Ha querido entrar y estar ella también del otro lado de la puerta. Busca pero no encuentra ningún espejo cerca donde revisar el color exacto de sus labios y la temperatura de su mirada. En ese momento la asalta la esperanza y cerrando los ojos llama con el pensamiento a que el culpable de esos latidos desbocados abra la puerta y, sin camisa, como ella con fuerza le imagina, la invite a pasar con una sonrisa y los brazos abiertos. Abre los ojos lentamente y reconoce el Don Quijote y el Sancho Panza que adornan la mesa de cristal al fondo del pasillo. Se da cuenta de que la luz debajo de la puerta se ha apagado sin que la puerta llegara jamás a abrirse. Revisa entonces el reloj y se dice – se reclama - que se ha hecho tarde. En el ascensor se encuentra – “me esperaba”, asegura - con Oliverio Girondo, quien le recita un bellísimo poema del que, me confiesa, no recuerda ningún verso. “¿Cómo es posible que no te acuerdes de ni siquiera un verso?”, le pregunto. “No lo sé”, se disculpa, “así son los sueños, así de caprichosos y cobardes.”