Vas conociendo el color

de mis derrotas

y mi manera de adornarlas

con palabras, con esos gestos

que ahora me delatan.

 

 


En esta mesa redonda

de cristal humedecido,

sobre el asiento de cuero peruano

y periódicos a medio releer,

se van trepando la horas

del día siguiendo las huellas

amarillas de la luz.

 

 


Cada palabra deja su sombra

entre nosotros, sostenida

sobre la posibilidad de los recuerdos

o de la distancia

siempre inhóspita del tiempo,

de la profunda brevedad de la memoria.

 

 


Nunca sabré perderme

ante tus ojos. No en la niebla,

ni siquiera en los agujeros blancos

del invierno o en el verde más verde

de este verano desatado.

 

 


¿Qué somos mientras nos llenamos

de silencio bebiendo una taza de café?

La paciencia, como el amor,

es algo que se borda

con el mismo esmero abnegado.

 

 


Un día me abandonaron

todas las certezas.

Porque a veces no sé si soy yo

quien te recuerda

o si eres tú

que regresas de esa mínima muerte

que llamamos olvido.

Porque cada noche es un crímen

que ya nadie venga.

Porque hay perros hambrientos

que duermen bajo castaños

y que las luces de los autos

no despiertan.

Porque, así como te quiero,

hay disparos que nadie sabe si sonaron

porque se los ha tragado el viento.