Cuando te toca sentarte al lado de un obeso que ocupa el asiento junto a la ventana más un tercio del tuyo le echas la culpa al terrible azar que rige la existencia. Pero si te toca, como me tocó a mí en un viaje a San Francisco que casi me arruina la vida, sentarte al lado de una bellísima mujer, te felicitas por dentro porque tal fortuna no puede ser sino cosa del buen destino. ¿Su nombre? Eloisa Perreira, una rubia que aún tan lejos y luego ya de más de dos meses fuera de su Río de Janeiro, gozaba todavía del color bronceado que el sol de por esas playas le tatuó en el cuerpo. Nuestra conversación empezó al yo regañarla por estar leyendo algo de Paulo Coelho, ese autor al que está tan de moda criticar. Ella, con las gafas de sol a modo de cintillo, se volteó con una sonrisa amable y me preguntó por lo que yo estaba leyendo. Se lo enseñé: era un libro de Orhan Pamuk, a quien ella admitió no conocer. La conversación fue adquiriendo forma y fuerza, llegando a revelarnos cosas que sólo segundos antes, al menos por mi parte, considerábamos "secretos". Así fue que me enteré que llevaba dos meses "persiguiendo", esa fue la palabra que usó, a Carlos Alberto, su socio en un negocio en el que, al parecer, no les fue bien. "Me debe dinero", me dijo, "mucho." Yo traté de consolarla comentándole la belleza de su perfil contra la alfombra brillante de nubes que llenaba el óvalo de la ventanilla, pero ella, aunque sonrió ligeramente, siguió pensativa. Se le veía triste, y en su tristeza había una fuerza escondida que hacía que el avión se moviera de más y que el tiempo pasara demasiado incómodo y lento. Fue por eso que se me ocurrió hacerle esa pregunta de la que ahora tanto me arrepiento. "Dime, Eloisa, ¿en qué puedo ayudarte?".

 Ahora recuerdo con miedo su hermosura, sobre todo cuando recibo las cartas manuscritas que me envía desde el psiquiátrico. En esas cartas me recuerda que me quiere y que ya el dinero no le importa pero que si no la saco rápido va a contarlo todo, va a decir que Carlos Alberto no fue a San Francisco para suicidarse saltando del Golden Gate, sino que fui yo, junto a Paulo Coelho, quienes le empujamos. Parece que su recuperación va - ¿cómo es que reza el dicho? - viento en popa… Oh, meu Deus…

                         Deus...