desde Génova hasta Beirut, pasando por Shangai, Maracaibo y los altibajos de San Francisco. Frente al volante, con las manos sobre él ya por costumbre, me encuentro con el reflejo de frentes fruncidas, de orejas y bocas inaudibles colgadas de un teléfono móvil, de uno que otro disidente que sigue con la cabeza el ritmo de alguna música. Yo observo. Por la vestimenta del conductor puedo ir adivinando de dónde vienen, cuál es su profesión, y hasta quién les espera al abrir la puerta de su hogar, dulce hogar, cuando esta serpiente metálica e inmóvil termine de digerirnos a todos y nos bote, al fin, en alguna de las calles de esta ciudad invadadida de pinos y circundada por tantas montañas afiladas. Pero tampoco allí estaremos libres, me temo, porque ya nos estarán esperando esos monstruos colgantes de tres ojos, con su rojo, verde y amarillo, para obligarnos a detenernos y de nuevo tentar lo que queda de la fracturada paciencia. Sólo al entrar en casa culmina, al fin, la función del día, y tras la puerta se cierra el telón y se escucha el rugido ensordecedor de los aplausos. No sabemos si salir y presentarnos a la audencia, recibir el ramo de flores de tallo largo y dar un último saludo hasta desaparecer, hasta el día siguiente, detrás de la altísima fortaleza de terciopelo que separa el estruendo de las butacas con la paz del televisor y de la familiar alarma que nos invita a abrir y disfrutar de otra cena más, cortesía de esa maravilla que todos conocemos, simplemente, como el microondas.

Sube el telon