Bandera pirata Sucedió el viernes pasado, durante una de las funciones en las que estrenaban la tercera y, por ahora, útima entrega de la saga Pirates of the Caribbean. (Sobre la película prefiero no opinar en este momento). Ya habían apagado las luces, aunque no todas, y se escuchaba el rumor indefinible de la expectativa. Ajustando las metáforas, bien se podría decir que en aquel mar de sillas cómodas y replegables la audiencia estaba repartida en pequeños grupos harto conocidos: la familia, los amigos, la pareja, el solitario, la cita a ciegas, los coleados, y… los piratas. Estos últimos, vestidos de la misma forma que lo haríamos tú o yo, se habían sentado justo en la fila detrás de la mía, en la que me acompañaban unas amistades. El azar o una broma de mal gusto, de esas que destacan los peores rasgos de un estereotipo, quiso que los piratas que nos acompañaban esa noche, perfectamente camuflageados, fueran mexicanos. En fin, “latinos”. Sus palabras, lo único entendible proveniente del ámbito de la sala, se escuchaban entre el crujir de cotufas* y los sorbidos de algunos labios cerrados sobre pitillos queriendo beber hasta la última gota. Sin embargo nada de lo que dijeron les delataba como piratas. Hablaban más bien de música, me pareció, y de una muchacha llamada Jimena o Ximena que había sido “muy mala con Fernando”. Por supuesto, instantáneamente también me pusé del lado de Fernando, a quien me imaginé flaco y alto, llevándole desgarradas serenatas a una mujer de mirada fuerte y que sonreía sólo cuando una cortina naranja le tapaba esa boca de labios marcados. Se trataba, pues, de piratas que conocían de las batallas del amor, por lo que en algún momento pensé que hubiéramos podido haber sido amigos, como narrara alguna canción de Vicente Fernández. La película empezó a tiempo y pronto me dejé llevar por la trama fantasiosa: una extraña hermandad de piratas se reunía en el Mar Caribe para derrotar a la armada inglesa, entre otras cosas sobrenaturales. O sea, el crímen, al menos esta vez, pagaba. Pero no para todos, me temo, porque de repente irrumpieron en la sala seis policías completamente armados y subieron a trote por las escalerillas iluminadas. Se detuvieron justo al lado de nosotros y alumbraron con insistencia la fila de arriba, buscando a los buenos amigos de Fernando. Hubo un forcejeo de palabras hasta que uno de los mexicanos se levantó y caminó, lento y con las manos arriba, hasta los policías, quienes le arrestaron al instante. Antes de comenzar el descenso hacia la salida de la sala, el muchacho, de cara morena y ovalada, se volteó y le pidió en castellano a sus compañeros piratas que le avisaran “a Nick” para que lo sacara. En su voz no había miedo ni arrepentimiento. Yo pensé que iba a tropezarse, pero lo vi salir esposado de la sala sin haber pisado la maraña de cables que colgaban de su suéter y con los que, momentos antes, había estado filmando ilegalmente la película ‘Piratas del Caribe 3’. Sólo entonces entendí al capitán Jack Sparrow (personificado por Depp) y vi claramente esa línea que enlaza los días de los piratas asaltando Cartagena o Curazao con la piratería contemporána, como la gestada en las salas de cine de Seattle (Bellevue). Todos, alguna vez, con razón o sin ella, y por el argumento que fuera, le hemos querido ganar a la armada inglesa… Sólo espero que Fernando se olvide pronto de Jimena o Ximena, porque algo me dice que ella guarda su corazón en la oscuridad inalcanzable de un cofre sin llave. Y allí, amigos, no hay pirata que entre.