La princesa ya no lloraba. Había algo de orgullo en su resignación: que el dragón la encontrara firme – imaginaba -, con su crineja fúnebre acomodada y con el pecho y la frente en alto, a pesar de las cadenas que la sujetaban al tronco del viejo cerezo y del frío, que esa mañana manaba espeso del lago y le tocaba los pies desnudos con su neblina, la misma que escondía casi por completo el color carmelita de las aguas. Cuando oyó los primeros bramidos cerró los ojos, le habían advertido lo terrible y monstruoso que era el dragón y sabía que si le veía iba a desmoronarse. Apretó con más fuerza los párpados y esperó con el cuerpo tenso el primer soplo de fuego (ella, como todos en Silene, sabía que los dragones sólo comen sus alimentos calcinados). En ese breve instante recordó su vida, ese puñado de instantes desde la tempranísima muerte de su madre hasta el momento en que el azar la escogió a ella, hija única del buen Rey, para aplacar la violencia del dragón luego de que el cordero acostumbrado no calmara su furia, lo cual sucedía cada vez con más frecuencia. Antes de ella habían sido otros los niños que el azar colocó allí, donde ahora ella esperaba la muerte, y el recuerdo de esos otros sacrificados le dio fuerza y cierto consuelo: tendría su compañía en el inframundo. La princesa tragó de golpe la saliva que se había acumulado. La moneda debajo de su lengua le hacía salivar demasiado, pero sabía que sin aquél óbolo no podría pagarle a Caronte por el cruce del río Aqueronte hasta el Hades, en cuyas puertas la estaría esperando el Can Cerbero, con sus tres cabezas de serpiente. Pero los bramidos le eran demasiado familiares para que fueran del dragón y decidió abrir los ojos. Frente a ella, sobre un caballo blanco y magnífico, cabalgaba un soldado romano de mirada templada pero que a la princesa le pareció íntima y bondadosa. "¿Qué hace una doncella tan hermosa e indefensa así atada y abandonada?", preguntó el jinete. Ella supo al momento que se trataba de un forastero de paso y aunque se alegraba por disfrutar un poco de alguna compañía, le rogó que la dejara sola de inmediato y continuara su camino porque su vida peligraba. El hombre notó el desespero de la princesa y en vez de obedecerle y partir, le exigió que le explicara qué hacía allí amarrada y por qué habría de peligrar su vida. Ella, de nuevo vencida por el desespero, comenzó a contarle entre sollozos la triste y larga historia del dragón que había hecho su nido en el lago donde el pueblo de Silene iba a recoger agua, y que para apaciguarle había que ofrecerle corderos y hasta niños, que eran escogidos a la suerte cuando la carne animal no le complacía. Y ese día la fatalidad la había escogido a ella. Mientras le contaba al soldado que ella era una princesa y que el Rey, su padre, había ofrecido toda su fortuna a quien diera muerte al terrible dragón y salvara la vida de su única hija sin que nadie se le midiera a la hazaña, apareció de entre las aguas la bestia, silbando con su aliento encendido y mostrando sus afilados dientes. El hombre rápidamente blandió su lanza y se interpuso entre la princesa y el dragón, que volaba hacia ella batiendo sus alas de murciélago gigante. Con una señal de la cruz, el guerrero se preparó para la llegada del monstruo, y cuando lo tuvo a distancia estiro su brazo con fuerza hasta que su lanza, llamada Ascalón, alcanzó el cuello del dragón; de la herida comenzó a manar una sangre verde esmeralda por entre las escamas perforadas. El monstruo, abatido, se retorcía en el suelo. La princesa, boquiabierta, apenas pudo bajar la cabeza cuando el guerrero la desató y le dijo, para luego besarle la mano, "Jorge de Capadocia, a su entero servicio." Le pidió a la princesa su cinturón, lo ató a la cabeza del dragón y le dijo a ella, "toma y llévale, vamos al pueblo". La princesa obedeció, tirando del dragón de la misma manera que el soldado llevaba su caballo. Mientras caminaba, él le contó a ella de sus aventuras con el ejército romano pero nada le dijo de los problemas que le había traído su fe entre las filas. Al llegar a Silene, la visión del dragón espantó a todos en el pueblo, que fueron a encerrarse a sus casas implorándoles a los dioses misericordia. Jorge de Capadocia habló: "No busco el oro ni las fortunas del Rey. Pero prometo dar muerte, aquí, frente a todos ustedes, a este malvado dragón, si el Rey y el pueblo de Silene adoptan la verdadera fe y se convierten al cristianismo." Fueron más de quince mil personas las que se bautizaron en esos días en Silene… Y son muchos más los que hoy en día celebran el 23 de abril como el Día de San Jorge en el mundo entero, que coincide con el Día Mundial del Libro. En Cataluña, además, se han fusionado estas dos celebraciones con el Día de los Enamorados. Por eso es que en Barcelona cada 23 de abril, durante la Diada de Sant Jordi, se regalan libros y rosas, de las que cada espina recuerda a Ascalón, la valiente lanza de San Jorge, el mártir que abatió al dragón y salvó a la princesa de Silene y que poco tiempo después fue decapitado por ser cristiano y negarse a renunciar a su fe.


Que historia tan hermosa, nunca la habría escuchado, ni leído si quiera, gracias, por contarla. Saludos de Guadalajara, México . Eloísa.
Comment by eloisa gonzalez valle — June 16, 2008 @ 10:24 pm
Gracias por la visita y por el comentario, Eloisa! Saludos de vuelta desde Seattle!
Comment by robertos — June 19, 2008 @ 4:32 pm