Siempre es hoyJune 21, 2008 4:50 pm

A pesar de haber sido yo quien ha abierto las cortinas, mis ojos no están aún preparados – suficientemente entornados, quizás – para el golpe de luz. Afuera, en frente y siete pisos más abajo, San Diego va cobrando forma a medida que mis pupilas se adaptan a la nueva luz; lomas de un verde pálido y seco – casi marrón, piel de cascabel -, calles emparchadas y autopistas complicadas y anchas, viento con rastros de salitre, y el graznido errático de una o dos gaviotas siempre hambrientas que revolotean por las alturas del hotel. El calor – me doy cuenta - va trepando por mi piel. Es un calor que confirman mis manos al apoyarse en la baranda metálica del balcón, mientras voy sopesando las opciones que me depara el día. Las posibilidades turísticas que ofrece San Diego están bien ilustradas en una guía que encuentro en la mesita de noche de la habitación. El Downtown parece un buen punto de encuentro entre buenos restaurantes y tiendas pero lo descarto porque no he venido a San Diego a comer o hacer compras. Al noroeste del centro, en una ciudad satélite llamada La Jolla, encuentro parte de la respuesta de por qué he venido a California. Desde las cornisas de esta ciudad me enfrento a un Océano Pacífico vasto, elegante de olas y surfistas, con sus leones marinos enfilándose sobre la arena…
Nada queda quieto en el recuerdo. San Diego, en el mío, sólo se ha sabido agrandar.

The Robert ReportJune 10, 2008 9:16 pm

Daddy Yankee casi acierta cuando hace un tiempo aseguró que “a ella le gusta la gasolina”, pero el puertorriqueño se quedó corto porque lo cierto es que la gasolina nos gusta a todos. Y mucho. Tuvo que ser el periodista argentino Andrés Oppenheimer quien, también varios años atrás, en la columna que publica semanalmente en El Nuevo Herald de Miami, lo dijera con mayor juicio, aunque – hay que sincerarse - con menos ritmo. No recuerdo sus palabras exactas pero sí su tono fatalista y deseoso vaticinando la pronta subida del precio de la gasolina hasta sobrepasar los $4 por galón, alegando que esta marca sería el punto de reacción para que nosotros, los que vivimos en los Estados Unidos, comenzáramos a cambiar esa mentalidad derrochadora de comprar enormes e ineficientes Hummers, por ejemplo, y de malgastar recursos y energía. Años después, en este 2008 que del que ya hemos vivido casi la mitad, se ha roto la marca de los $4, y las acertadas predicciones de Oppenheimer comienzan a cobrar poco a poco una mayor visibilidad, aunque aún sea en casos aislados o, muchas veces, meramente experimentales.
El mayor cambio se presiente en la industria del automóvil. Gigantes como Ford y General Motors, por ejemplo, se han visto duramente afectados por la caída en la demanda de vehículos grandes como los camiones pick-up, símbolo de estos fabricantes norteamericanos, que, aunque son autos potentes, consumen demasiada gasolina, una característica a evadir por el actual comprador. Pero mientras Ford y General Motors despiden a miles de empleados y se dedican a recalcular sus inversiones, estos últimos doce meses han visto un auge en la aparición de fabricantes de carros eléctricos e híbridos. En varios casos con equipos liderados por ingenieros conversos de empresas como la alemana Volkswagen o la inglesa McLaren, estas nuevas compañías  que durante este último año han abierto sus puertas en los Estados Unidos y en Europa fabrican exclusivamente lo que en inglés se ha llegado a conocer como green cars, vehículos de poco consumo de combustible y considerablemente menos contaminantes que los automóviles convencionales. Llenas de optimismo y entusiasmo, compañías como Mindset, Gordon Murray Design, y Fisker Automotive esperan poder aprovechar esa ola de rechazo hacia el carro de alto consumo de gasolina, y pelear así una porción del dificilísimo mercado del automóvil, en el que nombres como Toyota, Lexus, y Honda, entre otros, también han apostado con sus propias versiones de autos híbridos.
La diferencia entre Toyota y Honda, por ejemplo, y las nuevas compañías que se han formado durante este último año, es que estas compañías jóvenes han aprendido de los errores y aciertos del pasado sin las pérdidas económicas sufrió la Honda con su modelo Insight o la Volkswagen con su Golf Ecomatic, modelos que fueron costosísimo de diseñar y producir y que, una vez en el mercado, no supieron despertar suficiente interés en el consumidor. Pero, por supuesto, en esos días no estaba la gasolina a $4.29, como lo está hoy, ni tampoco se había premiado con un Oscar el documental An inconvenint truth, de Al Gore, que ayudó a que se difundiera la discusión de la contaminación y las terribles consecuencias del calentamiento global. Para Mindset, Gordon Murray Design, y Fisker Automotive, este parece ser un momento oportuno para ingresar al mercado con sus nuevos e innovadores, y a veces lujosos, veloces, y costosísimos, modelos de green cars, pero aún es demasiado temprano para mayores conclusiones. Por ahora, sigue subiendo el precio de la gasolina, pero para muchos de nosotros la inversión para adquirir un automóvil green sigue siendo demasiado costosa. La pregunta es, ¿qué nos saldrá más caro a la larga, el costo a nuestro bolsillo o el costo a nuestro abatido planeta? Tuve la oportunidad de preguntárselo a Daddy Yankee y su respuesta, que me pareció bastante sensata, fue “un millón de copias obliga’o, oh-ah…”

From TSW, green car companies

 Y como está de moda lo green, ¿qué más verde que el Romance sonámbulo de García Lorca? Aquí se los dejo.

 

 

Romance sonámbulo

 

Verde que te quiero verde.
Verde viento. Verdes ramas.
El barco sobre la mar
y el caballo en la montaña.
Con la sombra en la cintura
ella sueña en su baranda,
verde carne, pelo verde,
con ojos de fría plata.
Verde que te quiero verde.
Bajo la luna gitana,
las cosas la están mirando
y ella no puede mirarlas.

Verde que te quiero verde.
Grandes estrellas de escarcha
vienen con el pez de sombra
que abre el camino del alba.
La higuera frota su viento
con la lija de sus ramas,
y el monte, gato garduño,
eriza sus pitas agrias.
¿Pero quién vendrá? ¿Y por dónde…?
Ella sigue en su baranda,
Verde carne, pelo verde,
soñando en la mar amarga.

–Compadre, quiero cambiar
mi caballo por su casa,
mi montura por su espejo,
mi cuchillo por su manta.
Compadre, vengo sangrando,
desde los puertos de Cabra.
–Si yo pudiera, mocito,
este trato se cerraba.
Pero yo ya no soy yo,
ni mi casa es ya mi casa.
–Compadre, quiero morir
decentemente en mi cama.
De acero, si puede ser,
con las sábanas de holanda.
¿No ves la herida que tengo
desde el pecho a la garganta?
–Trescientas rosas morenas
lleva tu pechera blanca.
Tu sangre resuma y huele
alrededor de tu faja.
Pero yo ya no soy yo,
ni mi casa es ya mi casa.
–Dejadme subir al menos
hasta las altas barandas;
¡dejadme subir!, dejadme,
hasta las verdes barandas.
Barandales de la luna
por donde retumba el agua.

Ya suben los dos compadres
hacia las altas barandas.
Dejando un rastro de sangre.
Dejando un rastro de lágrimas.
Temblaban en los tejados
farolillos de hojalata.
Mil panderos de cristal
herían la madrugada.

Verde que te quiero verde,
verde viento, verdes ramas.
Los dos compadres subieron.
El largo viento dejaba
en la boca un raro gusto
de hiel, de menta y de albahaca.
¡Compadre! ¿Donde está, dime?
¿Donde está tu niña amarga?
¡Cuántas veces te esperó!
¡Cuántas veces te esperara,
cara fresca, negro pelo,
en esta verde baranda!

Sobre el rostro del aljibe
se mecía la gitana.
Verde carne, pelo verde,
con ojos de fría plata.
Un carámbano de luna
la sostiene sobre el agua.
La noche se puso íntima
como una pequeña plaza.
Guardias civiles borrachos
en la puerta golpeaban.

Verde que te quiero verde.
Verde viento. Verdes ramas.
El barco sobre la mar.
Y el caballo en la montaña.

 

Federico García Lorca