A pesar de haber sido yo quien ha abierto las cortinas, mis ojos no están aún preparados – suficientemente entornados, quizás – para el golpe de luz. Afuera, en frente y siete pisos más abajo, San Diego va cobrando forma a medida que mis pupilas se adaptan a la nueva luz; lomas de un verde pálido y seco – casi marrón, piel de cascabel -, calles emparchadas y autopistas complicadas y anchas, viento con rastros de salitre, y el graznido errático de una o dos gaviotas siempre hambrientas que revolotean por las alturas del hotel. El calor – me doy cuenta - va trepando por mi piel. Es un calor que confirman mis manos al apoyarse en la baranda metálica del balcón, mientras voy sopesando las opciones que me depara el día. Las posibilidades turísticas que ofrece San Diego están bien ilustradas en una guía que encuentro en la mesita de noche de la habitación. El Downtown parece un buen punto de encuentro entre buenos restaurantes y tiendas pero lo descarto porque no he venido a San Diego a comer o hacer compras. Al noroeste del centro, en una ciudad satélite llamada La Jolla, encuentro parte de la respuesta de por qué he venido a California. Desde las cornisas de esta ciudad me enfrento a un Océano Pacífico vasto, elegante de olas y surfistas, con sus leones marinos enfilándose sobre la arena…
Nada queda quieto en el recuerdo. San Diego, en el mío, sólo se ha sabido agrandar.