Una huella
en el calor de tu mano
sobre el vidrio.
Afuera, era el frío
el que dibujaba tu palma
y los cinco dedos
con que cocinas todavía
el plátano azucarado
y el arroz con demasiada mantequilla.

 

La noche nos daba la espalda
en el balcón. Ocupada
con palabras de otra infancia,
el recuerdo de tu primera sangre
y de una hoguera
con todos los secretos
que habías acumulado
con la ayuda de un millón
o más de hormigas.
(Siete veces el peso
de tu cuerpo.)

 

Semanas de cuidados
le dieron a tus uñas
el filo y la fuerza.
Cuando escribías el abecedario
sobre la piel de mis ojos
cerrados, cuando era un juego
darnos unas pocas sílabas
y contentarnos con lo que completaba
la mirada.

 

Cada mañana de hilos sueltos
te recuerdo, tras la suave erosión
de las termitas en la madera del detalle.
El sueño se encarga de desordenar
lo que con tan torpe destreza
ordena la razón durante el día.
El amor, que estuvo sentado
en esta mesa, que comió
con nosotros sushi con anguila,
se marchó, dejando sobre el escritorio
algunas deudas:
precios importantes de llamadas telefónicas,
recibos de una temporada compartida,
mensajes espontáneos
de un amor convertido en un rompecabezas

de perfumadas servilletas.

Love is a puzzle