
Nunca he sido de los que aman el suspenso. Al contrario, cuando me enfrento a él siempre salgo derrotado, llegando inclusive a saltarme párrafos y páginas enteras [de un libro] para dar con el final, con el cese de la intriga. Sólo con el punto final respiro. He dado el ejemplo del suspenso literario, un suspenso que por ser ficticio lo hace en el fondo más llevadero, pero ¿qué pasaría si la vida se convierte ella entera en suspenso, en misterio, en un estado indefinido? Vivirla sería un suplicio, más que cualquier otra cosa. Sería una existencia corta de certezas. Es por eso que encuentro desproporcionado y grotesco este último empeño del presidente Chávez de hacer que su puesto – el mando ejecutivo – goce de reelección (suspenso) indefinida. Por otra parte, tampoco voto a favor de las peligrosas críticas de la oposición pretendiendo que también otros cargos políticos y de servicio público puedan ser reelegidos indefinidamente. No creo que esta sea la mejor solución, partiendo de la dudosa hipotética de que Chávez permita estas otras reelecciones. Al contrario, los cargos públicos deben ser limitados a una cierta, razonable cantidad de años. De cuatro a seis, como máximo, con la posibilidad de una sola reelección, si acaso. La vida política de un país debe tener el menor suspenso posible y ser, de hecho, aburrida y predecible, sin mayores exaltaciones, pero siempre coherente. Eso sería lo ideal. Como van las cosas, aunque pudiera, creo que no saltaría hasta la última página de este rojo suspenso porque ya todos sabemos qué va a suceder. Lo que no se sabe es cómo o cuándo, o, peor aún, si será esta la última vez. Ya no es “¿cuándo se jodió el Perú?”, como en Conversación en La Catedral, sino ¿cuándo va a dejar de joderse Venezuela?
Scrivere è un’altra maniera di amazzare il silenzio. Questa città di fiumi persi, questa inutile vergogna della luce… Tante cose che vogliono essere foglie, libri aperti.
Siamo a volte il ponte,
l’altura che avanza
su un’acqua che ha una strana fretta,
una fretta lontana
che non si può capire.
Non c’è niente più triste
che il dimenticare,
sappere che ogni giorno
ha un volto diverso
e che siamo noi
quelli che non cambiano.
Sotto il tempo
nascono le parole.
E con le parole
facciamo la pace
con il buio,
con la vecchia paura
di svegliarsi una mattina
solo, con il cuore
troppo lontano dei primi sogni,
della ingegneria della felicità
in cui nessuno
finisce mai di laurearsi.
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La cultura. A ver, defínela. Te reto a que le des un cuerpo de palabras a esa idea voluminosa, extensa, inasible. Te prohíbo recurrir a la síntesis del Larousse o a la manida arrogancia del almighty Wikipedia. Tu labor es construírla, hacerla de piedra o de colores, de pentagramas o vibrantes sintetizadores. Su forma es la forma que poco a poco le vayan otorgando los años, fuera del olvido y de las modas. En ella cabemos todos y en ella nos diluímos, como gotas blancas o dogmas que caen y desaparecen en el agua. ¿Cómo evitar que el mundo – ella misma – la devore?
Se habla y se aboga por su fomento pero de una manera manipulada. Se le toma tantas veces por inútil, aburrida, y en el mejor de los caso por rancia y severa. La cultura es cosa de otro siglo, se dice. Contados son los medios de comunicación que le dedican – muchas veces a regañadietes, como con cierto remordimiento – un espacio propio. De su paso por la escena política quedan sólo ténues estelas, a veces con su dósis de bochorno. Nunca más un Pablo Neruda, quien entre versos y hablando de literatura logró que la Francia de Georges Pompidou levantara su embargo sobre el cobre chileno. Cerca estuvieron García Márquez y Carlos Fuentes de lograr que Bill Clinton, en una tarde literaria en Martha’s Vineyard, aliviara el embargo a la Cuba castrista, pero el caso de Mónica Lewinsky terminó por tragarse completa su atención. Ahora nos queda la vergüenza al recordar a Fox advitiéndonos que “América Latina debe huir de la dictadura perfecta, como lo dijo el premio Nóbel colombiano de literatura, Mario Vargas Llosa", cuando Vargas Llosa es íbero-peruano y – lamentablemente – aún no gana el Nóbel. Y ni hablar de tener que soportar a Chávez citando, por ejemplo, a Noam Chomsky, sabiendo que el presidente venezolano hasta el buenos días los da con tilde político, impermeable a las bondades de la cultura.
La cultura es el legado que el hombre, conjugado con la historia, nos viene regalando desde siempre, con la única petición de que también nosotros vayamos aportando algo para enriquecerla. Ahora que gozamos del saber instantáneo gracias, entre otras maravillas, a la internet, podemos ir dejando de lado el complejo con que se ha venido llevando la cultura. Hay cosas que todos deberíamos saber y hay otras con las que nadie debería perder su tiempo. Saber diferenciarlas es hoy más que nunca una virtud, y un deber el luego compartir los descubrimientos. Yo empiezo por recomendar la mitología griega, lecturas que le dieron altura – desde el Hades al Olímpo - a tiempos de harta imaginación febril. Tal vez diga todo esto porque hoy vi ‘El laberinto del fauno’, del director mexicano Fernando Del Toro, una película que te devuelve, por momentos, la libertad que sólo se daba en el encuentro entre la imaginación y la inocencia. Por ese candor han ardido de igual forma pueblos y libros, uniformes y ballestas.
