Descansa. Se ha detenido a recuperar al menos algo del aire que ha perdido subiendo los primeros tres cuartos de escaleras que conducen al castillo. Sabe que justamente allí, apoyado a aquel mismo muro antiguo, se han tomado fotos políticos y actores muy cotizados en su tiempo, jugadores de fútbol y hasta cierto pintor huraño que ya ha fallecido, pero de quien se habla con una familiaridad que, seguramente, él hubiera detestado. Respira. Su cuerpo entero delata que respira a bocanadas. Un pescado, la cola separada de una lagartija, qué más asemeja… Igual que otras veces en que el corazón le ha batido con furia, piensa que, ahora sí, visitaré el gimnasio con frecuencia. O ni siquiera con frecuencia, visitaré el gimnasio y punto. Nunca es demasiado tarde, sentencia. Nunca es demasiado tarde hasta que es demasiado tarde, habría alguien de decirle. Pero nadie lee los pensamientos de nadie, y mucho menos si se trata de un turista americano en plena Barcelona, donde, si por casualidad aparece alguno que lee pensamientos, qué probabilidades hay de que sepa inglés… No, eso ya sería demasiada coincidencia. Y eso es algo que nosotras las estatuas nos lo tenemos muy claro, no hay nada fortuito. Ni siquiera hay azar en los atinos de las palomas en vuelo. Ni siquiera… El turista decide seguir ascendiendo aún cuando no le han dejado de palpitar las venas de los ojos. Por eso yo insisto en que es mucho más adecuado para esta vida tener un corazón de piedra. Un tema discutible, sin duda. Eternamente discutible.

Estatua