Está, por ejemplo, Guillermo Foix, un hombre alto, de bigote grueso y voz de ex fumador. Más que voz diría risa, risa de ex fumador. No es fácil adivinar que es director de una revista que con cada tirada pierde lectores. “La culpa es de la internet”, se justifica, malhumorado. Es probable que por eso haya regresado al cigarrillo, aunque nadie lo sepa, aunque ahora en vez de fumárselo completo le dé sólo unas pocas caladas antes de arrojarlo al suelo. Pero ha vuelto, y el vicio, que siempre perdona, le esperaba con los brazos abiertos, como debieron haber recibido a Ulises luego de su brutal regreso. Esta noche Foix ha dormido bien, algo inusual. Ya en la mesa, mientras tomaba la segunda taza de café, se recordó que fue por el sueño maravilloso que tuvo. Un sueño bolañesco, si se quiere. Estaba él, vestido con una pesada armadura medieval, sobre un altísimo rascacielos de Chicago. Empuñaba una espada suficientemente afilada, según él mismo había comprobado con la yema del índice, y que brillaba como un espejo viejo. Estaba a tiempo para su duelo. También su contrincante fue puntual. En el instante en que sus miradas se cruzaron empezó el combate. Fue breve pero mortal. Al final, en medio de chispazos y de una fría humareda, Foix se encontró a sí mismo con un pie sobre los escombros de su recién derrotado enemigo, la internet. “Ahora todos regresán a la revista…”, balbuceaba al abrir los ojos, luego de aquel sueño reconfortante.