La distancia distorsiona. Es una simple conclusión a la que se llega sin ser científico, sin ni siquiera saber exactamente qué significa la palabra distorsión. Andy dio con la idea luego de mirar hacia abajo con los ojos muy abiertos y decir, con un temple en la voz que parecía llegar desde el lugar menos flácido de su rechoncho cuerpo, “estamos tan alto que todo allá abajo parece otra cosa”. Había cierta solemnidad en sus palabras, y tal vez fue por eso que John, que hasta ese momento no había soltado su copia del The Wall Street Journal, volteó y corrió sus espejuelos desde el entrecejo hasta el borde de la nariz, inclinando hacia abajo la cabeza y hacia arriba la mirada, buscando ver a través de la ventanilla lo que su compañero de fila observaba con tanta contemplación. No pudo ver nada, así que, en un arranque de más osadía a la que su edad estaba acostumbrada, desabrochó el cinturón de seguridad y se inclinó, sin pedir permiso, sobre el espacio que ocupaba el joven Andy, asomándose durante varios, largos segundo por la ventanilla del 737. Abajo, un territorio blanco con manchas oscuras se perdía bajo la luz agonizante de un sol que se despedía con colores que a John le parecieron inéditos. Suspiró, y mientras se acomodaba de nuevo en su asiento lo dijo, “la distancia distorsiona, ¿no, muchacho?; desde aquí la nieve parece un desierto blanco lleno de puntiagudos oasis negros”. Andy tragó el último sorbo de su refresco y saboreó el espeso rastro dulce que envolvía su lengua, embelesado. Quiso entonces saber más palabras, y poder decirlas en el momento justo. Como John, pensó, mirándole sus medias negras con rombos ocres en los costados; el serio hombre de negocios que, de repente, a treinta mil pies de altura, podía ser también poeta. Pero Andy no sabía exactamente lo que significaba ser poeta. Resuelto, llamó de nuevo a la azafata; la incógnita bien valía otro refresco y, “si quedaban”, otro paquetico más de esos pretzels salados…

