Llamas.
Cuando por fin quedas
quieta en la memoria
llamas,
y tu voz me precipita
a un amor extenso
que siempre ha pendido
de un hilo,
de una fibra del acero
más atroz e inolvidable.

 

Cada vez más cerca
del silencio,
voy reconociendo
los ecos que no han sabido acallar
el tiempo y su inquieta disciplina.
Vuelves a habitar
las calles de una soledad
que segundos antes
era la única prueba
de que soy un hombre libre,
un animal que come
y duerme en la ciudad,
con un corazón tatuado
bajo las ropas de esta elegancia
hermana de las deudas.

 

Regresan también
el temblor y la tormenta de la espera.
Si te dijera que nada ha cambiado,
que el mundo no es distinto
y mis labios siguen
hábiles de paciencia…
Porque a pesar de que has cedido
sigues siendo la secreta,
la que aparece de repente,
como un gato jugando entre zarzales.
La que nunca ha aprendido
a despedirse
y cerrar tras de sí
la puerta, lo que conjura
la química

de todo lo que se deshace.