No había rastros de sonrisa mientras sus labios se estiraban y el golpe de su aliento apagaba, en cuestión de segundos, aquel batallón de velitas encendidas. Su semblanza, el timbre de su voz, el hondo brillo de su mirada, todo era idéntico al día anterior, al once de abril, el último día de sus cincuenta y nueve años. Pero ahora que el calendario la delataba y que entraba empujada por los años en la sexta década de su existencia, Malva se sentía traicionada. Y entendió, según su propio criterio, aún mientras su tronco se plegaba sobre la mesa y los hoyitos en sus mejillas sugerían, de haberla visto desde lejos, quizás desde la ventana de algún vecino apartamento, que ella soplaba sobre una torta de cumpleaños, que ya nada volvería a ser igual y que ya no habrían artificios franceses ni diligencias del bisturí donde podría esconderse. Tal vez por eso respondió con calma cuando Antonia le preguntó por el espejo de la sala. “Lo decidí esta mañana”, dijo. “Desmonté todos los espejos de la casa. De verdad, no me hace falta darme cuenta de cómo el tiempo se entretiene con mi cuerpo”. Ambas se rieron, tomadas de manos, pero quien las vio supo en seguida que se trataba de risas diferentes.