“Un disparo de nieve”


¿Cómo no dedicarle unas palabras a la masacre en la universidad Virginia Tech? Cada día crecen no las respuestas, sino las preguntas, la gran incógnita de por qué alguien - otro ser humano - es capaz de semejante despliegue de maldad. Arbitraria, además, aparte de infundada. Viendo ahora toda la evidencia que se ha y se sigue recolectando, muchos han llegado a la conclusión de que este crudo episodio pudo haber sido evitado. En retrospectiva, se trataba de un alma enferma que había sacado conclusiones equivocadas de la vida. Un historial de escritos violentos, el vocabulario minado, su estancia en un hospital psiquiátrico en el 2005 y la consecuente medicina, el delito de perseguir y acosar a dos compañeras de la universidad, su soledad crónica, el total desinterés por desarrollar una conversación sensible, la rabia contenida… Todo esto reunía nuestro muerto asesino. Características que por sí solas no habrían levantado gran sospecha, pero que en conjunto se han convertido en el síntoma perfecto del mal. Ahora temo que se desate una cacería de brujas similar a los tiempos de la Inquisición. ¿Justificada? Si me preguntan a mí diría que no, pero sería otra la respuesta si la pregunta se le hace a la comunidad de Virginia Tech. Y sería lo normal, porque no es sencillo deshacerse de la zozobra y de la picazón de la desconfianza. Por eso es fácil predecir futuras acusaciones erróneas y hasta quizás una que otra acertada, pero las leyes vigentes se encargarán de respetar el albedrío del individuo, tal vez hasta que vuelva a ser demasiado tarde. Es, lamentablemente, una de las paradojas de la libertad.   
Me resisto a decir que la suerte estaba echada para las treinta y dos víctimas (más las casi dos decenas de heridos). En mi religión sólo hay un santo de mi completa devoción: San Sentido Común, patrono de la razón. Y esa mañana, en Virginia Tech, alguien con un corazón cerrado le apagó todas las velas y se hizo con todas las limosnas.
¿Qué nos queda de todo esto? No mucho más de un ojalá. Ojajá no suceda de nuevo. Ojalá que una combustión instantánea acabe con todas las armas. Ojalá nuestro código genético se olvide de una buena de vez de la violencia.

Alá me libre de la justicia

Sí, eso mismo estarán pensando algunos en Irán. Porque en este caso la justicia, personificada en la Corte Suprema iraní, ha revocado la sentencia de seis miembros de una importante milicia religiosa que habían sido hallados culpables por una corte regional de haber asesinado a cinco personas “moralmente corrompidas”, en nombre del Islam. Las últimas dos víctimas eran una pareja de novios que ya tenían fecha para su boda pero que fueron vistos caminando juntos en público, algo que no es costumbre en el islamismo radical. Por eso fueron asesinados. Mi indignación no se trata de diferencias culturales, del liberalismo occidental versus el conservatismo del Medio Oriente; estamos hablando de vidas humanas juzgadas por nociones retrógradas, por un férreo culto al guarde de las apariencias. Sólo basta con convencer al juez de que el asesino creía que la víctima era, repito, “moralmente” corrupta para que los cargos le sean retirados. En el obsceno caso de que el asesino se haya “equivocado”, no importa, ya que su intención fue la mejor, o sea, seguir y guardar las leyes del Islam. En dicho caso al asesino se le obliga a pagar una suma de dinero, conocida como “dinero de sangre”, a la familia de la víctima. La cantidad la establece el alto clérigo, pero hay que tomar en cuenta que si la víctima es mujer o es un hombre que no es islamita la cantidad a pagar se reduce a la mitad.
El caso de estos seis asesinos es sólo uno de los tantos que ocurren mes tras mes en Irán, pero son pocos los que logran escapar el cerco de la censura hasta la atención internacional. En otro caso que ocurrió hace ya un tiempo, una joven de dieciséis años de un pueblo llamado Neka, al norte de Teherán, fue llevada a la horca por haber cometido, según el juez que la condenó, “crímenes de castidad”. Prefiero no escribir lo primero que se me vino a la mente cuando me enteré de esta condena desalmada, pero lo voy a resumir con una frase que le he escuchado varias veces a un amigo: “lo que tiene entre las piernas es de ella, que haga lo que quiera”. Claro que siendo la muchacha una menor, no hay que llegar al nihilismo que propone con tanto entusiasmo mi amigo, pero mucho peor es vejarla, quitarle la vida. Como agnóstico que trato de ser, encuentro que toda vez que se lleva a cabo una acto de justicia en nombre de Dios, sea cual sea su nombre, el remedio es peor que la enfermedad. Hay un dicho en inglés que siempre me ha llamado la atención: “youth is wasted on the young”. De forma paralela, se podría decir que quienes tienen el Poder lo desperdician abusando de él. La historia no absuelve a nadie sino que le desproporciona…