Pude haberlo imaginado o soñado, qué importa, pero luego de nacer, hace, de hoy, veintiséis años exactos, estuve varios días sin nombre porque mi papá y mi mamá no se ponían de acuerdo en cómo nombrarme. Mientras tanto me llamaban, simplemente, “el niño”, como si hubiera sido yo un fenómeno de lluvias, mareas, temperaturas y vientos. Por fin, luego de consultar todos los libros de nombres en las librerías de Caracas, dieron con un calendario de santos católicos que decía que el 13 de mayo, aparte de ser el día de la Virgen de Fátima - aquella que se le apareció a tres pastorcitos portugueses y les reveló las tres profecías de Fátima - era también el día de San Roberto. Fue así que se decidió mi primer nombre, supongo que con la escondida esperanza de que, también yo, tuviera un poco de santo. Sin embargo, revolviendo un poco la Internet, no he encontrado ninguna página que diga que el 13 de mayo es el día de San Roberto. Este es un cruel descubrimiento, sin duda, porque me hace pensar que lo de mi santo fue sólo una artimaña de mis padres para que me portara bien durante mi infancia… "Para que seas como San Roberto", me invitaban. Tal vez es por eso que de ahora en adelante voy a enfocarme en el significado, de origen anglosajón, de mi nombre: “Robert: of wide fame, bright, shining”. Un poco como el mismo San Roberto di Bellarmino, un franciscano que llegó a ser Cardenal y que hasta el día de su muerte, a pesar de su amplia fama, nunca dejó de vestir harapos por honrar sus votos de pobreza. Yo, que pienso votar por Hillary, no sé cómo habré de vestirme…
 Mi segundo nombre, en cambio, estaba ya sellado por los vínculos de la sangre, ya que soy el cuarto o quinto de los Asprino en llevar el nombre Luís en alguna parte de su cédula. Mi abuelo Luís, a quien le decían “Bebeto”, fue, si no me equivoco, el primero, y de él nos hemos derivado un tío y dos primos con el mismo nombre, hasta el último conteo. El origen germano-francés del nombre significa “guerrero famoso”,
aunque cabe recordar que fue Louis XVI el rey francés atrapado, enjuiciado y guillotinado por la revolución francesa en 1793. Así que a nosotros los Luis no nos gustan muchos las revoluciones. Ninguna… Excepto la de The Beatles, al menos por mi parte.
 Así, mis nombres me han acompañado durantes estos veintiséis largos pero cortos años. Y con ellos la historia de ellos mismos, fuera de mi identidad. Cada Roberto un santo a su manera, y cada Luís con sus virtudes y su fertilidad. No hay manera de separarme de ellos. Un nombre deja de ser sólo un nombre cuando se asocia con un rostro, unos gustos, una historia, un cumpleaños…