Salimos de Milano a Venezia en un tren Eurostar porque el viaje sería más rápido que en uno de los regionales, que, aunque costaban menos, se detenían en demasiadas estaciones. En el tren se respiraba un aire expectante… Esa tarde nos dirigíamos a una de las ciudades más pintorescas e inolvidables del mundo: histórica y pionera, romántica, elegantemente decadente, desafiante, marítima, placentera, culinaria, artística, musical y hasta mágica, pero - hay que reconocerlo - una ciudad que parece destinada a la extinción. Unos aseguran que Venezia se hunde, “por la edad de las construcciones y los daños de las erosiones”, por ejemplo, o “por el peso de los pasos de los millones de turistas que la visitan cada año; una ciudad que no fue diseñada para eso”. Otros acusan que es el nivel del agua el que va en aumento, “por el derretimiento de los polos”, argumentan, debido a ese flagelo de nuestros tiempos que se llama Bushglobal warming”, causante de un lento pero peligroso cambio climático general. Yo opino que ambas posiciones son válidas porque, al fin y al cabo, Venezia se está hundiendo y, a su vez, cada vez hay más agua para cubrirla. Lo cierto es que para Venezia y los venecianos, caminar – o nadar, más bien -  en 1,5 m, y hasta 2 m (como en 1966), de agua, no es algo nuevo. El fenómeno, conocido como l’acqua alta, viene sucediendo desde hace muchos años debido, en la mayoría de los casos, a la combinación de varios factores naturales, como las fuertes lluvias de otoño y el siroco, ese viento del sur que empuja el agua del mar hacia la ciudad. Esta foto de la Pizza San Marco es de ayer, cuando el nivel del agua llegó a 1,56 m. ¿Contribución del calentamiento global?

 Venezia bajo el agua

 Llegamos a Venezia en la tarde. La estación de Santa Lucía no tiene nada de memorable, en comparación con Milano Centrale, pero al salir, a sólo unos metros de las escaleras, fluye el transitado Canal Grande. No hacía frío y del cielo caían pedazos de luz que iluminaban retazos del agua y del suelo. El viaje al hotel en vaporetto duró media hora, recorriendo el aparto digestivo de la ciudad. Nos hospedamos en un Bed & Breakfast de Santa Elena, en Castello Est, al este de la ciudad. Es una zona tranquila, casi completamente residencial, con un largo parque arbolado bordeando el mar, donde las familias llevan a los niños y los mecen en columpios, y los mayores juegan fútbol, básquet, leen o se sientan a conversar. Cada mañana, cuando decidíamos no caminar al centro, compartíamos el trayecto en vaporetto con muchos de los venecianos que salían a trabajar en los vecindarios más concurridos (San Marco, Cannaregio, Dorsoduro, Castello Ovest), en negocios que dependen casi por completo del turismo. Fue refrescante conocer ese lado tan humano de la ciudad, que a veces parece inundada no ya sólo de agua sino de gente. Y palomas.
 Fue muy agradable perdernos por su callecitas estrechas y encontrar canales desiertos, donde el agua parece haberse detenido y, pulida en un verde lechoso, reflejaba las paredes opulentas de balcones y los puentes - ¡tantos puentes! - de arcos altos, pequeños, enormes, por donde fluyen las góndolas oscuras, casi fúnebres, como Caronte por el río Aqueronte al encuentro del Can Cerbero. Los restaurantes de Venezia sirven comida muy variada, no sólo con respecto al menú sino también en términos de precio y calidad. Tuvimos suerte escogiendo lugares pequeños pero bonitos, donde degustamos desde funghi porcini hasta la más sabrosa carbonara. Por eso no nos importó haber perdido nuestro tren a Firenze. Dos horas más en Venezia fueron dos horas más en una ciudad fuera del tiempo. A veces me pregunto si la ciudad de verdad existe o si no es más que un deleznable artificio, como de cristal. Y como el vidrio soplado de Murano, Venezia reposa en una frágil encrucijada donde se encuentran la ciudad y sus pocos residentes con los millones de turistas que la visitan y, económicamente, la sostienen, y con las cuatro estaciones, las de Vivaldi y las otras, las que bañan, secan, refrescan, sofocan, cubren e inundan.
Canal y gondola