Por experiencia propia, desconfío de quien asegure que el hombre contemporáneo no tiene tiempo para pensar. Todo lo contrario. Tenemos demasiado tiempo para divagar, para perdernos en la neblina de sueños diurnos. Por ejemplo yo, regresando de la oficina, con la corbata todavía apretándome el pecado de Eva y jugando a encontrar en los tres espejos del carro las caras mortificadas de los otros conductores que me acompañan en una nueva escena de esta lenta obra de teatro que se llama Tráfico. El folleto promocional asegura que la obra ha tenido un sostenido éxito en todas las ciudades del mundo, desde Génova hasta Beirut, pasando por Shangai, Maracaibo y los altibajos de San Francisco. Frente al volante, con las manos sobre él ya por costumbre, me encuentro con el reflejo de frentes fruncidas, de orejas y bocas inaudibles colgadas de un teléfono móvil, de uno que otro disidente que sigue con la cabeza el ritmo de alguna música. Yo observo. Por la vestimenta del conductor puedo ir adivinando de dónde vienen, cuál es su profesión, y hasta quién les espera al abrir la puerta de su hogar, dulce hogar, cuando esta serpiente metálica e inmóvil termine de digerirnos a todos y nos bote, al fin, en alguna de las calles de esta ciudad invadadida de pinos y circundada por tantas montañas afiladas. Pero tampoco allí estaremos libres, me temo, porque ya nos estarán esperando esos monstruos colgantes de tres ojos, con su rojo, verde y amarillo, para obligarnos a detenernos y de nuevo tentar lo que queda de la fracturada paciencia. Sólo al entrar en casa culmina, al fin, la función del día, y tras la puerta se cierra el telón y se escucha el rugido ensordecedor de los aplausos. No sabemos si salir y presentarnos a la audencia, recibir el ramo de flores de tallo largo y dar un último saludo hasta desaparecer, hasta el día siguiente, detrás de la altísima fortaleza de terciopelo que separa el estruendo de las butacas con la paz del televisor y de la familiar alarma que nos invita a abrir y disfrutar de otra cena más, cortesía de esa maravilla que todos conocemos, simplemente, como el microondas.

Sube el telon