La nuestra es una cita que se viene postergando desde hace varios años y que con el paso del tiempo cambian no sólo los europeos escenarios – París, por ejemplo, en ese café del Mont Maître; Barcelona, allá donde termina la Rambla y Colón señala la distancia hacia América por encima de La Barceloneta; o Munich, escuchando música de bombos y platillos en el Jardín Inglés – sino también las posibles estaciones, desde la primavera, propicia para el deambular de los aromas, hasta el invierno de apretadas pieles oscuras sobre el cuerpo, apenas calentándonos. Lo que nunca cambia es la disposición de las sillas, una frente a otra, o quizás levemente entornadas hacia el ruido vivo de la calle, y entre esas sillas la mesa, una mesita redonda cubierta de un mantel a cuadros (¿rojos y blancos?) donde reposa un florero delgado atravesado por una rosa amarilla, el curioso color de la amistad. Nos acompaña el humo amable de un croissant, si se trata de una tarde parisina, el delicado escozor en los ojos que produce el ajo untado a un pan con tomate, si nos ilumina el sol catalán que tanto alabó Gaudí, o el vapor agrio del repollo que acompaña al blanquísimo weisswurst en una difuminada mañana en la Bavaria de los castillos mágicos. ¿Qué nos diremos, entonces? El absinthe, la botella destapada, dará oportunidad a lo fortuito, hemos decidido. Un poco los gestos, de resto las palabras y todo lo que siempre hemos querido contar. Lejos, pero nunca lo suficiente, se escuchará el doblar de unas campanas, sucecido por unos tenues “ale… ale… aleluya”, el himno al más desconcertante de todos los milagros.