HistoriandoApril 13, 2009 5:45 am

Siempre había pensado que los taxistas eran como wikipedias rodantes, conocedores de lo popular y de lo secreto de las ciudades, sus historias y sus personajes. Buenos Aires, con sus más de 32.000 taxis, es una ciudad que depende en gran medida de esa inmensa red de taxis para que cada día se transporten miles de personas, un lugar ideal para comprobar la sabiduría taxista. No me acuerdo de todos los taxistas que conocí, por supuesto, aunque a todos les agradezco que me hayan llevado a mi destino sin contratiempos. Pronto me dí cuenta que la personalidad de cada taxista daba para temas diferentes, y que a cada uno de ellos había que hablarle, preguntarle, dependiendo de su estilo. Estas son las cortas historias, las casi anécdotas, de los taxistas que más recuerdo de Buenos Aires…

Gastón, el enamorado de la ciudad:
Mirando en su espejo retrovisor, Gastón me encontró secando con la manga derecha de la camisa el sudor que se había acumulado en mi frente. “¿Calor?”, preguntó mientras cerraba trabajosamente su ventana y encendía el rústico aire acondicionado del auto, un desgastado Suzuki Fun. Le respondí contándole que estaba llegando “del norte-norte, casi pegado a Canadá”, donde sólo dos o tres días antes había caído una larga nevada. “Ahh, claaaro, eso ashá es muuy frío”, afirmó con una seguridad que me hizo dudar si tal vez él hubiera llegado conmigo en el mismo vuelo. Estábamos camino al hotel y el cansancio del viaje me había alcanzado de repente, mientras miraba la pampa(¿?) verde que rodeaba el aeropuerto Ezeiza y se extendía hasta los primeros suburbios de Buenos Aires. En la autopista, antes de llegar al primer peaje, Gastón comenzó a hacerme las mismas preguntas que me harían otros taxistas durantes mi estancia en Argentina: de dónde era, cuál era mi profesión, si era mi primera vez en el país, cuántos días pensaba quedarme… Yo, por mi parte, le hice a él las preguntas típicas de un turista recién llegado: qué visitar y cuándo, qué lugares evitar y a qué horas, dónde comerme la mejor parrilla y las mejores empanadas, dónde ir para presenciar el mejor tango, qué plaza y qué parque eran sus favoritos… Fue entonces cuando escuché hablar por primera vez de los diferentes barrios de Buenos Aires: Boca, Recoleta, Palermo, San Telmo, Belgrano, Puerto Madero, Microcentro, Retiro, Almagro, Mataderos, San Nicolás, Montserrat, Constitución, Balvanera, etc. Si al principio Gastón me dio la impresión de ser un tipo callado, cuando comenzó a hablar de su ciudad lo hizo con una elocuencia y un fervor que dieron el tono de toda mi estancia en Buenos Aires. Era, según él, una ciudad maravillosa, llena de historia, de cultura, de la “mejor comida del mundo”, del mate, “oh, el mate”, de Boca (fútbol), de la mujer argentina, “por fuera como la europea pero por dentro con mucha más sazón”. Sus referencias constantes al ámbito culinario me dieron una simple explicación a sus muchos kilos de más, que le daban un aspecto de bonachón de serie televisiva. Cuando le pregunté qué parte debía visitar primero, me dijo: “no te lo creas, nene, que Buenos Aires es Puerto Madero, pero tampoco lo son Recoleta ni Palermo. Caminá a Boca, che, ese el corazón porteño”. Y me señaló que cuando pasara por San Telmo, “el barrio más antiguo de la ciudad”, me fijara en las calles de piedra, en los balcones coloniales, en “la pintura que había bajo de la pintura que se estaba desconchando. Allí, debajo, está el pasado de Buenos Aires, allí empezó todo.” Un detallista, Gastón me habló con esmero del termino perfecto de la carne, “seshada pero bien roja por dentro, jugosa como una fruta”. Tuvieron que pasar un par de días para entender a qué se refería, cuando probé, tarde en la noche del martes, un exquisito bife de chorizo preparado en su punto, jugoso como una granada. En media hora llegamos a mi hotel y, aunque le dije que no hacía falta, Gastón insistió en bajarse del auto para ayudarme a cargar mi equipaje. Su cara, ahora roja y un poco hinchada, me agradeció la propina con una sonrisa, que le duró muy poco porque le estaba costando trabajo recuperar su respiración regular.
Al día siguiente, en mi primera aventura por la ciudad, me fijé en el suelo antiguo de San Telmo. El puñado de cuadras que componen el barrio son, verdaderamente, una ventana al pasado de Buenos Aires. Seguí bajando por la Calle Defensa pero cuando llegué al parque Lezama, de camino a Boca, decidí detenerme. Boca será el “corazón porteño” pero cuando comenzó a escurecer preferí escuchar al mío, que me decía que se hacía oscuro y ya era hora de regresar. Eso sí, había que darle crédito a Gastón: había pasado la prueba de wikipedia rodante.San Telmo

Historiando, Siempre es hoyApril 5, 2009 1:25 am

 Fue un viaje largo: Seattle – Los Angeles – Santiago de Chile – Buenos Aires. El trayecto desde Washington a California fue blanco, mirando desde la ventanilla la nieve que cubría de polvo y hielo las montañas, y luego sobrevolando las nubes, limpias y acolchonadas, llenando de inmensas sombras el verde díficil de Oregon y la costa espumosa de la California de los acantilados.
 El vuelo de Los Ángeles a Santiago iba casi lleno, pero ahora sólo recuerdo a otros dos de los pasajeros. Era una pareja de ingleses, o que hablaban con acento que yo interpreté como inglés, de unos treinta o treinta y cinco años (ella lucía mayor y era un poco más robusta que el muchacho). Sus ropas delataban el gusto de las personas que han salido de sus casas para no volver por muchos meses, quizás años (ella llevaba una amplia falda verde muy hippie, una camiseta blanca con estampado de flores, y un pañuelo naranja escodiéndole los cabellos mal teñidos, y él andaba con unos bermudas de blujean, posiblemente recortados por él mismo, y una desgastada camisa manga corta de lino beige, estilo safari). Ambos cargaban sendos bultos de excursión, y en algún momento me pareció que hablaban de visitar el glaciar Perito Moreno, en la Patagonia, pero no estoy seguro (¡ése acento inglés…!).  Estos detalles no fueron, sin embargo, los que me hicieron que reparara en ellos de esta forma tan detenida. Fue más bien su feliz descaro al sentarse en los asientos de clase ejecutiva de la fila detrás de la mía. Cuando vino una aeromoza y les pidió que le enseñaran sus pases de abordaje, ellos, sin pedir perdón, rompieron a reírse y se limitaron a decir, en inglés, “al menos lo intentamos”. La aeromoza les dijo, en lo que inicialmente me pareció un educado toque de humor, que la próxima vez que intentaran algo parecido se aseguraran de no sentarse en “la silla del piloto”. Horas más tarde me di cuenta que no había sido un chiste sino que esos dos asientos eran, literalmente, los asientos donde los pilotos se alternaban su tiempo de descanso… Para no rebajar la altura a la que había puesto a la aeromoza del lío (cuesta mucho cambiar de parecer sobre la idea que nos hemos hecho de alguien, así se trate de una persona extraña), me dije que no importaba si no había sido una broma; ella había dicho lo del asiento del piloto de buena manera, casi sonriendo, con un trato y un tono mucho menos cargantes que el de otra aeromoza en su posición, me parece.
 No dormí durante el viaje. Vi un par de las películas de las que tenían disponibles, leí, comí, y aprendí un poco de los vinos chilenos, gracias a la amabilidad o al aburrimiento de una de las aeromozas (“Eva, de Copiapó. Mucho gusto, señor”). El avión era un 767 muy cómodo, y en estos momentos no me acuerdo de que nos haya alcanzado alguna perturbadora turbulencia.
 Aterrizamos en Santiago en la madrugada, cuando la noche estaba todavía demasiado negra para saber por dónde iban el norte, el sur, y el resto de las coordenadas (una obesión del autor). Poco a poco la luz fue llegando y entrando por las ventanas. Recuerdo pensar que, por la lentitud con la que aparecía, me pareció que la luz no viajaba tan rápidamente como aseguran los físicos, o al menos no allí, en Santiago, ese ocho de febrero. La mañana me alcanzó mirando las vitrinas de las tiendas aún cerradas del terminal: franelas, llaveros, vinos, dulces, libros y recuerdos, todos a precios que no quise convertir a dólares, un poco por cansancio y otro poco por no quitarles ese aire de misterio monetario, pistas de cómo sería la vida en Chile.
 Cuando despegó el avión rumbo a Buenos Aires advertí al fin en que, de verdad, el hemisferio sur estaba en pleno verano. La cordillera andina brillaba bajo un sol inexorable, y el calor se metía por el espacio de la ventanilla hasta calentar la hebilla de mi cinturón de seguridad, obligándome a pensarlo dos veces antes de desabrocharlo cuando el vino completó su trepidanete viaje dentro de mi cuerpo y requerí usar del mínimo baño de la aeronave.  Mientras el avión ascendía pude ver un país hermoso, de un color que hechizó como lo hizo a las benditas lenguas de Neruda, de Mistral, de Parra, de Bolaño. Me despedí de Chile prometiendo regresar y, entonces sí, salir del aeropuerto, caminar la ciudad, visitar el mar y el campo. Me dio consuelo saber que el viaje sobre Los Andes era corto y que del otro lado de aquella pared barroca de piedra afilada y nieve quedaba Argentina, la aventura de una semana en Buenos Aires.

Andes

 Luego de aterrizar en el aeropuerto Ezeiza me di cuando de que sí, estaba en Suramérica, pero una muy distinta a la Venezuela del Caribe, donde nací y me crié. Pronto iba a darme cuenta que las diferencias eran todas agradables y que Buenos Aires es una ciudad de la que uno puede llevarse sólo los mejores recuerdos, “ché”.