La lluvia se había apoderado tímidamente de la mañana. Sólo si se salía de la protección de un techo se sentía el caer de esas gotas tan pequeñas que de otra manera hubieran permanecido invisibles, escondidas más allá de las limitaciones de la vista humana. Veo altos edificios oscuros, calles que suben y bajan - brillantes por la fina capa de agua que les cubre -, verdaderos ejércitos de pinos que han tomado por años – imagino – la custodia de todas estas montañas afiladas y coronadas de la nieve más blanca que rodean este paraje que todos los que le han visto en verano no tardan en comparar con el “Paraíso”. El Paraíso, que Roberto Bolaño dijo haber visto una vez, en un momento fugaz, a través de un caleidoscopio. Es lógico, nada de este paisaje me recuerda al desierto, a cualquier desierto. Pero dejando caer al suelo el todavía humeante cigarrillo tengo que repetírmelo. Hasta convencerme. Después de todo el desierto no es otra cosa que la dirección postal de Lhasa cuando, por amor – o desamor, que viene a ser lo mismo -, le estalla en silencio el corazón.