Tren

 Pasan los años, porque los años pasan, y lo que antes era destino o meta vemos que se ha convertido en una sucesión de días y noches previsibles, programadas. Atrás van quedando los días de la juventud desmesurada o de la moldeable infancia en la que una imagen o una frase que escucháramos eran suficientes para cambiarnos la vida para siempre. Pero decir hoy en día para siempre es adentrarse ya en otro destino, uno mucho más laxo donde el devenir del tiempo parece haber cobrado un momento más obstinado. La velocidad del tiempo es la misma pero su masa arrastra el peso de la experiencia, la acumulación de lo que se ha vivido, escrito o leído. Este tiempo le va restando periferia al destino, que se adelgaza y va limitando sus pasos a las rocas que se asoman contadas sobre el agua. Es un camino de piedra que parece alargarse hasta más allá del horizonte, pero que esconde el corte de la muerte, a veces en el momento injusto, pero casi siempre en el momento certero, con la habilidad de un arquero abnegado y valiente. Es por eso que la muerte reivindica. Es por eso que el destino va ahorcándonos la vida, para que sólo el amor y lo sublime cuenten. Es por eso que el tiempo es el único tren que siempre, siempre nos espera.