Miraba cómo se elevaba el humo del café hasta dispersarse en el aire sin esfuerzo. Desaparecía sin dolor, sin alardes, mágicamente, mientras él permanecía sentado en la banca verde, hipnotizado, viéndolo desvanecerse. Pasaban frente a él, pero sin que él reparara en ellos, los corredores, los ciclistas que abarrotan las mañanas, las divorciadas y los homosexuales que pasean sus perros vistosos armados de bolsitas de plástico y paciencia. O cariño, o verguenza, o repugnancia, quién sabe. Dio un primer sorbo temiendo quemarse la lengua. Fue un sorbido casi imperceptible, entre tímido y respetuoso. Era su manera de tomarse en serio la vida, habráse de suponer. Detrás de él, específicamente detrás de un espeso muro de cerezos que estaba a su espalda, había otro banco. Era imposible adivinarlo desde ese lado porque las ramas entrecruzadas creaban una pared impenetrable, pero sólo bastaba con seguir el camino asfaltado por un par de curvas y dabas con él, del mismo tamaño y color, y clavado al suelo con el mismo tipo de tornillos. Allí se sentó una pareja de novios, sin duda. Hablaban de la noche anterior con una complicidad revoltosa. Decidió suspender la bebida del café y escucharles a medida que las palabras llegaban menos sueltas y se convertían en ideas enteras. “Tú y yo estaremos juntos toda la vida” o “lo de anoche fue increíble, Sofía, nunca pensé que podría amar a alguien de esta forma”. ¿Envidia? Posiblemente, aunque no dejó de encontrarlo demasiado cursi. Se levantó con una lentitud exagerada y cambió a su mano izquierda el vaso de Starbuck’s, que aún producía una leve línea de humo danzante. Se acomodó torpemente la bufanda y caminó sobre el lado derecho de las curvas negras, evitando un par de ciclistas en licra. Pasó entonces frente a la pareja, que en ese momento se besaba, y sin detenerse vió el lado izquiero de la cara, el ojo cerrado y acaso enamorado de Sofía. ¿Cuántos meses habían pasado? ¿Cinco? ¿Cuatro y medio? La ciudad, se dijo al fin, se me está haciendo cada día más pequeña. En ese momento quiso tener una bicibleta también él y pedalear hasta el fin del mundo, hasta adentrarse en las sombras, para finalmente hundirse como una gota entre los pliegues del recuerdo. Otro sorbo, y que arda conmigo esta lengua.
Habrá silencio y todo lo que quieras.
Habrá luz, alfombras, vinos,nueces, mar, avión, papagayos y ascensores.
Tendremos la suerte de ver la artesanía
y desde su barro nos dará lugares
donde sentarnos en la historia.La miel y la sangre del tiempo serán suficientes,
y también el milagro de los grifos.
Nos veremos en los ojosde cada fotografía, con la recompensa
de quien espera hasta el último minutosin rendirse y sin asomarse
ni una sola vez frente al espejo.Desaparecerán, entre otras cosas,
la piel arrugada de los codosy cualquier vello innecesario.
La mente será un cuerpo de aguadenso y plateado, como mercurio.
igual que el golpe de luz para romperla.
Para luego asustar diciendoque nunca la felicidad intacta,
jamás caminar sin ver de nuevo,ni una vez más, siquiera,
la casa que dejas en la arena,tan lejos de las ruinas de Sodoma.
El amor, como la muerte,
para los historiadores
y los dulces subversivos.
“… nos hace tratarnos con delicadeza en nuestro caso y a la vez con gran confianza, quiero decir que nos lo contamos todo y nos decimos palabras de consuelo o distracción o ánimo cuando advertimos que esas palabras son necesarias al uno o al otro. También nos echamos de menos (vagamente de menos) cuando no estamos juntos, una de esas personas (en la vida de cada cual hay cuatro o cinco, y de ellas se sufre en verdad la pérdida) a las que uno está acostumbrado a informar de lo que le ocurre, es decir, en las que uno piensa cuando le sucede algo, divertido o dramático, y para las que uno acumula hechos y anécdotas. De buena gana se aceptan reveses porque van a relatarse a esas cinco personas. “Esto tengo que contárselo a Berta” piensa uno (pienso yo muchas veces).”
Fragmento de Corazón tan blanco, de Javier Marías. Algo para compartir con las más queridas amistades.
