Fue un viaje largo: Seattle – Los Angeles – Santiago de Chile – Buenos Aires. El trayecto desde Washington a California fue blanco, mirando desde la ventanilla la nieve que cubría de polvo y hielo las montañas, y luego sobrevolando las nubes, limpias y acolchonadas, llenando de inmensas sombras el verde díficil de Oregon y la costa espumosa de la California de los acantilados.
El vuelo de Los Ángeles a Santiago iba casi lleno, pero ahora sólo recuerdo a otros dos de los pasajeros. Era una pareja de ingleses, o que hablaban con acento que yo interpreté como inglés, de unos treinta o treinta y cinco años (ella lucía mayor y era un poco más robusta que el muchacho). Sus ropas delataban el gusto de las personas que han salido de sus casas para no volver por muchos meses, quizás años (ella llevaba una amplia falda verde muy hippie, una camiseta blanca con estampado de flores, y un pañuelo naranja escodiéndole los cabellos mal teñidos, y él andaba con unos bermudas de blujean, posiblemente recortados por él mismo, y una desgastada camisa manga corta de lino beige, estilo safari). Ambos cargaban sendos bultos de excursión, y en algún momento me pareció que hablaban de visitar el glaciar Perito Moreno, en la Patagonia, pero no estoy seguro (¡ése acento inglés…!). Estos detalles no fueron, sin embargo, los que me hicieron que reparara en ellos de esta forma tan detenida. Fue más bien su feliz descaro al sentarse en los asientos de clase ejecutiva de la fila detrás de la mía. Cuando vino una aeromoza y les pidió que le enseñaran sus pases de abordaje, ellos, sin pedir perdón, rompieron a reírse y se limitaron a decir, en inglés, “al menos lo intentamos”. La aeromoza les dijo, en lo que inicialmente me pareció un educado toque de humor, que la próxima vez que intentaran algo parecido se aseguraran de no sentarse en “la silla del piloto”. Horas más tarde me di cuenta que no había sido un chiste sino que esos dos asientos eran, literalmente, los asientos donde los pilotos se alternaban su tiempo de descanso… Para no rebajar la altura a la que había puesto a la aeromoza del lío (cuesta mucho cambiar de parecer sobre la idea que nos hemos hecho de alguien, así se trate de una persona extraña), me dije que no importaba si no había sido una broma; ella había dicho lo del asiento del piloto de buena manera, casi sonriendo, con un trato y un tono mucho menos cargantes que el de otra aeromoza en su posición, me parece.
No dormí durante el viaje. Vi un par de las películas de las que tenían disponibles, leí, comí, y aprendí un poco de los vinos chilenos, gracias a la amabilidad o al aburrimiento de una de las aeromozas (“Eva, de Copiapó. Mucho gusto, señor”). El avión era un 767 muy cómodo, y en estos momentos no me acuerdo de que nos haya alcanzado alguna perturbadora turbulencia.
Aterrizamos en Santiago en la madrugada, cuando la noche estaba todavía demasiado negra para saber por dónde iban el norte, el sur, y el resto de las coordenadas (una obesión del autor). Poco a poco la luz fue llegando y entrando por las ventanas. Recuerdo pensar que, por la lentitud con la que aparecía, me pareció que la luz no viajaba tan rápidamente como aseguran los físicos, o al menos no allí, en Santiago, ese ocho de febrero. La mañana me alcanzó mirando las vitrinas de las tiendas aún cerradas del terminal: franelas, llaveros, vinos, dulces, libros y recuerdos, todos a precios que no quise convertir a dólares, un poco por cansancio y otro poco por no quitarles ese aire de misterio monetario, pistas de cómo sería la vida en Chile.
Cuando despegó el avión rumbo a Buenos Aires advertí al fin en que, de verdad, el hemisferio sur estaba en pleno verano. La cordillera andina brillaba bajo un sol inexorable, y el calor se metía por el espacio de la ventanilla hasta calentar la hebilla de mi cinturón de seguridad, obligándome a pensarlo dos veces antes de desabrocharlo cuando el vino completó su trepidanete viaje dentro de mi cuerpo y requerí usar del mínimo baño de la aeronave. Mientras el avión ascendía pude ver un país hermoso, de un color que hechizó como lo hizo a las benditas lenguas de Neruda, de Mistral, de Parra, de Bolaño. Me despedí de Chile prometiendo regresar y, entonces sí, salir del aeropuerto, caminar la ciudad, visitar el mar y el campo. Me dio consuelo saber que el viaje sobre Los Andes era corto y que del otro lado de aquella pared barroca de piedra afilada y nieve quedaba Argentina, la aventura de una semana en Buenos Aires.

Historiando, Siempre es hoyApril 5, 2009 1:25 am
