Paraguas amarillo

 Salimos juntos del edificio pero a los pocos pasos me separé de ella y de su paraguas amarillo para adelantarme y tenerle abierta la puerta del auto, para que esperara bajo la lluvia lo menos posible. Ella, que igual se había empapado desde los tacones hasta las invisibles horquetillas del cabello, me lo agradeció con una suave sonrisa adornada con un tono grana en las mejillas. Por este tipo de despliegues, estos gestos -como le dice ella-, dicen que soy un caballero. Y sí, es probable que lo sea, al menos en contraste con la media masculina. Lo cierto es que el mérito no es mío. El mérito lo tiene, en realidad, una sola mujer, Ana Karina Losano, la mexicana. Alta (casi tanto como yo), tenía el porte elegante del modelaje, aunque sin la quijada pretenciosa y los labios más bien carnosillos. Caminábamos juntos las calles ardientes de Los Ángeles, obligándome ella a estar siempre del lado de la calle para protegerla, de algún charco oscuro, de algún auto desbocado, de lo que fuera que pudiera afectar su carácter de mujer indiscutible. Cuando me descuidaba siempre me lo recordaba con un tono que podría haber pasado por cordial de no haber ido acompañado por la intensidad de su mirada. Ante sus ojos mis ojos cedían. Y si se lo cuestionaba, como cuando rehusaba a abrirle la puerta del carro para que se bajara, ella decía que era mi deber tratarla así porque ella “lo valía”. Yo, que a decir verdad comenzaba a disfrutar de aquel juego, fui descubriendo que Ana Karina, en cambio, se lo tomaba demasiado en serio. Mis descuidos, a veces por torpeza y a veces por olvido, fueron sumándose con el paso de los meses, hacia el adviento de otro ocre otoño. Supe que me había enamorado de ella demasiado tarde, cuando ya su piel infinita y sus uñas de filo perfecto se cansaron de mi indiligencia. Así me lo hizo saber un jueves de noviembre, en la perfecta caligrafía de una carta profundamente perfumada y sellada con la cera de una vela artesanal de la Toscana. Como un eco exquisitamente burgués, las últimas palabras de su tinta azul decían, "porque yo lo valgo, Manuel, porque yo lo valgo". Más abajo su firma extensa y elegante, acompañada por lo que parecía una mínima corona dibujada sobre la o. Y yo, caballero desplazado, regresando a cada recuerdo para abrirle con esmero todas las puertas y hacer de escudo contra charcos, batallando por ella la garúa.