Estábamos en Acapulco. En lápiz, casi ilegible, están las fechas escritas en la delicada caligrafía de mi madre, que en paz descanse. Abril tal o cual de 1964. Ahora paso una a unas las fotos, evitando colocar las yemas sobre los colores, como me enseñaron desde niño, quizás desde antes de esas vacaciones de verano en las brillante playas de Acapulco. Yo tenía cinco años, cerca ya de los seis, la âge terrible… Me detengo en una de las fotos. Con su sombrero de hongo, su bigote perfectamente recortado, con su piel tostada por las inclemencias del sol, con sus ojos claros perforando el lente de la cámara y revolviendo la quietud de mi infancia, aquél turista gringo. Fue la primera vez que vi a alguien de tez y rasgos diferentes. Mi padre – recuerdo –, que vio mi cara de impresión, me sentó en sus piernas y me dijo, “es un gringo, mijo, un extranjero.” “¿Un extranjero?”, repetí. “Sí, alguien que no es de México,” siguió explicándome. Me dejó ir y regresé a la arena mojada, a construir castillos y jugar con una barca de madera. Otra foto me retrata jugando con una hermosísima chiquilla de cabellos dorados enroscados y ojos azules. Era la hija del extranjero. Jugábamos sin hablar, entendiéndonos como sólo los niños pueden hacerlo. En algún momento, la niña me regaló un caramelo, del que todavía recuerdo su forma, su color y el sabor a mantequilla perfumada. Esa tarde, de regreso en el hotel, mi padre me preguntó por qué estaba tan pensativo. “Yo quiero ser extranjero, papá”, le confesé. Él, como un presagio, dijo que sí, que seguramente era mi destino serlo, y que me iría a vivir al Norte y me casaría con una linda rubia de ojos azules. ("Florence, por supuesto".) Dejo las fotos sobre la mesa y aparto lentamente las cortinas. Mis hijos, Andrew y Albert, corriendo sobre la hierba de Montana me producen una nostalgia que confundo con un escalofrío. “Ay, Acapulco, Acapulco…”

Acapulco