Las puertas automáticas de vidrio del hotel se abren sobre la Hochstraße y bajando unos pocos pasos hacia la derecha encuentro la Rosenheimer Straße. Cruzo a la izquierda porque he decidido no tomar el S-Bahn (metro) sino caminar, pasar el puente sobre el verde río Isar – en estos días, por las lluvias tardías de un verano languideciente, tiene un nivel alto y una corriente que fluye más pesada de lo usual - que lleva al centro de la ciudad. Atrás ha quedado el rumor del río cuando me encuentro con la Tal Straße, que me lleva más allá de la Marieplatz, con su torre de reloj de la que salen dos veces por día – a las once y a las catorce - muñecos folklóricos de la Bavaria y con su virgen dorada que sostiene en brazos a un Jesús niño, hasta la Karlsplatz (Stachus), atestada de turistas y jóvenes alemanes que hacen incomprensibles filas para comerse algo en el McDonald´s que acosa el costado suroeste la fuente.

Me siento cómodo en las amplias aceras de Munich, una ciudad con un oscuro pasado del que ahora quedan sólo fechas y discursos airados en las páginas de los libros de historia. De esos tiempos de inflada grandeza se adivinan apenas unos pocos pero bien conservados edificios; el resto de la ciudad fue destruída. Ahora sus calles están llenas de gente del mundo, de acertadas composiciones arquitectónicas que se mezclan con el rastro que los años han dejado en sus calles de luz cansada y personas amables.

La velada no termina luego de salir de un restaurant de comida típica. Con mis pasos voy recordando el sabor del puré de papas, del tibio repollo agrio que acompaña las salchichas, y de la cerveza, que cuando llega parece demasiada – vasos de medio litro –, pero que al final no alcanza para ayudar a que bajen los dos pretzels que saco de la cesta en el centro de la mesa. Levanto la mirada y reconozco mi hotel, que con sus once pisos es uno de los edificios más altos de la ciudad. Me imagino que de estar allí, en la habitación 924, no pudiera reconocerme. Quién habría imagiado hace apenas un año que yo estaría aquí, en Munich, trabajando en un 767 y escribiendo esta nota en el blog, justamente para el comienzo del Oktoberfest este fin de semana… No, desde la habitación 924 sólo pensaría que aquel muchacho de camisa manga larga es otro turista más, uno cualquiera, que vino a Munich esperando encontrar tantas cosas en esta ciudad de fiesta, historia, ópera y cerveza. Cosas – habría de decirme – que yo también quisiera…Munich