El arco y la liraMarch 28, 2008 3:57 pm

                                        A Mariana, que me enseñó la rueda.
Ahora sé
que el tiempo nos habita
y trabaja con sus manos
nuestros cuerpos.
Nadie nunca espera
por nosotros,
que hemos hecho de la luz
un calendario
y de la noche una maestría
de la piel y del aliento.

Llevas en los ojos
el mapa de tus días,
la infancia del piano
y del pescado,
los días largos
con mar y bicicleta
atravesando la ciudad vieja
desde tu amplia casa
en El Vedado,
entre las lomas y la dictadura
de un sol incuestionable.
El azúcar crecía
y se iba endulzando con tus manos.

Tu boca ha ido sumando
las palabras. Los verbos
han perdido el primer sabor
de la inocencia
y el oscuro fervor de lo sagrado.
Así, tu belleza de mujer
se fue formando
desde adentro, imparable
como una ola de mar alebrestado.
Una fuerza secreta
perfumada con una urgente antología
de aromas y paciencia,
envuelta por esa inteligencia
a la que hoy estoy acostumbrado.

En las noches
se han ido perdiendo las costumbres,
el último recurso
de la disciplina y sus fantasmas.
No existe una nostalgia,
nada preciso o impreciso
que conmueva más allá
de los besos desordenados
en la cama, sobre el charco
que construyen nuestras sombras,
la parte más oscura de nosotros
donde nunca cabe el rigor
de las palabras.

Afuera de nosotros
no hay nada
que me convenza de seguir
un camino diferente
al de tu rastro,
salado de mar,
que me lleva en su resaca
al malecón
del tiempo que te habita.

El Vedado en La Habana   Malecon

Siempre es hoyMarch 20, 2008 9:34 pm

 Nos conocimos en su blog. Ella llevaba un post de verbos encendidos, ceñido a la altura del tercer párrafo y explayándose, a medida que iba cayendo, hasta abrirse por completo con unos irresistibles puntos suspensivos. Se protegía del frío con la fotografía surrealista de un sol que, en su ocaso, iba cayendo dentro de una boca de amplios labios rojos y dientes blancos. Demasiado blancos, recuerdo. Me quedé viendo su trasfondo celeste, ocupado con su Century Gothic de negritas subrayadas, itálicas perfectas y comillas traviesas que voloteaban entre sus tildes, aún jóvenes y puntiagudas. Sólo luego reparé, con cierto sonrojo, en el contador que había delatado mi presencia: número 2666.
 Llegué allí por casualidad; conducía el ratón con el descuido de un jueves por la tarde luego del trabajo. Me detenía con desgano en la intersección de cada hyperlink y, con unos pocos golpes de dedos, cambiaba de rumbo para visitar esos lugares comunes donde de vez en cuando me siento a conversar con los amigos. Llovía y no tenía que dejarme alcanzar por las gotas que golpeaban suavemente el vidrio para saber que era una lluvia desmenuzada y fría. Me cansé de andar. Pero justo cuando aceleraba el cursor y giraba hacia home, vi, en el fondo de un párrafo poco transitado, un nombre que brillaba como un local de azul neón en lo negro de la noche. Era la Embajada de un País Desconocido; entré sin tocar antes la puerta.
 Le hablé. Le dije, superando cualquier asomo de vergüenza, que me gustaba y que quería que nos viéramos de nuevo. “Eres mi favorita”, le aseguré. Ella permaneció en silencio, pero yo presentía que había alguien más en la Embajada, ese amplio aposento de historias y habitaciones, muy distintas una de la otra y decoradas por alguien sin escrúpulo. La noche se fue llenado de más noche y en cierto momento me dije basta, es hora de regresar. Escogí una pared limpia y alta de lo que parecía la sala principal para dejarle un mensaje citándola con mi dirección. En el camino a home decidí detenerme en el Miami para ver qué se hablaba de la vida. Confirmé que la vida seguía siendo la misma, urgente y desolada, y regresé a lo mío, con el corazón ardiendo, esperando que ella viniera pronto a encontrarme con sus palabras. Sigo aquí, desde entonces, en la esquina de siempre, Entre el Lenguaje y La Anécdota, mientras se acumulan la intriga y los voquibles, el combustible de esta inmensa esperanza.

Mouse