Lake Washington (rabiosa belleza rusa)
Un silencio de sol fulminante y agua que choca y choca contra barcos, piedras y pilares. El cuerpo largo y desmayado sobre la madera, con las primeras gotas de sudor que se forman y que luego bajarán por los costados para ser, también ellas, devoradas por la luz y el calor. Lejos juegan los niños, acompañados por las miradas vigilantes de las madres y su propio chapoteo, que tanto les entusiasma. El agua guarda su color desde el fondo, el verde plomo de esas algas que crecen hasta acariciar el nado de los nadadores y avivar el pavor de algunas adolescentes adictas a largometrajes de terror. Esta agua que en realidad no es dulce sino que no es salada es tan liviana que dificulta el flotar, aunque viendo a las gaviotas y a los patos sentados sobre la superficie es difícil de adivinar. Comparto el sol y el muelle con una familia rusa. Los padres visten trajes de baño de otro tiempo mientras que las hijas, tres en total, hablan y cuchichean como sólo lo saben hacer las niñas que han crecido bajo ese amor paternal que ama y somete. Se pasan de mano en mano una cámara de fotos digital donde revisan luego de cada foto el brillo de sus caras. Verlas reír me hace olvidarlo todo por unos segundos. No me sorprende el pensar que con otra edad me hubiera gustado probar su belleza y haber sido yo el simpático causante de sus risas. En el fondo me alegro de que hayan notado mi cara sonrojada cuando les devuelvo la cámara luego de haberme ofrecido a tomarles a las tres juntas una foto. El padre, que ha ido de paseo por el muelle con la esposa, me mira desde lejos con lo que me parece es rabia o algo muy parecido a la rabia. Él, como yo, también ha sufrido un revés en esta tarde. Yo porque esta vez me ha vencido el roce puntiagudo de las algas y él porque ha entendido que algún días sus hijas y él no estarán siempre en el mismo muelle mientras un joven melancólico se topa con su belleza y se ofrece, torpemente, a tomarles una foto que recordará, si no para siempre, al menos por muchos años, ahora perpetuados por las letras.

