Sé que existe algo más grande

y más acertado

que la suma de estas palabras

desgastadas.

Somos, a veces a pesar

nuestro, consecuencia de un destierro

con sus días de lluvia y fango,

con sus noches de hotel

y de desvelo,

y el corazón apretado

que lucha con el aire

y se agita con la voz

en el teléfono.

 

 


A nosotros nos une

cierto empeño,

una fuerza que se borra

y se vuelve a dibujar

en el desorden de los años.

 

 


Es una vida ocupada

con los pequeños propósitos,

afilando la espada

para esos mínimos duelos

de metro y de oficina,

en el amarillo del semáforo,

en la espesa vida del periódico

y la alcoba, sin olvidar

cualquier roce ilustre

en el mercado.

 

 


Mercaderes de anécdotas

escuetas,

las horas yermas adornan

también la mesa del mantel

e irrumpen con su azar

en la armonía de esta

vida de acera ancha con vitrinas.

 

 


No salimos de la patria

para esto,

pero leémos las noticias

para justificarnos

que hemos cambiado

una condena por otra,

porque este invierno que viene

promete ser implacable

y la noche irá llegando más temprano

para repartirnos

todas sus disposiciones.