El señor X y yo nos saludamos siempre que nos cruzamos por un pasillo o coincidimos en la línea para llenar la taza de café. A veces, cuando no podemos evitarlo, las circunstancias nos obligan a extender la amabilidad del buenos-días con preguntas sobre cómo se pasó el fin de semana o si se había notado que afuera un sol inesperado lo calentaba todo, “y, a veces, hasta el volante del carro quema”. Pero no siempre fue así de cordial mi relación con el señor X. Aunque desde que empecé a trabajar aquí lo veo andar de un lado al otro del edificio, hace sólo un par de semanas que se rompió el hielo del saludo. Antes, por ejemplo, yo sólo le aguantaba la puerta y esperaba a que cruzara el umbral con su eterna tacita de café, mientras me lo agradecía con su acento sureño, “thank ya”. Y siempre, mientras se alejaba, yo no podía evitar especular la razón de su pierna coja… ¿Un accidente? ¿Una enfermedad? ¿Habría nacido así? Lo cierto es que al señor X nunca lo he visto sonreír pero tampoco he visto que alguna vez se le derrame ni una gota de café de su taza tambaleante. Una mañana, hace un par de semanas, le saludé con un “good morning” mientras le aguantaba la puerta. Él, que estaba sacando de su bolsillo el paquete de cigarrillos, me miró a la cara y me respondió, “good mornin’, young man”, y siguió caminando, lenta y torpemente. Desde ese momento siempre que nos encontramos nos saludamos, y cada día me parece estar más cerca de conocer el misterio de su pierna coja… ¿Habrá sido en alguna guerra? ¿Será que eso es lo que pasa cuando se toma tanto café y se fuman tantos cigarrillos? No, ni siquiera con buen humor se aplaca esta cruda curiosidad, una curiosidad que aumenta en los días en que el trabajo se torna aburrido y la imaginación, como los papagayos* en la película The Kite Runner, se alza en vuelo.

Papagayo

*Cometas, papalotes, etc. en “venezolano”.